La mala hora de Díaz-Canel

Raúl Castro Ruz nunca ha leído aquel verso de Rilke, que es un manual de estrategia política: Un dios que revela su fuerza, carece de sentido; y procedió a una limpia de intelectuales y artistas en el nuevo Comité Central, volviendo a ser Leopoldo Ávila.

Díaz-Canel y señora en una cola para votar Foto © Presidencia de Cuba

Cuando Fidel Castro Ruz se lanzó del tanque de guerra en Playa GirónMiguel Díaz-Canel estaba a punto de cumplir su primer año y, este martes, el presidente cubano cumplió 61 y, la víspera -San Expédito y San León- fue coronado como el nuevo hombre fuerte de Cuba, es decir, que su teléfono móvil es el último que suena.

Presidente de la República de Cuba, comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista; trinidad casi habitual en el comunismo de compadres impuesto por los hermanos Castro Ruz, la dinastía más longeva de Occidente, exitosa en mantener el poder y producir fusilados, presos, exiliados, inxiliados y propaganda y fallida en generar libertad, riqueza y sosiego.

Díaz-Canel parece el ganador, a priori, del octavo congreso del partido único; el pueblo cubano volvió a ser el gran perdedor, pero la represión, la oscuridad y la penuria no son eternas porque generan frustración, angustia y rabia generalizada e incontrolable.

Reconciliar a Cuba y abrir una senda próspera y sostenible, garantizándose la legitimidad popular y cambios políticos y jurídicos que indiquen que un país nuevo es posible, yendo de la ley a la ley; modalidad preferida en Washington, Bruselas y el Vaticano y por una mayoría de cubanos, incluidos los reformistas insultados por Raúl Castro en su despedida, deben ser prioridades en la agenda de Díaz-Canel.

Una tarea ciclópea, aunque -si sale vivo políticamente- podría entrar por la puerta grande en la historia de Cuba, pero antes, deberá combinar la lealtad y gratitud a Raúl, con el reparto de cuota de desgaste político con el general López-Calleja, obligado a dar la cara a partir de ahora porque se ha quedado sin peones y su ex suegro ordenó el desembarco de la artillería pesada en el Partido Comunista para conjurar el desplante del remolón Joe Biden e intentar morir lo más tranquilo posible.

La descomunal demostración de fuerza priva al Deng Xiao Ping de Birán de un estratégico segundo escalón de fuego, pues al emplazamiento de su guardia petroriana en el Buró Político y el Comité Central correspondió una maniobra similar en las FAR, donde la promoción de camilitos y cadetes adoradores de Raúl, agotó también la reserva de guerra en un frente que ha ido mermando con enroques sucesivos.

Los chacales del pelotón de embullo del jubilado General de Ejército han descubierto el olor del dinero, tienen más futuro que su mentor y todo ese aguaje apocalíptico de morir por la patria no es más que una cortina de humo para camuflar sus pasiones por una mansión en Siboney, un carro y una, dos, tres muchas mujeres, como aprendieron de sus guías espirituales.

Obviamente, Raúl Castro Ruz nunca ha leído aquel verso de Rilke: Un dios que revela su fuerza, carece de sentido; que es un manual de estrategia política, y procedió al chapeo de intelectuales y artistas en el nuevo Comité Central, volviendo a ser Leopoldo Ávila, obligando a su relevo a tender puentes con la ciudad letrada al servicio del poder, que la detesta, pero la asume como fatiga de muñequitos útiles, oportunistas, cobardes y majaderos.

En la supuesta debilidad o tutelaje de Díaz-Canel radica su fuerza, solo debe aguardar pacientemente a la muerte de Raúl Castro, cambiando Cuba para bien, alejándose de la confrontación cainita y adelantándose a los movimientos de adversarios internos y externos, especialmente de quienes aún no han dado la cara.

Cuando los generales y coroneles sin historia insurreccional y amantes de la dolce vita, vean que sobrevivió -y en eso Díaz-Canel tiene acreditada solvencia- volverán a jurar bandera ante el nuevo rey del mambo; como viene ocurriendo en la historia de Cuba, desde la colonización española; aunque es posible que la bronca se selle en tablas debido al pánico que sufre la mayimbada tardocastrista de perder güiro, calabaza y miel a la hora de los mameyes

El miedo hace muy racionales a esos prohombres de charreteras made in URSS y guayaberas produced by EMPROVA, que este lunes asistieron al alirón final de Raúl y a la entronización -como Comandante en Jefe de una Cuba descuajeringada- de Miguel Díaz-Canel Bermúdez que, cuando nació, ya el castrismo triunfante había lapidado el primer gobierno revolucionario, socialdemócrata y democristiano, sustituyéndolo por comunistas, pero todavía los cubanos podían comerse una frita, un pan con timba y tomarse un café con leche en cualquier esquina y entrar y salir del país miedo.

Seis décadas después, muchos cubanos no saben lo que es una frita, el pan con timba es oralidad, los antibióticos tienen precio de caviar Beluga y el café con leche es un lujo gourmet.

El nuevo hombre fuerte de Cuba tiene tres almas de Dios a quien encomendarse, Santa Inés de Montepulciano, que multiplicó panes y aceite, y curó enfermos; y santos Expédito, patrón de las causas urgentes, y León XI, cuyo pontificado apenas tuvo trascendencia porque murió a los 26 días de ocupar el trono Vaticano, ¡siempre es 26!; ya sabemos que los materialistas dialécticos reniegan de altares, pero revolución es cambiar todo lo que deba ser cambiado y tener sentido del momento histórico, o todo lo contrario.

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Carlos Cabrera Perez

Periodista de CiberCuba. Ha trabajado en Granma Internacional, Prensa Latina, Corresponsalías agencias IPS y EFE en La Habana. Director Tierras del Duero y Sierra Madrileña en España.

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