De Harún al-Rashid al islamismo radical: la expansión del islam, el terrorismo y el desafío de Occidente

Díaz-Canel y el ayatola iraní Seyyed Ebrahim Raisi, en una imagen de archivo. © Agencia Cubana de Noticias
Díaz-Canel y el ayatola iraní Seyyed Ebrahim Raisi, en una imagen de archivo. Foto © Agencia Cubana de Noticias


De adolescente disfruté enormemente las fascinantes historias de Las mil y una noches. Entre sus protagonistas aparecía el célebre califa abasí Harún al-Rashid, gobernante de Bagdad entre los años 786 y 809. Recuerdo con especial agrado la historia de Babá Abdalá, el ciego que pedía que lo abofetearan después de recibir limosna; la historia de Abul-Hassán, «el durmiente despierto», y las extraordinarias peripecias de Dalila la Taimada, Zeynab la Trapacera, Ahmad la Tiña, Hasan la Peste y Alí Azogue.

Aquellas narraciones despertaron en mí una profunda simpatía hacia aquel califa que, según la tradición literaria, recorría disfrazado las calles de Bagdad para conocer cómo vivían sus súbditos y que pasó a la historia como protector de las artes, las ciencias y la cultura. ¡Nada que ver con los Castro y Díaz-Canel y sus aldeas Potemkin!

¡Qué enorme contraste entre aquellas historias fascinantes de la civilización islámica y los crímenes contemporáneos de organizaciones fundamentalistas que asesinan inocentes, persiguen cristianos, someten mujeres y pretenden imponer sus interpretaciones de la sharía mediante el terror!

El islam nació en Arabia durante el siglo VII, con la predicación de Mahoma. Después de su muerte, en 632, comenzó una impresionante expansión territorial. Los primeros califatos conquistaron Siria, Palestina, Egipto y el norte de África, regiones mayoritariamente cristianas, y Persia, principalmente zoroastriana. Sus dominios llegaron desde la península ibérica hasta Asia Central.

En 711 comenzó la conquista musulmana de España. En 732, Carlos Martel derrotó a las fuerzas omeyas cerca de Poitiers. Constantinopla resistió los asedios árabes, pero cayó ante los turcos otomanos en 1453. Estos extendieron sus dominios por Grecia y los Balcanes. Las victorias cristianas de Lepanto, en 1571, y Viena, en 1683, constituyeron importantes frenos a la expansión otomana.

Mientras tanto, el islam penetraba en Persia, Afganistán, India e Indonesia mediante conquistas, comercio y predicación.

Actualmente, el islam cuenta con unos dos mil millones de fieles y continúa creciendo, principalmente por razones demográficas y migratorias. Millones de musulmanes viven pacíficamente en Europa y América, respetando las leyes y rechazando el extremismo.

Sin embargo, el fundamentalismo islámico constituye una amenaza real. Organizaciones como Estado Islámico, Al Qaeda, Al-Shabaab y otros grupos yihadistas han cometido miles de atentados y asesinado a innumerables inocentes, principalmente en África y Asia, aunque también en Europa y América. Las masacres del 11 de septiembre de 2001, Madrid, Londres, París y Bruselas permanecen como testimonios estremecedores.

Especial preocupación merecen Hamás, Hezbolá y la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán, por su participación, apoyo o vinculación con actividades terroristas. Sus redes internacionales incluyen financiación, propaganda, reclutamiento y operaciones clandestinas. Irán constituye el principal sostén de Hezbolá y uno de los grandes patrocinadores estatales de organizaciones armadas radicales.

Resulta particularmente reveladora la estrecha alianza del régimen comunista cubano con la teocracia iraní. Los comunistas que gobiernan Cuba, responsables de décadas de persecución política y religiosa, mantienen excelentes relaciones con los ayatolás, pese a las diferencias entre marxismo-leninismo y fundamentalismo islámico.

