Mosaico de Mariano Rodríguez en La Rampa | Foto © CiberCuba

Los Mosaicos de La Rampa: Desempolvando 'el caso Rebustillos'

La Habana fue siempre una ciudad urbanísticamente muy bien atendida durante toda la era republicana. Los espacios exteriores de la urbe, entonces en pleno auge arquitectónico, se construían y mantenían con pulcritud y periodicidad rigurosa.

Era frecuente ver, de buena mañana, a algún equipo de operarios del consistorio habanero, limpiando concienzudamente las esculturas del Parque Maceo y de otros monumentos enclavados en plazas costeras de la ciudad. Había que mantener lustrosos los conjuntos escultóricos de bronce expuestos al efecto corrosivo del salitre.

Parque Maceo en La Habana / CiberCuba

Cuentan –y esto no puedo aseverarlo–, que una de las hijas del presidente Zayas se paseaba por la Habana con su fotingo de lujo, revisando las estatuas de bronce de plazas, parques y mausoleos de la ciudad, para tomar nota de las que no se habían limpiado correctamente, y después darle las quejas a su padre.

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Lo que sí es cierto es que después de Zayas, se siguieron construyendo obras públicas y urbanísticas de calidad, y se diseñaron también nuevos pavimentos de depurada estética y gran durabilidad para los espacies exteriores de La Habana.

El mejor ejemplo de un mosaico integral de la época para un espacio de uso colectivo, fue el que se colocó en las aceras de la calle San Rafael.

San Rafael, antes “Calle de los Amigos”, “Del Presidio”, “de Monserrate”, (porque entonces terminaba en la desaparecida puerta con ese nombre) y después “General Carrillo”, recuperaría su denominación más popular, gracias a la insistente labor de mosca cojonera de Emilio Roig de Leuchsenring.

Bulevar de San Rafael / CiberCuba

El prestigioso historiador metió un bateo inolvidable en la Cámara de representantes, para que San Rafael volviera a llamarse así. La calle ya era en uno de los más importantes ejes comerciales de la ciudad y, por ende, una de las más concurridas de toda Cuba; mucha gente pisaba sus aceras diariamente.

Las aceras de San Rafael eran grandes paños de granito blanco decorados con dos sinuosas franjas de granito verde, que otorgaban gran clase y distinción al paseo comercial. Su original diseño las convirtió en la marca emblemática de la calle, y así quedó en la memoria de los habaneros de entonces, y en la de los que llegamos a ver sus restos, años después.

Obras en la calle de San Rafael / CiberCuba

El Ministerio de Obras Públicas lanzó en el verano de 1958 un concurso para diseñar los mosaicos de diez calles habaneras más, pero a los pocos meses, sufrimos un accidente que paralizó todos nuestros sueños; también los de tener una ciudad con aceras de mosaicos de granito.

Con los años se ordenó la destrucción de las hermosas aceras de San Rafael para peatonalizar la calle y convertirla en el grasiento Boulevard que es hoy.

Bulevar de San Rafael a medio reparar / CiberCuba

Se fabula, cuando se habla de “las excelencias” de la arquitectura cubana de los primeros años de la revolución. No existió tal “arquitectura revolucionaria primigenia”, porque buena parte de lo que se construyó bien durante el primer lustro de la década del 60, ya estaba en obras desde Batista, o bien fue proyectado por arquitectos cubanos graduados, entrenados y ya ampliamente prestigiados en la República.

Y, por supuesto, quienes construían, decoraban, pintaban herraban y artesonaban esos edificios que hoy son emblemáticos, eran operarios, artesanos, y artistas plásticos que se habían curtido profesionalmente antes de que llegara Fidel.

Antes del desastre, los inversores cubanos se autoabastecían de materiales de construcción de clase y calidad inmejorables que se producían en la Isla, porque contábamos con una pujante empresa de materias primas. Y lo que no se hacía, se importaba; así llenamos Colón de mármol de Carrara, y las grandes casonas de El Vedado de artesonados italianos, españoles y franceses de maderas preciosas procedentes de lugares lejanos.

La decadencia de nuestra arquitectura llegó, no solamente con los presupuestos miserables de la revolución, sus proyectos espantosamente uniformes, los malos materiales y las peores ejecuciones. Todo ese ejército de profesionales que levantaron obras míticas como el Hilton, Radiocentro o las casas del Country Club, dejaron de trabajar para el gobierno o abandonaron Cuba paulatinamente después de 1959, llevándose con ellos sus talentos y los secretos de sus oficios añejos.

