Sandro Castro, en su Mercedes, pisando el acelerador. Foto © CiberCuba

Sandro Castro, nieto de Fidel Castro, pisa el acelerador de la continuidad

Hay un momento en el juicio al ex ministro del Interior en Cuba, José Abrantes, en que el fiscal de la causa 2 de 1989, el teniente coronel Felipe Alemán, le pregunta si recordaba cuánto dinero se había gastado en unos 1.200 vehículos que había comprado el MININT.

Abrantes, sustituto de Ramiro Valdés al frente del Ministerio del Interior desde 1985 y vinculado durante 30 años a la Seguridad del Estado en Cuba, se quejó de su mala memoria, pero dijo que creía recordar que había pagado unos 3 millones de dólares por esos carros, un gasto que admitió, no estaba contemplado en los presupuestos del Estado.

También reconoció que la mitad de esos autos eran para reponer vehículos del ministerio y que otros 11 eran para uso particular. Él achacaba su mala decisión (autorizar la compra) a la falta de control en el MININT.

Todos sabemos cómo terminó la historia. Abrantes fue condenado a 20 años de cárcel por abuso de autoridad, negligencia, uso inapropiado de los fondos del Gobierno y ocultación de información. Falleció de un infarto en prisión dos años después del juicio, en 1991, con poco más de 50 años.

Fidel Castro no pudo cumplir la promesa que había hecho al médico Juan Abrantes, que da nombre al estadio de la Universidad de La Habana, cuando le dijo que cuidaría de su hermano José Abrantes, hoy enterrado en el cementerio de Colón, muy cerca de la tumba de Raúl Cepero Bonilla.

Evidentemente, con la destitución del exministro Abrantes en junio de 1989, el Gobierno de Fidel Castro escenificó el inicio de una política de mano dura contra la corrupción y el abuso de poder de la élite 'revolucionaria', que como dice un buen amigo, construyó un barrio para los humildes en Alamar (Habana del Este), pero no levantó uno para la guardia pretoriana de Fidel Castro porque las mansiones de Miramar, Siboney y Altahabana se adaptaron inmediatamente a sus necesidades. Les venían como anillo al dedo.

Así, poco a poco y gracias a las redes sociales, hemos visto a Mariela Castro disfrutar de una langosta en un ático de La Habana junto a sus amigos y a la cantante española Pastora Soler; hemos tenido acceso a las fotografías de la mansión de la nieta de Raúl Castro, Vilma Rodríguez Castro, que Trump incluyó en la lista de alojamientos vetados en la Isla a ciudadanos estadounidenses y hemos visto a Raúl Guillermo Rodríguez Castro, alias El Cangrejo, también nieto de Raúl Castro, bailando y robándose el show en la Casa de la Música.

La lista no se queda ahí. También vimos a Antonio Castro Soto del Valle, hijo de Fidel Castro, de vacaciones en Mykonos (Grecia) y en Bodrum (Turquía), navegando en un barco de 50 metros y alquilando suites de lujo; o a su hijo Tony Castro, modelo de profesión, presumiendo de barco; visitas turísticas a Barcelona o México o conduciendo un BMW.

Pero el tren de vida no se limita a la descendencia de la familia Castro. También hemos visto al hijo del primer ministro Manuel Marrero Cruz, a bordo de un jet privado de la flota del Gobierno de Cuba. De él sabemos además, que trabaja como comercial en la Agencia de Viajes Gaviota, que depende de las FAR.

Algo similar ocurre con Alejandro Gil González y Laura María Gil González, hijos del ministro de Economía Alejandro Gil Fernández, que han conseguido colocarse en puestos cotizadísimos en Comercio Exterior y el Departamento de Importaciones de Cuba. Ambos presumen de playa, sol, amigos y vida idílica en una Cuba en estado de coma financiero.

Ahora nos damos de bruces con el vídeo del nieto de Fidel Castro, Sandro Castro, a 140 kilómetros por hora en un Mercedes por una carretera cubana.

"Tú sabes que nosotros somos sencillos, pero de vez en cuando hay que sacar estos jugueticos que tenemos en casa", dijo en un arrebato de sinceridad como el que llevó a Miguel Díaz-Canel a presentarse casualmente en el Parque Trillo a un acto 'improvisado' contra el 27N a bordo de un Mercedes y con un Rolex en la muñeca. Un reloj, muy parecido al que lució el embajador de Cuba en España Gustavo Machín cuando recibió sus credenciales en este país.

No nos engaña Díaz-Canel cuando nos recuerda que él y los nuevos pichones del Partido Comunista son continuidad. Son más de lo mismo: despilfarro, buena vida y haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago.

Es inaceptable que una gentuza cuyo único 'mérito' conocido nos remite a su cuna, se pavonee en las redes sociales mostrándonos cómo se vive en Cuba y el extranjero con el apellido Castro mientras los cubanos se dejan la vida en colas y desde la televisión les invitan a comer curiel, pero les venden por la libreta un picadillo que no pasaría ninguna inspección sanitaria en Europa. Aquí probablemente estaría contraindicado hasta para los animales.

No pueden seguir pidiéndole sacrificios a nuestra gente, mientras ellos disfrutan de privilegios que no merecen. Miren el país que tienen en sus manos. Miren la miseria que dejan a su paso. ¿Con qué derecho siguen chupándole la sangre a Cuba?

Nuestro país lleva años cerrando empresas. Hasta un 11% de tejido empresarial estatal desapareció entre 2014 y 2019 y en ese contexto no ha bajado el ritmo de vida de la élite del Partido Comunista instalada en una realidad paralela. Cuba no va con ellos. No les duele Cuba. La corrupción no acabó con Abrantes. Ellos son su continuidad. Esto tiene que acabar.

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Tania Costa

(La Habana, 1973) vive en España. Ha dirigido el periódico español El Faro de Melilla y FaroTV Melilla. Fue jefa de la edición murciana de 20 minutos y asesora de Comunicación de la Vicepresidencia del Gobierno de Murcia (España)

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