Encendido con el madero Foto © Instagram/ Jorge Soler

El otro Jorge Soler

Este artículo es de hace 2 años

Más que decirlo, la estadística lo grita: si fijas un average de .144, un porcentaje de embasado de .245 y un slugging de .258 en 110 presencias en el plato, eres sencillamente un jugador al borde del abismo.

Cuando eso sucede, lo normal será uno de estos desenlaces: o bien tu carrera ha concluido, o bien tendrás otra oportunidad en la que, con mucha fortuna, alcanzarás los 700 puntos de OPS. Aspirar a algo más sería poco menos que disparatado.

Los horribles numeritos referidos pertenecen a la temporada 2017 de Jorge Soler, un muchacho que llegó a Estados Unidos seis años atrás con proyecciones de jugador de impacto. Los scouting reports insistían en que podía lograr buenos promedios y golpear con solidez, y también colocaban por los cielos la potencia de su brazo. Recuerdo que alguien llegó a escribir que parecía un linebacker.

Los Cachorros no perdieron tiempo en adquirirlo. Le dieron algunas oportunidades en 2014 y él les llenó la caja de las ilusiones con una secuencia de .292/.330/.573 en 97 turnos oficiales.

Luego, ya con la titularidad al hombro, se quedó corto en la campaña posterior, aunque la maquilló con una postemporada alucinante contra los Cardenales y los Mets (tres sencillos, tres dobles y tres cuadrangulares en diecinueve veces, más seis bases).

Las malas señales enviadas en 2015 se acentuaron al año siguiente, y en 2017 (después de ser canjeado a Kansas City por el taponero Wade Davis) tocó fondo con uno de los peores rendimientos registrados en lo que va de siglo para bateadores con al menos un centenar de apariciones en home plate.

Había perdido la credibilidad. No producía con el madero, su defensa era patética y encima sufría lo indecible para mantenerse saludable, hasta el punto de perder 271 encuentros por lesión desde su arribo a la Gran Carpa.

¿Cómo salir de aquel atolladero de apariencia irreversible? La arrancada de Jorge Soler en la campaña en curso apunta a que el outfielder encontró la respuesta al acertijo.

Nuevo entrenador... y mucho estudio

Después de jugar treinta partidos para los Reales entre fines de marzo y comienzos de mayo, el habanero de 26 abriles batea .308 con uno de los mejores OBP de la Liga Americana (.425). Cuatro jonrones y veinte boletos apuntalan un cambio de rumbo que acaso nadie habría vislumbrado tiempo atrás.

Soler se ha reinventado. Encadenó 21 choques sucesivos embasándose al menos una vez gracias a una paciencia infrecuente para los peloteros cubanos, y da la sensación de estar a gusto con el proceso de incremento de la tasa de elevados, condición sine qua non para que su fuerza haga el trabajo que le corresponde.

Suyo fue un batazo a 441 pies que asombró al Kauffman Stadium cuando la pelota golpeó el cuarto escalón detrás de las fuentes del jardín izquierdo, rebotó en la barandilla y terminó en una franja de césped cercana al lugar donde los locutores hacen el show posterior a los juegos. Después de eso se le vio sonreír con más satisfacción que nunca en las Mayores, sabedor de que ya ha recuperado una parte de la fe en sus condiciones.

Insisto: ¿cómo salió de aquella depresión con el madero que por poco lo retira del béisbol de modo prematuro?

Lo primero que hizo Soler fue contratar a un entrenador privado durante la temporada baja. Preocupado como estaba ni siquiera empezó a trabajar en noviembre, sino que ya en octubre se esforzaba por reestructurar su swing bajo las órdenes de Mike Tosar, el mismo hombre que un año antes había convertido a Yonder Alonso –hasta entonces un mero corista- en un temido slugger zurdo.

Un patio de los suburbios de Miami fue el lugar donde el gigante de 6 pies 4 pulgadas restableció su enfoque físico y mental, aprendió a sacarle más provecho a la pierna trasera y mejoró su sincronización. Allí, sobre todo, entendió que cada vez al bate suele exigir ajustes, y eso es lo que está haciendo ahora para salir a flote.

Eso, y estudiar. Dicen que casi siempre sale del clubhouse con un iPad cargado de videos con informes de los lanzadores adversarios. Es un arma que previamente no empleaba, pero decisiva si se quiere triunfar en un béisbol donde la intuición le dejó (casi) todo el espacio al análisis científico.

A todas luces, las vacas flacas han quedado atrás para Soler. La apuesta mayoritaria coincide en que marcha camino de su resurrección, y de momento no hay razones para pensar que sea un error.

Su compañero de equipo Alcides Escobar definió la situación con escasas palabras: “Es un tipo increíble. Cambió su enfoque, su defensa, cambió todo”.

Este artículo es de hace 2 años

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Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.

Michel Contreras

Periodista de CiberCuba, especializado en béisbol, fútbol y ajedrez.

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