Cerraron los talleres de moldería en yeso con décadas de experiencia, desaparecieron las ebanisterías, las herrerías y las grandes carpinterías en blanco que habían construido las puertas, rejas y ventanas de gran parte de los edificios de La Habana, y se esfumaron los hombres que sabían convertir en arte el hierro y la piedra.

Concluyendo, la buena arquitectura cubana de principios de los 60s, fue solo el último aliento de supervivencia de la pujante arquitectura moderna republicana, que había sido hasta entonces referente de todo el continente. Murió aplastada por el sistema Girón, los E-14, Alamar y otros demonios.

La buena arquitectura cubana de principios de los 60s, fue solo el último aliento de supervivencia de la pujante arquitectura moderna republicana, que había sido hasta entonces referente de todo el continente

Justo cuando había terminado la época de oro del urbanismo patrio, y estaban desapareciendo el buen gusto y la clase, para dar paso a la chambonería, el parche, la desprolijidad y el derrumbe, llegó el verano de 1963.

Y por primera vez volvió a retomarse la elegante idea de los mosaicos decorativos, esta vez para el nuevo espacio público de moda de la ciudad: La Rampa.

NOS LLEGA VISITA DE FUERA

Aunque Fidel tiró a la basura la agenda institucional de Batista, cargándose todos los planes que tenía la administración de Fulgencio antes de su llegada, en lo que a obras públicas y eventos internacionales se refiere, mantuvo y dio todo el apoyo que pudo a dos de ellos entre los años 1963 y 1964, que eran para él cruciales, si bien lo hizo “a la manera de Birán”.

El primero fue el VII Congreso de la Unión Internacional de Arquitectos (UIA), que por primera vez se realizaba en América, y justamente en La Habana. Se debatiría la Arquitectura en los Países en Desarrollo, y el evento estaría precedido por el Primer Encuentro Internacional de Profesores y Estudiantes, que convocaría a más de 2.200 arquitectos, observadores y estudiantes de ochenta países en la capital cubana.

También, desde antes de 1959, ya se había decidido que el XXIX Congreso Mundial de Arquitectos del 1964 se celebraría en Cuba. Era la más importante de las reuniones de los arquitectos del mundo, y a Fidel le venía como un guante usarla como escaparate de su rutilante proyecto político.

Al mismo tiempo –imaginaba–, acercaría Cuba a la élite de la tecnología mundial y “abriría el camino a futuras inversiones en el campo de la construcción”, como expresó en el discurso de apertura del evento.

Pero de momento se enfrentaba a un problema: La Habana tenía visita, pero estaba sin peinar.

MOSAICOS DE LUJO PARA LA DECADENCIA

Cuatro años antes, en octubre del 59, se había celebrado en La Habana el Congreso Mundial de Agentes de Viaje, y Castro le había hecho un intento de lavado de cara a El Vedado, para recibir a aquellas delegaciones extranjeras.

El congreso en sí, pasó sin penas ni glorias. Lo eclipsó la detención de Huber Matos, la desaparición de Camilo Cienfuegos y las escaramuzas de la naciente Guerra Fría. El evento nos dejó el desprolijo Parque del ASTA en la manzana comprendida entre las calles 23, L, 21 y K, como un mal parche a la parcela que cinco años antes ocupara el Hospital Reina Mercedes, y que en el 58 estaba a punto de albergar el hotel más alto y grande de Cuba, otro proyecto interrumpido por el sátrapa.

El Parque del ASTA pasó a ser conocido como “Parque del INIT” (se acababa de crear ese organismo), y terminado el congreso, pocos meses más tarde sus instalaciones se convirtieron en el cabaret Nocturnal, serrallo para noctámbulos y cabareteros.

Años más tarde, el mismo día que comenzó en La Habana la Conferencia Tricontinental en el vecino y rebautizado Habana Libre, Fidel se asomó al balcón de su suite desde donde se veían las cubiertas circulares del Nocturnal, y desde las alturas, ordenó cerrar “ese cabaret asociado al vicio", para crear un espacio “más sano y familiar” en el solar más caro de la Isla.

Su idea cristalizaría en 1966 en nuestro celebérrimo Coppelia, pero dos años antes, en el 64, la celebración del XXIX Congreso Mundial de Arquitectos le recalentó la cabeza al comandante.

UNA GALERÍA DE ARTE BAJO LOS PIES

Para mostrar a los arquitectos del mundo una Habana “decente”, Fidel reunió al estamento artístico y constructivo, y exigió a sus dirigentes “ideas renovadas” para dar lustre a la naciente Rampa.

Se terminaba, e inauguraba también la estructura desnuda del Pabellón Cuba, que se hizo en 75 días en la esquina de 23 y N. Pero la zona pedía a gritos un poco de glamour para su recién estrenada estética urbanística.

