Solzhenitsyn lo advirtió en Harvard en 1978: El Occidente que pierde el coraje pone en peligro su libertad

Protestas en Francia. © Captura de pantalla RTVE
Protestas en Francia. Foto © Captura de pantalla RTVE

El 8 de junio de 1978, hace 48 años, el escritor ruso Aleksandr Solzhenitsyn pronunció en la Universidad de Harvard uno de los discursos más extraordinarios y proféticos del siglo XX. Aquel hombre, Premio Nobel de Literatura en 1970, sobreviviente del sistema de campos de concentración soviéticos y expulsado de su patria en 1974, había conocido personalmente los horrores del comunismo. 

Occidente esperaba escuchar una nueva condena del totalitarismo soviético. Pero Solzhenitsyn sorprendió a sus anfitriones con una severa advertencia dirigida a las propias democracias occidentales.

Su discurso, titulado "Un mundo dividido", denunciaba la pérdida del coraje cívico, el culto al bienestar material, la decadencia espiritual y la peligrosa tendencia de las élites políticas e intelectuales a justificar la debilidad frente a los agresores.

Solzhenitsyn veía una civilización que había alcanzado extraordinarios niveles de prosperidad, desarrollo científico y libertades individuales, pero que corría el riesgo de perder las convicciones morales necesarias para defender sus conquistas.

El escritor ruso advertía que quienes habían convertido la comodidad y la satisfacción de los deseos materiales en objetivos supremos podían terminar considerando cualquier sacrificio por la libertad como una carga insoportable.

Cuarenta y ocho años después, sus palabras adquieren una vigencia estremecedora. Miremos a Europa, y también a los cubanos que salen de Cuba y solo piensan en lo material, sin importarle en lo más mínimo la lucha por la libertad de la patria esclava.

París, una de las grandes capitales de la civilización occidental, vive nuevas jornadas de tensión social. Durante octubre de 2026, las manifestaciones por el costo de la vida, las deficiencias educativas y el descontento económico han desembocado en enfrentamientos violentos, incendios, saqueos y ataques contra edificios públicos. La extrema izquierda y el radicalismo islámico son un peligro cada vez mayor.

En Milán, símbolo de prosperidad, cultura y desarrollo económico, los disturbios han provocado enfrentamientos con las fuerzas del orden, destrucción de propiedades y el despliegue de 500 militares adicionales para reforzar la seguridad.

En Bruselas, capital política de la Unión Europea, también se han registrado incidentes violentos y detenciones. En Madrid y Lisboa, miles de ciudadanos reclaman soluciones a problemas económicos y de vivienda. En Albania y Serbia crece la movilización contra la corrupción y los abusos políticos.

No todas estas manifestaciones representan decadencia y caos. Muchas son expresiones legítimas de ciudadanos que ejercen sus derechos y reclaman justicia. Pero cuando la protesta pacífica degenera en violencia, cuando las autoridades no logran proteger simultáneamente el orden público y las libertades, y cuando millones de personas pierden confianza en sus instituciones, aparecen síntomas de una crisis que merece profunda reflexión.

Solzhenitsyn comprendía que una democracia necesita mucho más que riqueza, elecciones y leyes. Necesita ciudadanos responsables, instituciones respetadas y gobernantes capaces de actuar con firmeza sin renunciar a los principios democráticos.

Muchos cubanos que abandonan nuestra patria debido a la opresión y a la miseria que impone el comunismo, luego en tierras libres no son capaces de dar un like a una publicación a favor de los presos políticos y mucho menos aportarían diez dólares para los alimentos del que sobrevive en una infernal prisión por luchar por la libertad y el bienestar de todos los cubanos.

Pero existe un ejemplo todavía más dramático de la actualidad de las advertencias de Solzhenitsyn: la agresión de la Rusia de Vladimir Putin contra Ucrania.

Desde febrero de 2022, el régimen ruso mantiene una invasión a gran escala contra una nación soberana. Ciudades destruidas, poblaciones desplazadas, familias separadas y miles de civiles asesinados o heridos muestran el verdadero rostro del imperialismo contemporáneo.

Solzhenitsyn había denunciado el peligro de que las élites occidentales se mostrasen firmes frente a los débiles, pero vacilantes frente a regímenes poderosos y agresivos como los de Rusia, China e Irán.

