La avanzada edad de Raúl Castro alimenta una pregunta que el exilio cubano lleva tiempo debatiendo: ¿sigue siendo el hombre que mueve los hilos del poder en Cuba o su figura ya no es más que un símbolo vacío de poder? Analistas discutieron al respecto en CiberCuba y concluyeron que quizás ya no importa quién manda, porque el sistema que él construyó funciona solo.
En septiembre pasado se desató el rumor de la muerte o, como mínimo, el delicado estado de salud de Raúl Castro que, como suele hacer en estos casos, reapareció a los pocos días junto a Díaz-Canel en un acto por el 65.º aniversario de la Dirección de Seguridad Personal del MININT, en primera fila y sin abrir la boca.
El escritor Camilo Venegas, que participó en la tertulia de CiberCuba junto a Frank Rodríguez y Jorge de Armas, fue directo al señalar que el debate sobre la salud del exmandatario distrae de lo esencial. «Él simplemente es un símbolo de la represión en Cuba, un símbolo del poder absoluto y el mayor símbolo de ese yugo que tienen los cubanos encima, los cubanos dentro y fuera de Cuba, que les impide vivir con libertad en su propio país. De manera que su estado de salud es irrelevante. Lo que importa es el peso de ese símbolo».
Venegas también subrayó que un hombre de 95 años —Castro cumplió esa edad el 3 de junio de 2026— «de ninguna manera puede estar al frente de un Estado ni tener un estado de opinión sobre las cosas», y que lo que corresponde es hablar de su ausencia del mundo real. «No sabemos qué le parecen las reformas, no sabemos qué le parece que no se recoja la basura, no sabemos qué le parece que la gente cocine con carbón».
Por su parte, el periodista Jorge de Armas fue aún más tajante sobre el peso político de una eventual muerte del exmandatario. «La muerte de Raúl Castro, que es una cosa biológica súper deseada, súper querida... el peso específico de esa muerte, ¿qué puede representar en el futuro de Cuba? Nada. Absolutamente nada». Y añadió que lo único concreto que produciría sería «una caravana desde La Habana a Santiago de Cuba, gastando el combustible que Cuba no tiene».
De Armas también advirtió sobre el riesgo de que el entretenimiento político en torno a Raúl favorezca al régimen. «Todo lo que entretenga al exilio, al final les favorece a ellos. Y estamos viviendo una gran cultura del entretenimiento político».
El también analista Frank Rodríguez matizó que la muerte sí tendría un valor histórico —«se acaba por fin» la generación de los fundadores originales—, pero reconoció que quedan sucesores. Planteó además que Cuba seguirá un modelo dinástico similar al de Corea del Norte, cuyo actual líder es el nieto del fundador comunista, y señaló que «la mirada se va al Tuerto y al Cangrejo», en referencia a figuras del entorno castrista que ya operarían como interlocutores de la Administración Trump, en unas negociaciones de las que solo se sabe que existen.
El poder efectivo, coincidieron los tres panelistas, lleva años repartido entre las Fuerzas Armadas, el conglomerado empresarial GAESA —estimado como responsable de entre el 40% y el 70% de la economía cubana— y figuras como Alejandro Castro Espín, hijo de Raúl y coronel vinculado al aparato de inteligencia (conocido como El Tuerto).
Un análisis previo de Camilo Venegas apuntó que Díaz-Canel podría ser convertido en «chivo expiatorio» tras la muerte de Raúl, siendo apartado y responsabilizado por la crisis acumulada mientras el sistema militar preservaría su estructura real de poder.
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