Colas en el Pabellón Cuba durante la Feria del Libro / CiberCuba

La idea más peculiar y atractiva la aportaron los arquitectos Fernando Salinas y Eduardo Rodríguez: proponían hacer de las aceras de La Rampa una pinacoteca de piedra a cielo abierto; una suerte de galería de arte que pudiera ser admirada por habaneros y foráneos, a cualquier hora del día y sin coste alguno. Salinas y Rodríguez proponían un museo al aire libre que podía visitarse mientras se caminaba sobre él.

Hacer de las aceras de La Rampa una pinacoteca de piedra a cielo abierto: una suerte de galería de arte que pudiera ser admirada por habaneros y foráneos, a cualquier hora del día y sin coste alguno

Mosaicos en La Rampa (Amelia Peláez) / CiberCuba

Serían mosaicos de granito integral coloreado, que reproducirían obras de los mejores artistas plásticos cubanos, a lo largo de la calle 23, la más importante arteria de la Habana moderna. Sería una suerte de Paseo de las Estrellas, como en Hollywood, pero de muchísimo más valor artístico, y también un reclamo turístico ideal. Fidel aplaudió con las orejas, y dio vía libre al proyecto inmediatamente.

LA GUERRA DE LOS MOSAICOS

La literatura cultural castrista ha borrado de sus archivos, -y en consecuencia, del recuerdo de todos los cubanos-, la lucha casi a muerte que libraron tras bambalinas buena parte de los artistas plásticos adscritos al régimen comunista, para aparecer en esa foto.

Mosaicos en La Rampa (Antonio Vidal) / CiberCuba

Los "plásticos" desafectos a Castro no simpatizantes con “el proceso”, ni siquiera fueron tenidos en cuenta. Por allí andaba haciendo de las suyas Doña Edith García Buchaca, al frente del Consejo Nacional de Cultura con su “Teoría de la Superestructura” bajo el brazo, fulminando cuanta obra de arte encontrara a su paso que no fuera “totalmente comunista”, y hundiendo en la miseria a sus autores.

Pero, aunque en general, todos los artistas del momento deseaban que una de sus obras se inmortalizara en granito en las aceras de La Rampa, varios de los requeridos para hacerlo, se negaron a prestarse a ese juego de egos.

Mosaicos en La Rampa (Luis Martínez Pedro) / CiberCuba

Se dice que Cundo Bermúdez movió Roma con Santiago para que el negro, estigmatizado y finalmente malogrado Roberto Diago, no fuera incluido.

Ya desde la exposición conjunta de pintores cubanos que llevó a New York en los 40s el curador y crítico de arte José Gómez Sicre, Bermúdez le había hecho la cruz a Diago, consiguiendo también que su nombre no fuera incluido en aquella importantísima muestra, que introducía por primera vez a la pintura cubana contemporánea en el mercado norteamericano del arte.

Artistas como Rufino Tamayo, José Luis Cuevas y Jacobo Borges, fueron rechazados, y costó incluir la obra de la hoy casi olvidada Antonia Eiriz, la gran trágica de la pintura nacional. Años más tarde se vería obligada a dejar de pintar, como respuesta a las críticas del gobierno hacia su trabajo, que Castro le impedía desarrollar, “si no era dentro de la revolución”.

Se le negó también –de forma oficiosa–, un espacio “post mortem” en La Rampa al maestro Carlos Enrique, que había fallecido en el 57, y Antonio Vidal ocupó el puesto que presuntamente debió corresponder a Mario Carreño.

Finalmente se prescindió de figuras de la talla de Domingo Ravanet, Abela, y Arche, igual que se quedaron sin mosaico Gattorno y Victor Manuel, en favor de Guido Llinás y Hugo Consuegra.

El proyecto finalmente quedó conformado así. Serían 15 diseños de otros tantos artistas plásticos, a saber:

Mosaicos en La Rampa (Wilfredo Lam) / CiberCuba

Amelia Peláez, Wifredo Lam, René Portocarrero, Luis Martínez Pedro, Raúl Martínez, Salvador Corratge, Antonio Vidal, Sandu Darié, Mariano Rodríguez, Cundo Bermúdez, Hugo Consuegra, Antonia Eiriz, Guido Llinás, y el arquitecto Antonio Quintana.

Mosaicos en La Rampa ( René Portocarrero) / CiberCuba

Los mosaicos se distribuirían aleatoriamente por las aceras de La Rampa, desde la Calle J hasta Infanta, y se construirían de granito integral en los talleres Ornacen S.A. que estaban en el Km 7 de Rancho Boyeros. Eran grandes expertos en pavimentos integrales, y ya habían hecho mosaicos gloriosos para hospitales y residencias privadas antes del 59.

