Dictadores de Bielorrusia y Cuba con familiares Foto © ACN / Atexnos.gr

El último dictador de Europa y la eterna dictadura en Cuba

La habilidad de los cubanos para acoplarse a cualquier objeto en movimiento, ya sea una guagua o la parrilla de una bicicleta, no se manifiesta claramente cuando se trata de subirse al carro de la historia. Ese carruaje lo cogemos mal o tarde, o nos pasa de largo mientras agitamos los brazos, chiflamos, damos descoordinados brincos y carrerillas… y nos resignamos a ver cuándo pasa el siguiente.

Si miramos nuestro proceso de independencia o de construcción de una república -salvo excepciones como Martí o la avanzadísima Constitución de 1940- hemos de reconocer que somos una nación con gran sentido del ritmo, pero a la que el baile de la historia coge con el pie cambiado desde hace medio siglo. “Ahora sí vamos a construir el socialismo”, decía el patón de Fidel en plena caída del muro de Berlín.

Aquel momento de la historia nos pilló con el estómago vacío y la reacción del régimen para perpetuarse en el poder –“socialismo o muerte”, enemigo externo, y represión brutal- vino a mostrar otro vacío nuestro como nación. Un vacío intelectual, una falta de información, de ideas y herramientas necesarias para comprender lo que estaba pasando. Una falta de energía o de aquello necesario para iniciar una reflexión, un diálogo social o una nueva revolución.

Fracasaron las dictaduras comunistas, se iniciaron transiciones democráticas en sus regímenes totalitarios y nosotros sin saber qué pasaba, mirando boquiabiertos cómo subía el dólar en el mercado negro, o quedaba en blanco nuestra Libreta de racionamiento. Nos hicieron experimentar un “período especial”, una crisis migratoria con miles de cadáveres de balseros, contingentes de represores y la más impune violencia de estado, después del épico maleconazo, y volvimos a las colas, la apatía y nuestras miserias.

Pasó la “tercera ola democratizadora” y nosotros todavía en la orillita, dando saltitos con el agua al cuello, o más bien momificados en la arena, muertos de hambre agitando banderitas. Y luego nos acostumbramos, asumimos nuestra fatalidad y seguimos esperando a ver si volvía un cuarto de libra de esto o de lo otro, si nos dejaban tener o no tener divisas, o iniciativa privada. Vimos el execrable culebrón de Elián, vimos una primavera negra, un régimen cada vez más autoritario, centenares de detenidos, golpizas, huelgas de hambre, muertos, éxodo, pobreza, corrupción, todo un catálogo de injusticias y falta de libertades.

Dentro y fuera de la isla, los cubanos no hemos conseguido nunca desestabilizar al régimen, hacerle sentir vulnerable, susceptible de caer. Nuestra oposición no pasa de unos pocos valientes que se enfrentan al más perverso Leviatán. La mayoría somos cobardes o egoístas; o explicamos nuestra parálisis desde el punto de vista de un victimismo sociológico.

Un régimen totalitario, entre otros síntomas, se refleja en la aniquilación del individuo y en las consecuencias que ello implica: el sometimiento a una verdad única y la desaparición progresiva del pensamiento crítico. Y por supuesto, se refleja en el miedo a construir una nueva torre de babel, o cualquier artefacto que llegue a cuestionar el falso consenso, que se atreva a disputar el poder a aquellos que lo mantienen… Miedo, mucho miedo, que diría Virgilio Piñera.

¿Cuántos no aplaudimos la Primavera árabe; cuántos no sentimos sana envidia ante la valiente lucha de esos pueblos contra las diversas satrapías que los parasitaban? Le llamaron la “cuarta ola” y nosotros, insulares sin derecho al mar, no nos lanzamos a surfearla, nos quedamos otra vez rumiando nuestra excepcionalidad; escribiendo, inocentes, palabras en la arena.

No podemos hacer lo que otros hacen si nuestra realidad es otra, si no tenemos el apoyo de la comunidad internacional, si no gozamos de un ápice de libertad o apertura por la cual empezar a construir una alternativa, a expresarnos libremente, asociarnos, manifestarnos y proyectar en definitiva eso que llaman “visiones de país”. Pero no, tampoco esa fue nuestra ocasión de cuestionar al poder, de manifestarle nuestro hartazgo y nuestro deseo de vivir con derechos, en democracia y libertad.

Las sinergias con las revoluciones árabes, por razones obvias, eran más complicadas que las que podrían haber surgido con la caída del bloque socialista. Y aún está pendiente de estudio riguroso el papel de la administración Obama en avivar y apagar ese fuego que empezó en un barrio de Túnez y alcanzó a Egipto.

Ahora vemos al “último dictador de Europa” pasando apuros en Bielorrusia, vemos a cientos de miles de manifestantes en las calles exigiéndole libertad para los presos políticos, que abandone el poder y que abra paso de manera pacífica a una transición política en el país.

