
La cubana Maray Quesada denunció las condiciones de miseria que enfrenta la población de la isla, donde conseguir alimentos, agua, medicamentos o electricidad se ha convertido en una lucha cotidiana, y cuestionó que tantas privaciones hayan terminado por aceptarse como parte normal de la vida.
En una publicación realizada el domingo en Facebook, Quesada enumeró las dificultades que, a su juicio, el régimen cubano impone a los ciudadanos y criticó tanto las carencias materiales como la presión para guardar silencio ante ellas.
«Nos obligan a tener sed. Nos obligan a pasar hambre. Nos obligan a bañarnos con un hilo de agua o a dejar de bañarnos. Nos obligan a comer una sola vez al día», escribió la cubana al comienzo de su reflexión.
Su denuncia no se limita a la falta de alimentos. También describe las dificultades para trasladarse, la dependencia económica de familiares emigrados y la imposibilidad de acceder a condiciones mínimas de higiene y atención médica.
«Nos obligan a caminar distancias que desgastan el cuerpo y el alma. Nos obligan a pedir limosna al familiar que está afuera —o mejor dicho, a esos 'gusanos', como les gusta llamarlos—», continuó.
La referencia a los «gusanos» alude al término despectivo utilizado históricamente desde sectores oficialistas para referirse a los cubanos emigrados o críticos con el sistema político de la isla.
Quesada cuestionó así la contradicción que percibe entre la estigmatización de los emigrados y la dependencia que numerosas familias mantienen de la ayuda económica que reciben desde el extranjero.
En otro fragmento, describió situaciones extremas relacionadas con el deterioro de los servicios básicos y la escasez de recursos domésticos.
«Nos obligan a hacer nuestras necesidades en una bolsa de nylon. Nos obligan a cocinar con carbón», expresó.
La cubana también se refirió a las dificultades para conseguir medicamentos y al temor a las consecuencias de expresar públicamente el descontento.
«Nos obligan a aguantar el dolor sin medicamentos y CÁLLATE sino tu sabés lo que viene ..», escribió, utilizando mayúsculas para enfatizar su denuncia.
Más allá de las carencias materiales, Quesada dedicó buena parte de su mensaje a cuestionar lo que considera una exigencia de comprensión hacia quienes ejercen el poder, mientras los ciudadanos que protestan son señalados como agresores.
«Y encima pretenden que sintamos empatía por quien nos delata, por quien nos oprime, por quien vive mejor que nosotros y no siente ni una pizca de empatía por nosotros», afirmó.
Según su reflexión, las autoridades y sus defensores reclaman tolerancia y comprensión hacia quienes sostienen el sistema, pero no muestran la misma consideración hacia quienes sufren sus consecuencias.
«Pero cuando dejas de sentir empatía por el opresor, dejas de ser oprimido para convertirte —según su lógica— en agresor», sostuvo.
El centro de su mensaje es una crítica a la normalización de la precariedad y a la pérdida progresiva de derechos que considera esenciales para vivir con dignidad.
«Normalizar el hambre es aceptar que la dignidad es un lujo. Normalizar la sed es resignarse a que el agua sea un privilegio», escribió.
Para Quesada, acostumbrarse a depender de la ayuda ajena para cubrir las necesidades más elementales también implica una forma de humillación que no debería asumirse como inevitable.
«Normalizar la humillación de pedir limosna es tragarse el orgullo mientras otros se llenan la boca hablando de solidaridad», señaló.
La cubana estableció además una relación entre el silencio y la aceptación de las condiciones que denuncia.
«Normalizar el silencio es firmar nuestra propia condena», advirtió.
En su opinión, exigir compasión hacia quienes considera responsables de la situación, mientras se deslegitima la indignación de quienes la padecen, supone otra forma de desigualdad.
Quesada rechazó que las dificultades descritas puedan justificarse simplemente como sacrificios temporales o como una etapa de problemas económicos que la población debe soportar.
