Fidel Castro Foto © Embajada de México

Fidel Life Matters

Para Rolando Pulido, con amor-horror.

Tan pronto como murió Fidel Castro, irónicamente en pleno Black Friday de 2016, la Red Global de Black Lives Matter lanzó al mundo su lamento de guerra por el gran caudillo militar hispanoamericano.

Más allá de la “abrumadora sensación de pérdida, complejizada por el miedo y la ansiedad”, este movimiento supuestamente en defensa de los derechos de las minorías étnicas, ratificó entonces que “tenemos que rechazar la retórica derechista y salir en defensa del Comandante”, pues “las lecciones que tomamos de Fidel” son inspiradoras para “construir un mundo enraizado en la visión de una libertad y una paz que solo vienen con la justicia”.

Esa justicia no podía venir de ninguna otra fuente que no fuera el fundamentalismo marxista de una Revolución radical. Una revolución que ha de ser “continua y que se gana primero en el corazón y en la mente de las personas”. Una revolución que después “trasciende las fronteras” y “nunca se acaba”, toda vez que “todo esté totalmente suscrito y comprometido con ella”.

Para los voceros globalistas de Black Lives Matter, la “Sierra Maestro” cubana de 1956 se trasmutó en la “St. Elmo Village” del 2013, donde se incubara el germen de la actual guerra de razas en contra de los Estados Unidos de América, uno de los pocos países del planeta donde el racismo ha sido desterrado por consenso y por constitución. Pero ya es sabido que todo guerrero depende de la creación de un enemigo a muerte: en este caso, la democracia norteamericana.

Los cubanos, así en la Isla como en el Exilio, que no supieron respetar la figura de Fidel en su fallecimiento ―en especial los negros contrarrevolucionarios, a los que “la Revolución hizo personas”, según los castristas y sus cómplices―, esos cubanos sin Castro en el corazón que se empalagaron de rumbas físicas y memes digitales ―desde la cuenta de Twitter del recién electo presidente Donald Trump hasta un grafiti de El Sexto en La Habana―, esos cuentan con cero solidaridad y cero tolerancia por parte de Black Lives Matter, por haber renegado, no tres, sino trescientas veces a todas y cada una de las conquistas de la Revolución: “comida saludable, agua limpia, vivienda decente, comunidades seguras, atención médica de calidad, servicios de salud mental, educación gratis de excelencia, espacios comunitarios, artes, participación democrática, vacaciones regulares, deportes, y lugares para la expresión espiritual”, gracias a la “voluntad política” de una “sociedad humana”.

Black Lives Matter, por lo demás, se declara en deuda de gratitud impagable con el mayoral de mayorales Fidel Castro, capataz capaz de darle refugio anti-imperialista en Cuba a la “Mama Assata Shakur”, al “Brother Michael Finney Ralph Goodwin”, así como a Charles Hill y a Huey P. Newton ―todos convictos de asesinato y prófugos de la justicia norteña―, convirtiendo así a nuestro archipiélago en una especie de Alcatraz emancipatorio al aire libre: un “santuario para tantos otros revolucionarios negros que eran perseguidos por el gobierno estadounidense en la época del Black Power”.

La deuda incluye, por cierto, los recursos enviados por Fidel Castro ―no por el pueblo cubano― a Haití a raíz del terremoto de 2010, y también el intento del estadista de ayudar a los afronorteamericanos en Nueva Orleans después del huracán Katrina, “cuando nuestro gobierno nos dejaba morir en los tejados y en las aguas de la inundación”. De paso, le rinden pleitesía por la bondad histórico-materialista de haber proporcionado en persona “un espacio donde la labor tradicional de la espiritualidad de los africanos pudo florecer, independientemente del sistema de creencias” del benefactor blanco Fidel Castro.

Para Black Lives Matter, definitivamente “Fidel Vive!” y, por eso, “mientras Fidel asciende al reino de los antepasados, convocamos su guía, su fuerza, y su poder, a medida que nos comprometemos nuevamente en la lucha por la libertad universal”.

Para Black Lives Matter, y acaso no les falte razón, el Profeta del Paredón puede que ya haya resucitado al tercer año. Sin raza ―siendo blanquísimo―, sin género ―siendo machísimo―, sin edad ―siendo viejísimo―, y sin ideología de finca confederada del Caribe donde aplicar su filantropía a rajatabla. Un Fifo fósil que reencarna en las calles decadentes de la Unión como el pandillero con botas en estado puro y como el vándalo que le encasqueta un nasobuco a la libertad de expresión: en ambos casos, paradigmas perfectos de la revolución por la revolución en sí.

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Orlando Luis Pardo Lazo

Escritor y bloguero de La Habana. Actualmente realiza un doctorado en Literatura en Saint Louis, Missouri, EUA.

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