Mosaicos en La Rampa (Luis Martínez Pedro) / CiberCuba

Los talleres de artesanías tan específicas como la moldería de pavimentos decorativos integrales y el trabajo en granito coloreado, habían desaparecido de Cuba casi totalmente después de los años 40, cuando también declinaba el Art Decó, -un estilo que recurría frecuentemente a estos mosaicos en sus ornamentos- para dar paso a la arquitectura racionalista de los 50s.

Ornacen S.A aguantó los primeros 10 años de la revolución gracias a estos proyectos “especiales” para el régimen comunista, y continuó unos años más produciendo piezas para restaurar edificios, y revestimientos decorativos para obras nuevas. Fueron ellos los artífices materiales del mural de Sandú Darié que hoy adorna la fachada del Hotel Riviera.

Los mosaicos de La Rampa se hicieron de una mezcla de cemento coloreado con gravilla fina de mármol triturado, y polvo de mármol, concienzudamente pulida después. En su hechura, se emplearon láminas muy finas de bronce para delimitar las figuras o motivos geométricos de cada composición, una técnica que aporta resistencia y alarga la vida útil de la pieza.

Mosaicos en La Rampa (Sandú Darié) / CiberCuba

LA RUMBA, SUBTERFUGIO CULTURAL

Ya con la Rampa engalanada, Fidel le abrió la puerta a sus invitados "de afuera".

Yo estaba naciendo por aquellos días, así que no pude saborear el momento, pero debió ser una extraña mezcla de arquitectura con despelote carnavalesco, a juzgar por los testimonios de dos de mis profesores que años después, serían interpelados sobre el tema:

El eximio Mario Coyula, arquitecto ya fallecido que tuve el honor de tener como docente varias veces durante mi carrera, contaba sobre este congreso que “miles de delegados confundidos con el público arrollaron Rampa abajo tras las comparsas. Para muchos, el recuerdo de ese Congreso en La Habana sería imborrable.”

Y otra bestia sagrada de la arquitectura cubana, el arquitecto italiano “aplatanado” en Cuba, Roberto Segre, y también uno de mis formadores, dijo que “las vivencias culturales de La Rampa tuvieron una imagen imperecedera y otra volátil: la primera, la remodelación de las anchas aceras decoradas con paneles pictóricos de los artistas plásticos más prestigiosos del país; y la segunda, en la fiesta de cierre del evento, el desfile de las exuberantes mulatas de la comparsa del Ministerio de la Construcción, que estremeció las escasas fibras aún dormidas de los arquitectos presentes.”

Hoy puede parecer desconcertante, pero entonces se veía perfectamente normal en Cuba que un Congreso tecnológico Internacional se clausurara arrollando sin control por 23, detrás de glorias como Quintana, Salinas, Gottardi o Babé, entregados también al desenfreno de la rumba.

LA SUERTE DE JOSÉ MIGUEL PÉREZ Y EL ATREVIMIENTO DE GARCÍA REBUSTILLOS

En octubre del 2003 se conmemoró en Cuba el 40 aniversario de la celebración de aquel Congreso de la UIA en La Habana. Al efecto, se convocó a un concurso para seleccionar 15 nuevas obras de arte, cuyas réplicas en granito se colocarían en nuevas aceras de La Rampa.

Pero de los 15 mosaicos seleccionados, sólo se concretó la terminación uno -el menos complicado técnicamente- en el Parque Don Quijote de la esquina de 23 y J, titulado “Guitarra”, una obra de José Miguel Pérez Hernández.

De modo casual y por una paupérrima razón material, Pérez Hernández, un modesto pintor desconocido, entraba a formar parte de los 15 grandes, junto a Amelia, Lam o Bermúdez. Eso es caer de pie en la calle 23.

Los mosaicos de La Rampa exhiben hoy, en su inmensa mayoría, un lamentable estado de (no) conservación.

Mosaicos dañados en La Rampa (Guido Llinás) / CiberCuba

La mayor parte están rotos, otros han desaparecido a pedazos, o han sido afectados por descuidadas remodelaciones emergentes, cambios de tuberías, o la apertura de nuevos registros eléctricos en las aceras.

Sobreviven unos pocos sepultados bajo la suciedad y el polvo de los años, y muy deteriorados por la intemperie y la falta de mantenimiento. Alguien me cuenta que los que se conservan frente a la parada de Coppelia, en 23 y K, han sido maltratados sin cuidado alguno, por las máquinas empleadas en las obras que se realizaron en la parada hace poco tiempo.