Durante años, numerosos dirigentes europeos confiaron en que la interdependencia comercial y energética moderaría las ambiciones del Kremlin. Sin embargo, la anexión rusa de Crimea en 2014 y la invasión de 2022 demostraron los límites de aquella esperanza.

La respuesta occidental posterior ha incluido sanciones, asistencia económica y enormes suministros militares a Ucrania. Sería injusto negar esa solidaridad. Pero también resulta legítimo preguntarse si una política más previsora y decidida habría contribuido a disuadir a Putin antes de que desencadenara semejante tragedia.

Las cifras actuales son alarmantes. Según Naciones Unidas, solamente durante septiembre de 2026 murieron al menos 328 civiles ucranianos y otros 2.105 resultaron heridos. El sufrimiento continúa mientras Rusia intensifica sus ataques contra ciudades e infraestructuras indispensables para la supervivencia de la población.

La tentación de confundir prudencia con pasividad, negociación con concesión permanente y deseo de paz con renuncia a defender a las víctimas.

La paz verdadera no puede construirse premiando al agresor ni sacrificando la libertad del agredido.

Estas reflexiones también deberían sacudir las conciencias de quienes contemplan con indiferencia las violaciones de derechos humanos cometidas por las dictaduras de Cuba, Venezuela, Nicaragua y otros regímenes autoritarios.

Durante décadas, demasiados gobiernos democráticos han privilegiado conveniencias diplomáticas, relaciones comerciales y cálculos políticos por encima de una defensa coherente y firme de los derechos de las víctimas. La solidaridad democrática exige acciones consecuentes, presión diplomática, defensa de los perseguidos y rechazo a la legitimación del despotismo.

Otro aspecto fundamental de aquel discurso fue la preocupación de Solzhenitsyn por el debilitamiento espiritual de Occidente. El escritor, profundamente marcado por su fe cristiana, sostenía que el ser humano no podía reducir su existencia a consumir, acumular riquezas y reclamar derechos, olvidando sus responsabilidades morales.

Su crítica no obligaba a rechazar el progreso material ni las libertades individuales. Era una invitación a comprender que la libertad necesita una conciencia capaz de distinguir el bien del mal y de asumir sacrificios en defensa de la dignidad humana.

La libertad sin responsabilidad puede degenerar en egoísmo. La prosperidad sin solidaridad puede producir indiferencia. Y una democracia cuyos ciudadanos renuncian a defender sus principios corre el peligro de ser debilitada y destruida por sus enemigos.

Sin embargo no todo está perdido, Europa también ha demostrado capacidad de resistencia. Los ucranianos han ofrecido al mundo ejemplos extraordinarios de valor, y millones de europeos han contribuido a sostener su lucha por la independencia.

Precisamente esa valentía confirma la importancia de la virtud que el escritor ruso reclamaba. Los cubanos no todos somos indiferentes y muchos sacrifican tiempo, energías, recursos, la libertad y hasta la vida, por una Cuba libre, virtuosa y próspera.

La civilización occidental posee valores que merecen ser defendidos: la libertad de expresión, la independencia judicial, la democracia representativa, los derechos humanos, la libertad religiosa y el respeto a la dignidad de cada persona.

El problema no es que estos principios hayan perdido su valor. El peligro aparece cuando quienes disfrutan de ellos dejan de comprender cuánto costó conquistarlos y cuánto puede costar perderlos.

Solzhenitsyn no pidió a Occidente que renunciara a la libertad. Le advirtió que debía recuperar el coraje y la fortaleza moral necesarios para conservarla.

Desde la Europa convulsionada hasta las ciudades bombardeadas de Ucrania; desde las cárceles políticas cubanas hasta los pueblos sometidos a regímenes autoritarios en Bielorrusia, Irán y Corea del Norte, la gran lección de Harvard sigue interpelándonos.

Ninguna civilización puede sobrevivir indefinidamente si convierte la comodidad en su máximo ideal y pierde la disposición a sacrificarse por la justicia.

Cuarenta y ocho años después, la pregunta no es solamente si Aleksandr Solzhenitsyn tenía razón. La pregunta decisiva es si las democracias occidentales tendrán el valor de escuchar aquella advertencia antes de que sea demasiado tarde.

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José Daniel Ferrer García

José Daniel Ferrer García (Palma Soriano, 1970). Coordinador de UNPACU y presidente del Partido del Pueblo.






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Este artículo ha sido generado o editado con la ayuda de inteligencia artificial. Ha sido revisado por un editor antes de su publicación.


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