
El 2 de noviembre de 2026, un hombre de 57 años llegó a la puerta de la casa de su madre en Hull, Inglaterra. Llevaba 28 años intentando regresar. No había estado perdido ni había olvidado el camino: había decidido recorrerlo por la ruta más difícil.
Karl Bushby, antiguo paracaidista británico, completó una travesía de aproximadamente 50.000 kilómetros, atravesando cuatro continentes y unos treinta países. Su historia contiene una lección que los cubanos debemos hacer nuestra: ninguna meta extraordinaria se alcanza sin perseverancia, sacrificio y capacidad para superar lo que parece imposible.
Bushby partió el 1 de noviembre de 1998 desde Punta Arenas, en el extremo austral de Chile. Se impuso dos reglas: no utilizar medios de transporte para avanzar y no regresar a su hogar antes de completar el trayecto. Pensó que tardaría mucho menos. La realidad le exigiría casi tres décadas. Cada jornada dependía de sus piernas, de su voluntad y, muchas veces, de la solidaridad de personas desconocidas.
Mientras aquel británico comenzaba a caminar hacia el norte, los cubanos llevábamos ya cuatro décadas recorriendo otro camino, infinitamente doloroso: el de recuperar las libertades perdidas. A quienes defendieron los derechos humanos en los años setenta y ochenta se sumaron, durante los noventa, nuevos movimientos opositores, organizaciones cívicas y periodistas independientes. No teníamos ante nosotros montañas de hielo, sino cárceles, torturas, vigilancia, amenazas y un aparato represivo empeñado en impedir cada paso.
En 2001, Bushby penetró en el tapón del Darién, entre Colombia y Panamá: selva cerrada, ríos peligrosos, enfermedades y presencia de grupos armados. Consiguió atravesarlo, pero acabó detenido durante dieciocho días en Panamá. Aquella experiencia pudo convencerlo de abandonar. No lo hizo. Aprendió que la ruta hacia una meta legítima puede obligarnos a sufrir retrocesos sin renunciar al propósito.
También el movimiento democrático cubano ha conocido sus selvas. El miedo sembrado durante décadas, la cárcel, las torturas, la infiltración de la policía política, los actos de repudio y la desconfianza entre compatriotas fueron y aun resultan obstáculos difíciles de franquear. Sin embargo, surgieron proyectos como el Varela, iniciativas de la sociedad civil y medios independientes. Cada firma recogida, cada denuncia divulgada y cada organización constituida significaban otro trecho recorrido.
En 2006, Bushby afrontó uno de los peligros más formidables: cruzar el estrecho de Bering desde Alaska hasta Rusia. Fueron catorce días sobre placas de hielo que se movían y rompían, entre aguas capaces de matar en minutos. Él y su compañero estuvieron cerca de morir. Después llegaron nuevas detenciones y problemas migratorios. Pero siguió adelante.
Tres años antes, en la Primavera Negra de 2003, el régimen cubano había condenado a 75 opositores, periodistas y defensores de derechos humanos a largas penas de prisión. Quiso convertir las cárceles en una frontera infranqueable. No lo consiguió. Las familias, las Damas de Blanco y otros activistas mantuvieron viva la exigencia de libertad. Allí donde unos eran encerrados, otros tomaban el relevo, asumiendo el compromiso.
A Bushby tampoco lo derrotaron las prohibiciones de entrada en Rusia, la pérdida de patrocinadores tras la crisis financiera de 2008, la pandemia ni las guerras que cerraron fronteras. Llegó a caminar miles de kilómetros adicionales para reclamar un visado. Perseverar no significó repetir mecánicamente el mismo intento, sino encontrar caminos nuevos sin traicionar las reglas esenciales de su empresa.
Para los cubanos, esa enseñanza resulta decisiva. La resistencia ha debido reinventarse una y otra vez: del activismo clandestino a las iniciativas públicas, de las hojas impresas a las redes sociales, de las organizaciones opositoras a las movilizaciones ciudadanas. El 11 de julio de 2021, miles salieron a las calles reclamando libertad y derechos. La represión fue dura, pero aquellas voces demostraron que el miedo no había silenciado a miles de cubanos decididos a conquistar su libertad.
En 2024, ante rutas terrestres bloqueadas, Bushby cruzó a nado el mar Caspio en una operación de 31 días. En octubre de 2026 nadó también el canal de La Mancha porque no obtuvo autorización para atravesar el túnel a pie. Finalmente, el 2 de noviembre, llegó a Hull y abrazó a su madre. Había envejecido caminando, pero no había abandonado su sueño.
Nuestra travesía supera ya los 67 años. Hemos perdido seres queridos, sufrido prisiones, exilios, divisiones y decepciones. Y, a diferencia de Bushby, no elegimos los obstáculos: nos los ha impuesto un régimen comunista que niega las libertades fundamentales. Sin embargo, también hemos encontrado solidaridad y demasiadas razones para continuar. Hoy tenemos un amigo muy solidario en el gobierno de Estados Unidos y también otros aliados importantes.
En los momentos actuales debemos pensar como el corredor de 10.000 metros que entra en la última vuelta. Lleva el cuerpo exhausto, los músculos doloridos y la respiración al límite. Pero no reduce el paso: reúne sus últimas reservas, concentra la mente en la meta y acelera. Cuba necesita ese esfuerzo final: más unidad, organización, solidaridad, participación cívica y firmeza. La libertad se conquista, no se espera que caiga de lo alto.
Bushby llegó a casa porque nunca dejó de avanzar. Nosotros también queremos llegar a la nuestra: una Cuba libre, democrática, justa y próspera. La meta merece cada esfuerzo. Y ha llegado la hora de apretar el paso para Salvar la Patria que agoniza.
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