El milagro de Mailén y el silencio de los culpables

Que no usen su milagro para poner una losa sobre 112 almas que no tuvieron la suerte de ella y que todavía merecen más que un artículo de facilista triunfalismo en la prensa nacional.

Mailén Díaz Almaguer Foto © Facebook de la joven

Este artículo es de hace 2 años

Vísperas de los festejos de San Lázaro, los cubanos de medio mundo habían recibido un golpe de fe. Un regalo simbólico. Un beso de oxígeno en medio de tanta escasez convertida en política de Estado.

Mailén Díaz, la adorable sobreviviente de la tragedia del 18 de mayo de este fatídico 2018, tenía cerebro, ojos y Facebook todos abiertos y estaba agradeciendo su segunda oportunidad de vida a través de la misma red social donde se vertieron tantas plegarias y lágrimas en su nombre.

Hasta ahí todo bien. Qué digo bien: hasta ahí una maravilla. Todo digno de agradecerse. De poner la fe como bandera y plantarla allí donde parezca que nada es posible.

El problema es que los medios de propaganda cubanos -que no de prensa- salieron de su letargo en masa, olvidaron el mutismo generalizado, recordaron que ellos deben publicar historias, darles seguimiento, extender el mensaje sobre temas de interés nacional. Y al parecer Granma, Juventud Rebelde, Cubadebate, Bohemia, todos juntos, sienten que es necesario cerrar la historia de un siniestro semejante con la vuelta a la vida de Mailén Díaz, aunque olviden convenientemente explicar quiénes o cómo se va a pagar por ese dolor que otros tantos nos negamos a olvidar.

No, hábiles maestros en el arte de engañar, de manipular, de distorsionar: la treta no cuela. Que leer un post de Mailén nos saque una sonrisa o una lágrima, que inyecte una descarga de buena vibra y de ganas de agradecer por todo, por la luz y los pulmones, por la salud de los que amamos y nos aman; que tanto símbolo de una jovencita milagrosa nos mejore el día no significa que olvidamos el manto de excremento que vertieron ustedes sobre esta catástrofe con tanto por explicar.

Vamos camino al término de año y seguimos con más preguntas que respuestas.

Han apostado por la futilidad de la memoria y por la vorágine de los tiempos: todo queda detrás, todo se diluye en tiempos de trote digital. Y que no haya pan en todo el país -aunque haya datos móviles- termina por suplantar el interés nacional y la búsqueda de explicaciones, pero para más de 100 familias el dolor sigue siendo noticia. Aunque a ustedes, la prensa al servicio del poder, se les haya olvidado convenientemente ese dato.

Los muertos del vuelo 972 siguen esperando transparencia. Ellos y sus dolientes tienen todo el tiempo de la eternidad: nada más importa. Las 113 personas que se montaron en La Habana en un avión sobreexplotado, marcado por su fabricante como el más antiguo de su tipo en actividad de transporte de pasajeros en todo el mundo, siguen mereciendo conclusiones rotundas, consecuencias reales. Y es trabajo de quienes mal mandan en Cuba y de quienes peor reportan, sacar esas conclusiones a flote.

Ocho meses después nadie carga con la culpa de contratar a un maleante español y su compañía improvisada para trasladar por los cielos a los cubanos, ajenos a la verdad. Ocho meses después nadie pregunta en una conferencia de prensa con los que llevan la sartén por el mango, a quién le costó el puesto o la libertad el seguir sobreexplotando una aeronave cuyos controles e indicadores se habían probado ineficaces, defectuosos, tiempos y vuelos atrás.

Porque lo simple es el jolgorio por Mailén. Pero ese nos lo agenciamos todos. No es la obligación imperiosa. Festejar el milagro de la supervivencia debería quedarnos a todos por descontado: lo hacemos a pesar, muy a pesar de la prensa cubana. No la queremos, no la necesitamos, ya que estamos con simbolismos verbales.

Gracias a la empresa capitalista de un chico del mundo libre existe esto llamado Facebook donde Mailén colgó el susurro de agradecimiento y conmovió a millones de personas. Ahí mismo, en esa red social, se lee y se escribe sin la putrefacta mediación de Granma o Juventud Rebelde. Ahí no solo no hacen falta: para esto, sobran.

Pero donde no sobran es en la investigación. Donde no sobran es en el periodismo punzante, acucioso, mordaz. El periodismo que muerde el tobillo del poderoso y no lo suelta hasta que ha exhibido sus impudicias y sus farsas. Los silencios sobre el Boeing destrozado, por ejemplo. Las confabulaciones. Los compincheos. Quiénes se llenaron los bolsillos con el contrato de Global Air que tanta amargura provocó en una isla saturada ya de amarguras multiformes.

Sobre eso, para eso, ni Granma ni los periodistas (sic) oficiales encuentran teclas o espacios en sus noticieros, en sus columnas, en sus portadas. Para sonreír por Mailén sí, para hacer pagar a quienes se esconden detrás de la tragedia, no. Para eso no, compañeros. Faltaba más.

Que este amanecer de rodillas sangrantes y manos de amor al viejo Lázaro sirva para transfundirle más vida a Mailén Díaz, sea donde sea que su cama de hospital todavía la sostenga. Ella casi ha resucitado, y lo sabemos. Que sepa ahora ella todo lo que ha significado en estos meses: un grito de esperanza, el último, en medio de una algarabía de fuego y huesos y dolor, y de rufianes y policías y celulares que filmaron lo infilmable; que Mailén sepa que su vida vale más que antes, aunque ella no pueda entender cuánto más o cómo así.

Pero que nadie se vaya con la de trapo: no es esta chica, esta hermosa y bendecida holguinera, el punto final de una historia semejante. En condiciones normales ella debería ser la razón para continuarla. Que no usen su milagro para poner una losa sobre 112 almas que no tuvieron la suerte de ella y que todavía merecen más que un artículo de facilista triunfalismo en la prensa nacional.

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