Madre e hijo (imagen referencial) Foto © Radio Habana Cuba

Cuba está en deuda con sus madres

                                                           Para Tamara G. Novas, madre y risa

Madres de Cuba tendrán complicado olvidar la celebración de su día este año bisiesto y capicúo porque están agredidas por el recrudecimiento de una crisis económica que priva hasta de un cake, por el coronavirus que angustia y separa, impidiendo que sus hijos emigrados puedan besarlas y por la incertidumbre de qué pasará mañana, con la certeza de que el futuro no pertenece por entero al socialismo.

La abundante literatura, incluido el periodismo, carece de lecturas serenas sobre el papel desempeñado por las madres en los últimos 30 años en Cuba, donde predominan los análisis simplistas e ideologizados que van de un extremo: Mujer en revolución, al otro: Jineteras y otros males del castrismo.

Sobre las madres de un país empobrecido, con predominio de familias monoparentales femeninas, recae el esfuerzo principal en los ámbitos domésticos, laboral y economía sumergida, que funciona -ahora a duras penas- como válvula de escape con la satisfacción de anhelos puntuales y necesidades vitales diarias.

Madres cubanas están entre las más eficaces y generosas administradoras del mundo porque son capaces de sostener un hogar contra viento y marea; renunciando incluso a su coquetería innata y felicidad personales para salvar a sus familias, especialmente a sus hijos.

La ola migratoria provocada por el derrumbe económico de los años 90 del siglo pasado y el goteo sucesivo obligó a madres cubanas a tragarse las lágrimas, vivir pendiente del teléfono, el correo postal y electrónico y a resignarse ante la violencia de ver a uno o más hijos alejarse, a cambio de un menor deterioro socioeconómico.

No son las peores; solo menos desdichadas que esas otras cuyas hijas e hijos no consiguen visas para un sueño y han tenido que prostituirse para que sus madres, abuelas y hermanos coman y se bañen con jabón y lágrimas se vayan por el desagüe mezcladas con el agua sucia.

Solo menos desdichadas de esas señoras que han vuelto del intento de compra diario, ataviadas con nasobucos y lágrimas secas por sus hijos presos en las cárceles de la isla; hoy no andan cuestionando, solo doliéndose de la ausencia.

Solo menos desdichadas que esa madres emigradas después de los 30 años, incluso mayores, y que han asumido el extravío que implican una lengua ajena, el frío, y viven rotas por la partición familiar que impone su condición de caracol, siempre con la casa a cuestas y oliendo los frijoles negros dormidos de aquellos domingos de trabajo voluntario y la ilusión pasajera de estar tocando el cielo porque la era había parido un corazón.

Solo menos desdichadas que aquellas otras madres que han sufrido la muerte de sus hijos en el Estrecho de la Florida, en la selva de Darién o en esos caminos que el castrismo impuso en la desigual geografía cubana y que llegan hasta Angola, Etiopía y Nicaragua, tumbas de muchos hijos.

Incluso madres revolucionarias que asumen en silencio disciplinado las carencias varias, aún creyendo que la pobreza pasa, pero la deshonra no; y hoy andan mirando a Somalia en una mapa traído por manos amigas para intentar escudriñar el paradero exacto de Landy y Assel.

Madres combatientes y militantes del partido comunista que no consiguen entender la clave de que vecinos con negocio privado o familiares en el extranjero vivan mejor que sus familias y ellas, que lo dieron y siguen dando todo en favor de una ilusión colectiva, ahora degenerada por la perversión sistemática del delirio, sigan instaladas en el banco raído de la paciencia y apolismada por la coyuntura. 

La nación está en deuda con sus madres porque ellas salvan a Cuba de su persistente naufragio; ellas son abrigo e identidad, nobleza penitente, asidero y cura, espejos erguidos frente a la fealdad imperante y el antídoto más fiable contra el virus del linchamiento, que mantiene infectados a los necios.

Mamá casi nunca parece atormentada, ni siquiera cuando pasa el pestillo a la puerta con la incertidumbre del amanecer; basta con asomarse en silencio adonde duermen sus cachorros o mirar la galería colgada en las paredes para ver como sus hijos la contemplan orgullosos desde Miami, Caracas, Berlín, Hanoi o Johannesburgo.

Un instante sin marido, novio o enamorado; solo suyo, mientras deambula a tientas por casa, se sienta en la cama, hace inventario de sus varices; sonríe con el recuerdo atropellado de su hombre besando el lunar que lo encandiló, cierra los ojos y se hace la noche.

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Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.

Carlos Cabrera Perez

Periodista de CiberCuba. Ha trabajado en Granma Internacional, Prensa Latina, Corresponsalías agencias IPS y EFE en La Habana. Director Tierras del Duero y Sierra Madrileña en España.

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