Un religioso camina por Luyanó, tras el tornado de 2019. Foto © CiberCuba

¿Qué hacemos con los comunistas?

Un muchachito cubano me ha escrito a través de Facebook para reprocharme, desde el respeto, que defienda la transición democrática y pacífica en Cuba. Admito que lo veo tan claro que no pensé que abogar por un cambio a la española, sin estallido social ni matanza entre hermanos, iba a levantar ampollas.

Pero como bien dice este niño, desde España las cosas se ven de otra manera. Él se queja del daño que estamos haciendo a los cubanos de la Isla con nuestro civismo europeo cuando en Cuba los comunistas los están matando, me dijo.

Me cuenta que su padre, que es un come-candela, le ha dicho que si sigue pensando como piensa tendrá que irse de su casa. Eso te lo dicen en España y coges la puerta y te vas. Pero en Cuba no puedes ni intentarlo y, menos, en medio de la pandemia.

Me dice además el niño, que su caso no es una excepción; que le pasa a muchos de sus amiguitos. Por eso no entiende la mano tendida desde Europa a quienes han dinamitado la familia y nos van a entregar el país tinto en sangre y envuelto en esparadrapo.

Y yo me pregunto ¿qué hacemos con los chivatones? ¿Los metemos en la Cabaña y los fusilamos a todos? ¿Repetimos la historia? ¿Les arrebatamos los garrotes de las Brigadas de Respuesta Rápida y les damos una paliza? ¿Qué se supone que conseguimos con eso?

¿Alguien se hace una idea de cuánto chivato cubano tapiñado hay en España, en Miami y hasta en la Conchinchina? Se les ve a la legua aunque disimulen. Nunca dejarán de ser pequeños y ridículos. Por eso se esconden debajo de un traje de demócratas que les aprieta.

Pero no podemos pelearnos con nuestro vecino porque vota a Trump y el otro a Biden o porque aquel quiere para Cuba una alianza progresista o porque el de la esquina prefiere que gobierne la derecha radical. No es nuestro enemigo quien no piensa como nosotros, pero defiende aquello en lo que cree.

Al final, desde la izquierda o desde la derecha, todos queremos conseguir lo mismo: lo mejor para Cuba, para nuestras familias y para el país que nos acoge y nos da de comer. Eso es una cosa y otra muy distinta es hacer la vista gorda con los crímenes de lesa humanidad.

Una cosa es que no aboguemos por el ajuste de cuentas entre ideologías y generaciones y otra, muy distinta, es que propongamos una amnistía para todos los criminales. El que la hace, tiene que tener claro que pagará por ello. Armados con todo el civismo del mundo no vamos a permitir que se vayan de rositas.

Pero el juicio final no ha llegado aún y ahora de lo que hay que hablar es del país carcomido por la miseria que tenemos delante. Habrá que levantarlo, cada uno, con lo que poquito que pueda aportar. Aquí no sobra nadie. No hay en nuestro corazón lugar para el odio. Nos negamos a que ese sentimiento nos reviente por dentro. No lo queremos para nosotros y no lo queremos para nadie. Pero perdonamos a quien lo siente. Es legítimo odiar a quien te está matando.

La gran mayoría de los cubanos que hoy estamos fuera, no miramos la desgracia de nuestra gente con pasividad. Nos duele haber tirado la toalla, pero el día que pasó ya no vuelve. No hay nada que se pueda hacer para enmendar el pasado. Cuba nos duele. Nos duelen las calles ruinosas de La Habana; la basura en las esquinas; la pobreza y la escasez.

Y todavía hay quien cree que publicamos todas esas escenas de colas porque disfrutamos con ello. Lo hacemos para mentalizar a todos los que estamos fuera. La cosa está mala, señoras y señores: los nuestros se nos mueren de hambre y de tristeza, echando horas y horas en una cola en mitad de una pandemia global. Nos los están matando.

El país está paralizado. Los nervios están a flor de piel. Hijos y padres tienen que hacer de tripas corazón y no dejar que la impotencia les lleve a reventar lo único que nos queda a los cubanos: la familia. 

Cuando estamos fuera y nos falta la madre o se nos muere ese padre comunista y no podemos ir a darle el último adiós, algo se rompe por dentro. Ya nada vuelve a ser como antes. Ya no hay cartas ni hay besos ni hay risas ni broncas. Se acabó.

No sabría decir exactamente por dónde vamos a empezar a reconstruir el país. Es imposible hacerlo tan mal como  los comunistas. No sabemos cuántos bonos del Estado han vendido; no sabemos por dónde anda nuestra deuda. Nos van a entregar un país desvalijado y también hipotecado hasta las cejas. No les quepan dudas.

Y cuando ese momento llegue, habrá que trabajar duro para devolver a Cuba su grandeza y su esplendor. No habrá tiempo para ajustes de cuentas domésticos. Tendremos que empujar todos juntos. Como un solo pueblo que quiere y tiene que resurgir de sus cenizas. El enemigo no es ni puede ser un cubano. Creemos que es posible. Creemos que se puede conseguir. Tenemos, al menos, que intentarlo.

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Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.

Tania Costa

(La Habana, 1973) vive en España. Ha dirigido el periódico español El Faro de Melilla y FaroTV Melilla. Fue jefa de la edición murciana de 20 minutos y asesora de Comunicación de la Vicepresidencia del Gobierno de Murcia (España)

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