Intuimos o sabemos que Lukashenko es amigo del régimen que nos oprime, que sus visiones del mundo son parecidas, que sus aliados son los mismos y que la principal idea en la cabeza de todos ellos es la de mantenerse en el poder a toda costa.

Raúl y Alexander no sólo se parecen en el bigotito, sino que tienen la misma mentalidad despótica, dirigen similares maquinarias represoras construidas con los planos de la escuela soviética y comparten la ambición política de perpetuarse en el poder hasta el punto de fundar aberrantes dinastías de Kolyas y Marielas.

También sabemos o intuimos que no es lo mismo enfrentarse al régimen de la Habana que a sus homólogos en Minsk. Allá tuvo ciertos efectos la “tercera ola”, se independizaron de la URSS, se construyó una precaria institucionalidad democrática, precaria sí, pero suficiente para que la oposición desarrollara su propio relato y construyera cierta legitimidad política y social.

En Bielorrusia se recuperó cierta memoria histórica -encontraron en Kurapaty evidencias del horror de la Gran Purga llevada a cabo por la NKVD- y los jóvenes han crecido con escasas marcas del totalitarismo, con otros referentes y con fronteras entreabiertas con Europa. Sí, es cierto que a los opositores también se les persigue, encarcela o desaparece; pero hay una incipiente sociedad civil denunciándolo masivamente desde los años 90.

Y luego está el apoyo que recibe esta oposición y sociedad civil por parte de las democracias occidentales, principalmente de los países de la Unión Europea. Basta con leer aquel mensaje de 2006 de la UE a los bielorrusos, una promesa dirigida a la gente de a pie – que no a las élites-; un compromiso que animaba a promover el cambio desde abajo e informaba a la ciudadanía de los beneficios de unas relaciones abiertas con Europa, y los estándares necesarios para construirla en materia de derechos humanos, libertades y democracia.

No es precisamente este el enfoque adoptado por la UE en sus relaciones con el régimen cubano, cuyo compromiso es con las autoridades y su diálogo político también, resultando todo en un decorado para una estrategia infantiloide de promover el cambio desde el propio poder. Para una comparación de la política exterior de la UE hacia ambos países, véase el análisis realizado por el Parlamento Europeo, desactualizado pero clarificador en esencia.

La propia coyuntura histórica de Bielorrusia y la implicación de las democracias occidentales en su proceso de transición, hacen que veamos nuevamente esas imágenes como si fueran espejismos observados desde la realidad cubana. Cientos de miles de personas manifestándose contra una dictadura y exigiéndole un cambio, es una proeza inconcebible para sí desde el imaginario colectivo de los cubanos de hoy, la expresión de una voluntad fantástica que nos parece ultraterrena.

Sabemos que en Minsk se vive un momento que puede girar el curso de los acontecimientos, que presenciamos el asalto al poder de un pueblo que lucha por sus derechos y su libertad. Deseamos que ese fuera nuestro caso, pero seguimos sin poder dar el salto que nos lleve a pasar de página en nuestra historia.

Quizás Lukashenko sea, como lo definieron en su día, el “último dictador de Europa”. Quizás deambula por los pasillos presidenciales con miedo, de ahí que lleve un Kalashnikov y chaleco antibalas. Está claro que la UE no quiere otro conflicto con Putin como el de Ucrania, pero es evidente que está moviendo sus fichas en Bielorrusia. Quizás esta dictadura anacrónica está viviendo sus últimos días -no hay señal más fuerte que la propia actitud y comportamiento de una parte de sus propias fuerzas represivas. Pero, ante semejante espectáculo glorioso, los cubanos nos preguntamos ¿es que acaso nuestra dictadura será eterna?

Estamos ante un momento de crisis global, económica, sanitaria y de grandes paradigmas. Enormes desafíos se presentan ante la humanidad, tecnológicos, ambientales, productivos. En medio de esta vorágine de cambios, los cubanos seguimos sometidos a los designios de la familia que nos tiraniza hace sesenta años.

Pero ellos –ley de vida- envejecen y mueren y, mientras ,crean hombres de barro para dejarlos de herederos de su maldito patrimonio, una nueva generación de cubanos busca su lugar en la historia. Una generación que apenas sabe quién es Fidel, el de los cartelones, que solo ha conocido la miseria y la decadencia provocada por aquello que unos idiotas llaman revolución.

Unos cubanos inevitablemente más conectados al mundo que a los noticieros estatales, unos cubanos, en definitiva, cada vez más cerca de reunir las fuerzas y lucidez necesaria para subirse a ese carro de la historia que otras veces hemos dejado pasar. ¿Será capaz está generación? ¿Lo seremos todos?

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Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.

Ivan Leon

Licenciado en periodismo. Máster en Diplomacia y Relaciones Internacionales por la Escuela Diplomática de Madrid. Máster en Relaciones Internacionales E Integración Europea por la UAB.

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