Cubana en Nevada, EE.UU., dedica su vida a dar una segunda oportunidad a animales olvidados




Este artículo es de hace 1 año

En un rincón del desierto de Nevada, lejos del bullicio urbano, la joven cubana Yaileny Selema ha levantado un santuario donde los animales olvidados tienen una segunda oportunidad: burros, caballos, cerdos, chivos, patos y hasta tortugas encuentran refugio, atención médica y, sobre todo, una vida digna.

“Somos una pareja de cubanos jóvenes que nos dedicamos a salvar animales”, cuenta la fundadora del refugio Second Chance Farm, un espacio completamente autofinanciado y gestionado con amor, esfuerzo y ayuda de una comunidad fiel que los sigue en redes sociales.

En las plataformas sociales ha compartido historias de rescates, el día a día de la recuperación de los animales y cada milagro logrado contra la adversidad.

El santuario no comercializa animales ni obtiene ganancias, aclara ella: “Todos los que ven aquí han sido adoptados o rescatados. No se usan para comida ni para ningún fin económico. Están aquí porque fueron abusados, abandonados o tienen problemas médicos severos”.

Historias como la de Alfredito, un burrito que fue rescatado con apenas dos días de nacido de un slaughterhouse (matadero), resumen la esencia del proyecto.

Alfredito enfermó tras una primera adopción y regresó gravemente al santuario, donde fue hospitalizado 13 días, recibió dos transfusiones de plasma y logró sobrevivir.

Hoy vive feliz en el refugio y se ha convertido en uno de los favoritos de los seguidores.

Otros como Oscar, un cerdito doméstico cuyos dueños fallecieron, y Diego, hallado en las calles de Las Vegas, también encontraron una nueva vida en este espacio.

A veces, los animales rescatados se dan en adopción gratuita, como los 11 burritos salvados del matadero en una operación que implicó manejar durante siete horas bajo tensión y miedo. Todos fueron reubicados en hogares responsables.

“Esta obra de caridad la llevo haciendo hace ocho años. En redes solo desde hace dos. Soy enfermera veterinaria, y eso me facilita ayudar a animalitos con problemas de salud”, explica la rescatista, que también trabaja a tiempo completo, al igual que su pareja, para sostener el santuario.

A pesar de las dificultades económicas y el desgaste físico, el proyecto se mantiene vivo gracias a una comunidad activa que apoya con donaciones y comparte cada rescate.

“Nunca hemos ganado nada con esto. Nos cuesta tiempo, dinero y energía, pero lo hacemos por amor”, afirma.

El santuario también ha dado en adopción caballos, chivos, perros y gatos, aunque muchos animales son permanentes debido a su edad avanzada, enfermedades crónicas o problemas de comportamiento.

Entre ellos, una poni ciega de 29 años, un caballo con artritis, y varios animales con necesidades médicas constantes.

“Es difícil encontrar personas que den tanto sin recibir nada. Pero existen”, dice la joven cubana en uno de los videos publicados en las redes sociales.

Y lo demuestra a diario, con cada vida que rescata del olvido, con cada ser que salva del matadero, del abandono o del dolor. Desde ese pedazo de tierra en Nevada, esta cubana no solo rescata animales: rescata la humanidad.

El compromiso de los cubanos en el exilio con la protección animal se manifiesta en acciones concretas y conmovedoras. Una pareja de jóvenes cubanos logró llevar a su perrita desde Cuba a Estados Unidos tras dos años de lucha, simbolizando la importancia de no dejar atrás a los seres queridos, incluso cuando no tienen voz.

El respeto por la vida animal también se refleja en pequeños gestos con gran impacto. Una cubana inspiró a una mujer estadounidense a ayudar a un perro callejero tras compartir su experiencia de empatía y cuidado, mostrando cómo los valores de compasión pueden cruzar fronteras y contagiar buenas acciones.

Historias como la de un cubano que adoptó a un perro en Estados Unidos y terminó considerándolo parte de su familia, revelan cómo el vínculo entre humanos y animales supera las barreras migratorias y culturales. El amor y la responsabilidad hacia los animales no se apagan con la distancia; al contrario, se refuerzan en entornos donde pueden ejercer esa protección con mayor libertad.

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