Luis Rodríguez González Foto © Cortesía de Niurka Rodríguez

Luis Rodríguez González: Cubanísimo, consejero matrimonial y hombre fiero

Luis Rodríguez González, el hombre fiero, acaba de morirse en Holguín, ciudad que lo vio nacer en 1933; y que se ha quedado un poco huérfana de un consejero matrimonial experto y coherente con su propia vida casado durante 64 años con Doña Edita Cabrera Ricardo, Maestra normalista y que lo ha despedido con la contención de los que saben querer.

Flaco, largo, enjuto y jiribilla, empezó a ganarse la vida vendiendo leche de vaca, a los ocho años, y ya desde esa edad, empezó a desarrollar las virtudes de la honradez, la amistad, la buena música salpicada de ron, la familia y un amor al trabajo que lo hizo más de diez años Vanguardia Nacional.

Pero su valor real estaba en la palabra, en su manera de contar las cosas; que era una mezcla de los chinos de Lino Novás Calvo en "La luna nona" y Luis Carbonell, porque el hombre fiero hablaba con todo el cuerpo, con la convicción de los que han vivido mucho y bien y siempre lo hacía en defensa cerrada de la familia y del respeto al matrimonio, asi que no era raro verlo detenerse en cualquier esquina de Holguín para aconsejar a una mujer dolida o a un hombre maduro, pero suicida, que había abandonado su casa familiar por una mujer joven.

¡Si en una casa faltan el hombre o la mujer, el tractor acaba en la cuneta!, era una de sus frases para aconsejar a las parejas en dificultades y remataba, ¡los hogares deben tener luz, amor y dinero!: aunque a veces resultaba implacable: ¡el tarrú es el primero que se entera, aunque la señora que no se deja tocar, diga que lo evita porque acaba de tostar café!

Luis Rodríguez González hablaba sin lastimar; diciendo algunas cosas que los consultantes no querían oír, pero su honradez obligaba a decir. Un amigo de años se echó un querida joven, a la que compró un apartamento en el edificio "Doce plantas" de Holguín y, cuando se encontraron, el hombre fiero lo emplazó y le dijo: ¡Vete a tu casa, encuérate y mírate en el espejo y, luego mírate en el bolsillo, para que veas de que está enamorada esa muchacha!

Forrajeador impenitente, tras la rotura de un vaso, que cayó al suelo, y el pesar de su esposa; acudió a una tienda del entonces Mercado Paralelo y compró una caja de vasos, que pagó en el acto, porque Luis Rodríguez González nunca dejó de pagar ni un centavo; ni siquiera a su suegra -que al principio no lo quería para su hija- pero al que acabó adelantándole dinero -en algunas ocasiones- para completar negocios. Entonces, hablaban de madrugada, a través de una ventana, que convertían en oficina de préstamo, devolución y banco.

Cuando hacía un negocio rentable, volvía a donde la mamá de su entonces novia, y le decía: Guárdame ese dinero por si lo llegara a necesitar, aunque no creo porque si yo gano veinte pesos, no me puedo gastar veintiuno; el hombre fiero siempre hablaba en pesos, nunca asumió el dólar y mucho menos el CUC; y fue un pequeño acto de rebeldía nacional porque volvía del mercado con una pierna de puerco al hombro, la dejaba caer sobre la mesa del comedor y exclamaba ¡ahí tienes, 567 pesos en carne de puerco! y seguía su camino.

Luis Rodríguez González se fue en paz porque protegió a su familia contra viento, marea y emigración; viendo marchar a sus dos hijos, Niurka y Luisito -ahora rotos- a España y Estados Unidos, sin un reproche; luego se le fue su nieto José y el se aferró a Jorge, su otro nieto que lo cuidó en su corta enfermedad, previa a la muerte, y a sus bisnietos, una pelirroja pícara con la que bailaba y cantaba y hacía de alumno y ella de maestra; y Pepito, un rubito tranquilo afanoso con la computadora que le regaló su abuelo Alejandro.

La etiqueta de hombre fiero fue su escudo para que no asomara la ternura que habitaba en Luis Rodríguez González de los pies a la cabeza; esa que le llevaba a no inmiscuirse en juegos "porque son rompegrupos" y el disfrutaba como pocos las reuniones de gente, como la que abarrotó la casa familiar cuando supo que la voz consejero matrimonial más desconocido del mundo se había apagado para siempre; no sin antes prever sus honras fúnebres con dos ruegos: ¡Incinérenme y no hagan velorio!

Su muerte impidió una entrevista pactada para que ofreciera su catálogo de consejos matrimoniales a los lectores de CiberCuba y contara sus recuerdos como vendedor de caramelos por los pueblos de Holguín, un viaje que hizo con Edita a la entonces Alemania comunista y que aclarara su aforismo más simbólico: ¡Hay que tener cuidado con las mujeres de Banes, que son habilidosas!

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Carlos Cabrera Perez

Periodista de CiberCuba. Ha trabajado en Granma Internacional, Prensa Latina, Corresponsalías agencias IPS y EFE en La Habana. Director Tierras del Duero y Sierra Madrileña en España.

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