Su crítica apunta a lo que considera una privación sistemática de necesidades y libertades elementales, desde la alimentación y el acceso al agua hasta la posibilidad de expresarse sin temor.
«Estoy hablando de un estado de cosas que se sostiene sobre la negación sistemática de lo más básico: comer, beber, asearse, hablar», escribió.
La autora también alertó sobre el riesgo de que las situaciones extremas pierdan su capacidad de provocar indignación cuando pasan a formar parte de la rutina.
«Y cuando algo así se vuelve paisaje, cuando deja de escandalizar, cuando se convierte en 'lo normal', entonces ya no hay vuelta atrás», reflexionó.
Su mensaje concluyó con un llamado a no resignarse ni renunciar a expresar el malestar ante la situación que vive el país.
«Por eso no podemos callar. Por eso no podemos acostumbrarnos. Porque acostumbrarse es la forma más silenciosa de morir», escribió.
Quesada defendió además el derecho a la indignación frente a la injusticia y distinguió ese sentimiento de la violencia o el odio.
«Y porque la rabia —cuando nace de la dignidad y no del odio— no es agresión: es la prueba de que seguimos vivos y de que todavía sabemos que esto no es justo, ni humano, ni normal», concluyó.
Las redes sociales se han convertido en un espacio donde cada vez más cubanos denuncian el deterioro de sus condiciones de vida y cuestionan la normalización de privaciones que consideran incompatibles con una existencia digna.
El pasado jueves, Gloria María Sánchez denunció desde su vivienda en La Habana el hambre, los apagones, la censura y la corrupción, después de pasar otra noche sin electricidad.
La mujer comparó el deterioro del país con una enfermedad que avanza y cuestionó que las autoridades continúen pidiendo resistencia a una población que enfrenta cada vez más dificultades.
«Pienso que mi Cuba es una escara con un tejido muerto creciente. Tejido muerto de hambre, de miseria, de censura, de corrupción, de éxodo doloroso, de prisiones llenos de jóvenes», expresó Sánchez en su testimonio.
En junio, otra cubana, conocida en redes como LaSai DeLa Vida, también cuestionó que los ciudadanos se hayan acostumbrado a vivir sin electricidad, agua o alimentos suficientes.
Tras permanecer 20 horas sin corriente en La Habana, la creadora de contenido preguntó si podía considerarse normal acostarse sin poder bañarse, vivir rodeado de basura o enfrentar el hambre de los hijos sin disponer de comida.
«¿Y crees que es normal acostarte y levantarte a diario sudando y sin poderte bañar porque ni agua tienes?», cuestionó entonces.
Su reflexión coincidía con la preocupación central expresada ahora por Quesada: el peligro de asumir como inevitables condiciones que deberían provocar rechazo e indignación.
La dificultad para garantizar la alimentación diaria también ha quedado documentada en numerosos testimonios de madres cubanas.
En agosto, varias mujeres describieron el agotamiento físico y emocional que supone levantarse cada mañana sin saber qué podrán cocinar para sus familias.
Una de ellas, identificada como Mary Yllas, resumió esa incertidumbre como una sucesión de angustia y alivio momentáneo, porque resolver la comida de un día no elimina la preocupación por el siguiente.
Otra participante, Yhelsa Isabel Rodríguez, expresó: «Significa sencillamente no vivir. Esto es supervivencia pura y dura».
El problema no afecta únicamente a quienes carecen de empleo. En agosto, la joven cubana Lauren Daniela denunció que trabajar durante años no garantiza disponer de dinero suficiente para alimentarse.
«Aquí, aunque te mates trabajando, no alcanza ni para comer. Ni a un médico le alcanza su salario para alimentarse», expresó, mientras relataba las dificultades económicas enfrentadas por varias generaciones de su familia.
La escasez de agua, otra de las privaciones denunciadas por Quesada, también ha provocado testimonios de agotamiento y frustración.
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