Cómo los cubanos aprendimos a no ser borrados

 ©

Entre el silencio impuesto y la desaparición absoluta siempre ha existido un espacio. Un libro puede ser retirado de un programa universitario y continuar pasando de mano en mano en la beca. Un escritor puede dejar de ser mencionado en los medios del Estado y seguir siendo leído, a media luz, en el cuarto de una casa. Una fotografía puede quedar fuera de un libro de historia y conservarse durante décadas en el fondo de una gaveta familiar.

En Cuba, el intento de hacer desaparecer nombres, obras y acontecimientos no es nuevo. Quienes estudiamos Filología o Artes en los años noventa sabemos bien de qué se trata. En las aulas no nos enseñaron a Mario Vargas Llosa, se saltaban a Jorge Luis Borges, se silenciaba la dimensión de Jorge Mañach y el fantasma del caso Padilla pesaba como una advertencia sobre lo que no debía nombrarse. Para la academia oficial, simplemente no existían. Sin embargo, la memoria de un país jamás ha dependido únicamente de lo que el poder decide imprimir.

Existió siempre una red sumergida, una conspiración del afecto y la curiosidad. Aprendimos de los grandes marginados porque un compañero de aula nos decía en voz baja: «Toma, léete esto, que no te lo van a dar en la clase». Suplimos las lagunas del relato oficial gracias al libro traído en una maleta, a las copias desgastadas que circulaban de casa en casa, al profesor que mencionaba un nombre fuera de programa o a la conversación clandestina a la hora del café.

Estábamos participando, sin saberlo, en una "resistencia informal al borramiento". No se trataba de una organización política ni de una estrategia calculada. Eran actos pequeños, casi invisibles: guardar un poema, copiar una novela a máquina, conservar una revista prohibida o decirle a otro: «Esto ocurrió». Prácticas cotidianas con las que la sociedad cubana fue rescatando todo aquello que la doctrina oficial intentó dejar fuera.

Esa dinámica ha sido una constante durante décadas. Cuando el régimen quiso prohibir producciones, censurar obras de teatro o sacar contenidos del «Paquete Semanal», la gente encontró la forma de seguir viéndolos, pasándolos en memorias USB o compartiéndolos de televisor en televisor. Existe una paradoja natural en la censura: lo que el Estado prohíbe suele convertirse en el objeto de mayor deseo. Lo que se intenta ocultar busca sus propios caminos para salir a la superficie.

El poder siempre ha funcionado mediante la selección: decide qué se muestra, qué se omite, qué se repite y qué simplemente se deja de nombrar. El borramiento no siempre necesita un arresto; a veces le basta con producir desmemoria, con lograr que las nuevas generaciones crezcan sin saber que determinado escritor existió o que determinado hecho ocurrió.

Pero la comunicación nunca es de una sola vía. El Estado puede controlar la imprenta, el canal de televisión o el sitio web oficial, pero jamás controla lo que la sociedad hace con la verdad que le esconden.

Hoy, la tecnología no hizo más que amplificar esa vieja costumbre cubana de compartir lo prohibido. Lo que en los noventa nos tomaba meses, prestar un libro físico, cuidar que no se rompiera y pasarlo a otro lector, hoy ocurre en segundos a través de una captura de pantalla, un documento PDF o un video compartido en redes sociales. El exilio, las comunidades en línea y la ciudadanía conectada han convertido la memoria en un archivo distribuido que ninguna ley o decreto puede confiscar.

Tal vez el régimen pueda decidir quién aparece hoy en un periódico o en una biblioteca estatal. Pero la sociedad cubana lleva más de sesenta años demostrando que sabe conservar aquello que el poder quiso retirarle. Del libro que viajaba de mano en mano a la publicación que hoy circula de pantalla en pantalla, la lección sigue siendo la misma: el borramiento jamás ha sido un destino inevitable, porque la memoria no pide permiso para seguir viva.

COMENTAR

Vídeos relacionados:

Archivado en:

Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.

Yusmila Reyna Ferrera

(1976) Cubana. Filóloga de profesión y activista de Derechos Humanos. Ejerció durante varios años el periodismo independiente e hizo labor de oposición dentro de UNPACU. Actualmente vive en Miami.






¿Tienes algo que reportar?
Escribe a CiberCuba:

editores@cibercuba.com

+1 786 3965 689


Este artículo ha sido generado o editado con la ayuda de inteligencia artificial. Ha sido revisado por un editor antes de su publicación.



Yusmila Reyna Ferrera

(1976) Cubana. Filóloga de profesión y activista de Derechos Humanos. Ejerció durante varios años el periodismo independiente e hizo labor de oposición dentro de UNPACU. Actualmente vive en Miami.

Sigue leyendo 👇

No hay más noticias que mostrar, visitar Portada