
La Enmienda Platt no fue aprobada en Cuba por unanimidad, ni tampoco puede comprenderse aquella decisión dividiendo a los constituyentes entre patriotas y traidores. El 12 de junio de 1901, la Asamblea Constituyente aprobó su incorporación como apéndice de la Constitución por 16 votos contra 11, mientras cuatro delegados no asistieron a la sesión.
Pero detrás de esos números existía algo mucho más complejo: una Asamblea formada por hombres que habían combatido por la independencia, que conocían el poder militar de Estados Unidos y que tenían ante sí una disyuntiva extraordinariamente difícil.
¿Aceptar la Enmienda y abrir el camino hacia la República, o rechazarla y correr el riesgo de prolongar la ocupación militar? Ese era el escenario real.
Los que dijeron "No"
Entre quienes votaron contra la Enmienda estuvieron figuras de indiscutible trayectoria independentista como Juan Gualberto Gómez, Salvador Cisneros Betancourt, Alfredo Zayas, José Braulio Alemán, José Lacret Morlot, Rafael Portuondo Tamayo, Rafael Manduley, Luis Fortún, José Fernández de Castro, Manuel Ramón Silva y Eudaldo Tamayo.
Su posición partía de un principio fundamental: una República naciente no debía aceptar como condición de su existencia cláusulas que limitaban su soberanía.
Juan Gualberto Gómez fue particularmente firme. La comisión encargada de estudiar las relaciones entre Cuba y Estados Unidos elaboró una posición contraria a las disposiciones que consideraba incompatibles con la independencia cubana. Gómez defendió el rechazo de la Enmienda y cuestionó especialmente el derecho de intervención estadounidense y el establecimiento de estaciones navales.
Junto a él estuvo Salvador Cisneros Betancourt, otra de las figuras que mantuvieron una oposición constante. Para estos hombres, el problema no era solamente conseguir que las tropas estadounidenses abandonaran la Isla. La pregunta era otra: ¿Qué clase de República nacería si su independencia quedaba condicionada desde el primer día? Era una posición coherente con el ideal por el cual habían luchado.
Los que dijeron "Sí"
El otro grupo tampoco puede ser reducido a la categoría de hombres dispuestos a entregar la soberanía. Entre los 16 que finalmente votaron a favor estuvieron Manuel Sanguily, José Miguel Gómez, Pedro Betancourt, Domingo Méndez Capote, Emilio Núñez, Gonzalo de Quesada, Enrique Villuendas, Eliseo Giberga, Martín Morúa Delgado, José de Jesús Monteagudo, Diego Tamayo, Joaquín Quílez, Leopoldo Berriel, Pedro González Llorente, Alejandro Rodríguez y José Nicolás Ferrer.
Muchos de ellos habían combatido por la independencia y no consideraban que la Enmienda fuera deseable. La aceptaron por otra razón: entendieron que en aquellas circunstancias constituía el precio impuesto para alcanzar la República.
Varios explicaron que confiaban en las declaraciones del Gobierno estadounidense acerca del alcance de la Enmienda y, sobre todo, consideraban que rechazarla podía impedir la retirada de las tropas y prolongar indefinidamente la ocupación. Aquí aparece uno de los casos más interesantes de todo el debate.
Sanguily, el voto más dificil
Manuel Sanguily había combatido durante la Guerra de los Diez Años y difícilmente puede presentarse como un hombre indiferente ante la soberanía cubana. Sin embargo, votó a favor.
Su explicación resulta esencial para comprender aquel momento. Sanguily sostuvo que aceptaba porque entendía que la Enmienda podía permitir la constitución de la República y, sobre todo, porque consideraba que enfrentarse directamente a la imposición estadounidense podía resultar funesto para las aspiraciones cubanas.
No estaba diciendo que la Enmienda fuera buena. Estaba diciendo algo mucho más incómodo: que Cuba no tenía fuerza suficiente para rechazarla sin poner en peligro la propia creación de la República. Ahí aparece el verdadero dilema.
José Nicolás Ferrer: el cambio de posición
Todavía más revelador resulta el caso de José Nicolás Ferrer. En una votación anterior había estado entre quienes rechazaban la aceptación de la Enmienda. Sin embargo, el 12 de junio cambió su voto. Su explicación permite observar hasta qué punto la situación había ido cerrándose.
Ferrer consideró que la resistencia había llegado a un límite y que ya no existía una posibilidad real de que el Congreso estadounidense modificara o retirara la disposición. Su cambio no fue simplemente una contradicción personal. Fue la expresión de una realidad política: la Asamblea había descubierto que no estaba negociando en condiciones de igualdad.
Los cuatro que no votaron
Y hay otro grupo que suele quedar olvidado. Juan Rius Rivera, Miguel Gener, José Luis Robau y Antonio Bravo Correoso no participaron en aquella votación. Su ausencia merece ser considerada dentro de la historia del debate. No todos los desacuerdos terminan necesariamente en un voto afirmativo o negativo. A veces la ausencia constituye también una posición política.
¿Quiénes tienen razón?
Aquí es donde el historiador debe tener cuidado. Desde la Cuba posterior podemos mirar aquel episodio con la experiencia de más de un siglo. Sabemos que la Enmienda Platt limitó gravemente la soberanía cubana y que su cláusula de intervención tendría consecuencias profundas durante la República.
Pero los constituyentes no conocían el futuro. Tenían delante una Cuba devastada por décadas de guerra, una economía destruida, una ocupación militar extranjera y un gobierno estadounidense que había establecido las condiciones para su retirada.
Por eso resulta demasiado fácil juzgar aquellos votos desde el presente. El voto contrario defendía un principio: la soberanía no podía ser negociada. El voto favorable respondía a una realidad: sin aceptar las condiciones estadounidenses, la República podía no nacer.
Ambas posiciones tenían una lógica. Y ambas tenían un costo.
La historia no terminó el 12 de junio
Lo verdaderamente interesante es que votar a favor de la Enmienda no significó necesariamente aceptar para siempre la subordinación cubana. El propio Sanguily ofrece la mejor demostración. Había votado a favor en 1901, pero posteriormente se convirtió en uno de los más firmes opositores a la expansión de la influencia estadounidense sobre la economía y la vida política de Cuba.
Por eso debemos separar una decisión circunstancial de toda una trayectoria política. La historia de la Enmienda Platt no puede reducirse a una lista de buenos y malos. Fue una tragedia política en la que una nación recién salida de una guerra de independencia tuvo que escoger entre una soberanía limitada y el riesgo de no alcanzar todavía la República.
Los hombres que votaron aquel día cargaron con esa responsabilidad. Unos dijeron no porque consideraban que aceptar era renunciar al principio por el cual habían luchado. Otros dijeron sí porque consideraron que rechazar significaba perder la oportunidad de constituir la República.
Y algunos, como Sanguily y Ferrer, dejaron detrás de su voto una explicación que demuestra hasta qué punto aquella decisión fue mucho más compleja que una simple traición o un simple acto de patriotismo.
La Historia debe juzgar los hechos, pero antes tiene la obligación de comprender las circunstancias. Ese es, precisamente, el trabajo del historiador.
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