La Habana y Teherán han suscrito importantes acuerdos de cooperación y comparten su hostilidad hacia Estados Unidos y las democracias occidentales. La propaganda del régimen cubano manifiesta simpatía hacia Hamás y Hezbolá. Miguel Díaz-Canel calificó de cobarde la operación israelí que acabó con Hassan Nasrallah, máximo dirigente de Hezbolá, en septiembre de 2024. Tampoco condenó inequívocamente la masacre de civiles israelíes perpetrada por Hamás el 7 de octubre de 2023.

Esta convergencia entre comunistas y fundamentalistas islámicos demuestra cómo ideologías aparentemente incompatibles pueden aliarse contra las democracias liberales, Occidente y, especialmente, Estados Unidos.

No resulta menos preocupante que, entre las naciones de mayoría musulmana, sean relativamente pocas las que disfrutan de instituciones democráticas sólidas y amplias libertades. Países como Senegal, Albania e Indonesia presentan distintos niveles de pluralismo político, pero numerosos Estados islámicos permanecen sometidos a monarquías absolutas, dictaduras militares o regímenes teocráticos.

En Afganistán, los talibanes han privado a millones de niñas y mujeres de educación y libertades fundamentales. En Irán, las mujeres sufren imposiciones religiosas y discriminaciones legales. En otros Estados se castigan la apostasía, la blasfemia y la homosexualidad, mientras determinadas interpretaciones de la sharía justifican flagelaciones, penas de muerte, matrimonios forzados y graves restricciones contra las mujeres.

La persecución religiosa constituye otra contradicción inadmisible. En Arabia Saudita está prohibido el culto público de religiones distintas del islam. En Pakistán, las leyes contra la blasfemia facilitan persecuciones contra minorías religiosas. En Irán, numerosos cristianos conversos han sido encarcelados.

¿Por qué los musulmanes pueden construir mezquitas, predicar y practicar libremente su religión en las democracias occidentales, mientras que los cristianos no disfrutan de libertades equivalentes y, en numerosos países musulmanes, deben afrontar discriminación, persecución o incluso riesgo de muerte?

¿Por qué se exige tolerancia religiosa en Europa y América mientras determinados gobiernos islámicos castigan a quienes abandonan el islam y abrazan el cristianismo?

La libertad religiosa debe ser universal, no un privilegio reservado a los seguidores de la religión dominante.

Los cristianos de Europa y América tenemos pleno derecho a preservar nuestra fe, transmitir nuestras tradiciones y defender nuestro patrimonio cultural judeocristiano. La tolerancia no significa renunciar a nuestros principios, ni aceptar prácticas incompatibles con los derechos humanos.

Las democracias deben combatir el terrorismo, impedir la imposición coercitiva de normas religiosas y proteger especialmente a las mujeres, las minorías perseguidas y quienes ejercen su libertad de conciencia.

Pero tampoco debemos confundir a los millones de musulmanes pacíficos con los fundamentalistas violentos. La religión de una persona jamás debe justificar su persecución ni la privación de sus derechos.

Occidente no necesita renunciar a su identidad para ser tolerante, ni perseguir otras religiones para conservar sus tradiciones. Lo ideal es que los cristianos podamos seguir siendo cristianos, los judíos practicar su religión, los musulmanes ejercer pacíficamente su fe y nadie imponer por la fuerza sus dogmas a los demás.

Porque una civilización verdaderamente libre no se defiende sustituyendo una intolerancia por otra, sino garantizando que ninguna autoridad política o religiosa pueda convertirse en dueña de la conciencia humana, como ha ocurrido en Irán y Cuba, por citar dos ejemplos.

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José Daniel Ferrer García

José Daniel Ferrer García (Palma Soriano, 1970). Coordinador de UNPACU y presidente del Partido del Pueblo.






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Este artículo ha sido generado o editado con la ayuda de inteligencia artificial. Ha sido revisado por un editor antes de su publicación.


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