Mosaicos en La Rampa (Cundo Bermúdez) / CiberCuba

El Paseo de las 15 Estrellas ha desaparecido casi totalmente por la indolencia y el descuido de 60 años de desinterés y abandono institucional. Sin embargo, aun siendo solo restos, los mosaicos de La Rampa continúan teniendo valor para quienes saben lo que representan.

Cierto es, que miles de cubanos que no pasan de los 30, -y algunos que superan esta edad-, ni siquiera saben qué son esas losas rotas con dibujos, que han estado pisando toda su vida. Pero en los ambientes artísticos e intelectuales, aún se valoran esas viejas piezas de granito coloreado. Y llegan a hacerse verdaderas locuras por emularlas.

JOSÉ MANUEL VARCÍA BUSTILLOS: AUTOELEGIDO PARA BRILLAR

El columnista de La Jiribilla, Maikel José Rodríguez Calviño, publicó el pasado año en ese tabloide digital un artículo titulado “¿Réquiem por una galería?” donde hace un repaso a la historia de los mosaicos de La Rampa, deteniéndose en la última polémica que los ha sacado del anonimato.

Cuenta Rodríguez Calviño que, frente al Banco Metropolitano de 23 y P, repentinamente un día “apareció un trozo de cemento exhibiendo un rostro de habanera del artista cubano José Manuel García Rebustillos”.

García Rebustillos es hoy un artista cubano independiente, pero fue restaurador en el Museo Nacional de Bellas Artes y en el Museo Nacional de Artes Decorativas hasta 2009. Se ha labrado cierta fama con sus “habaneras”, figuras femeninas que ha sofisticado al extremo de pintarlas con oro de ley sobre varios materiales y formatos. García Rebustillos cotiza en la bolsa del arte cubano en la Isla. Ha rentabilizado su negocio. Bien.

Pero, desde mi primitiva y profana sensibilidad artística, su trabajo es bastante más comercial -que no malo- que artístico. Y es de perogrullo que sus habaneras quedan un poco mal, después de la comparación inevitable con las clásicas de Portocarrero o de Servando. Sí, inevitable, porque quiere ubicar sus obras junto a ellos.

“Se trata de un dibujo hecho sin la debida autorización, por un ¿creador? que busca legitimarse y satisfacer su ego colocando una ¿obra? junto a piezas realizadas por grandes artífices de nuestro país. ¿Puede cualquier artista fundir un pedazo de cemento y dibujar en La Rampa con tal de que su obra forme parte de esta galería al aire libre?” se pregunta Rodríguez Calviño.

No se hace uno artista, simplemente, porque sepa dibujar una mujer con flores en oro de Ley.

En rigor, Rebustillos debe ponerse a la la cola de una lista interminable de pintores cubanos, muertos o respirando, merecedores de una losa en La Rampa, antes que él. Sin acritud; es la realidad. Más allá de que su estilo no me entra por el ojo como arte, admito que es un buen dibujante, pero sus figuras femeninas atiladas y pulcras, solo son dibujos bien hechos; no me emocionan, ni me sugieren, ni producen en mí una fracción del efecto que me sugiere un solo trazo de Tomás Sánchez, o una sombra fantasmagórica de Fidelio Ponce.

Pintar no es dibujar, y quizás la obra de García Rebustillos aun está por saltar de un arte al otro.

Lam no se coló en el MoMA para colgar allí su “Jungla”, como tampoco Servando profanó el Museo de Bellas Artes, para colocar su “Homenaje a la Soledad” en una de sus salas. No se puede meter a la cañona y sin permiso, de forma subrepticia, -como quien se cuela en una cola, delante de una viejita- una obra personal en una “galería” surgida de un proyecto curatorial y urbanístico, que se gestó hace medio siglo, y al que Rebustillos no fue invitado.

Su mosaico de la habanera, sigue estando en el mismo lugar a la vista de todos, desde hace 5 años. Nadie denunció el hecho antes de Rodríguez Calviño, ni después, una clara muestra del desinterés con que los cubanos de la Isla se mueven por sus calles.

No perderé más tiempo mordiendo el cuello de García Rebustillos, que es solo un accidente en la triste historia de los mosaicos de La Rampa.

Quizás sería buena idea, ahora que volvemos a escuchar hablar de ellos, que se recupere lo poco que de ellos queda, y se retome la costumbre de dejar constancia en granito de la obra de tantos pintores cubanos vivos y muertos que lo merecen. Queda mucha acera libre en la calle 23, y hay decenas de nombres a la espera.

Quizás también entonces Rebustillos encuentre un sitio para sus habaneras, aunque sea ya llegando a Miramar...

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