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Israel Rojas, líder del dúo Buena Fe y acorde monótono del oficialismo cultural cubano, volvió esta semana al terreno de la política para comentar la comparecencia especial de Miguel Díaz-Canel.
En un texto publicado en Facebook, el trovador respaldó sin fisuras la intervención del gobernante y defendió el secretismo estatal como una estrategia legítima frente a lo que describió como una “policrisis”.
Rojas aseguró haber escuchado la intervención presidencial “de manera intermitente”, entre apagones y cortes de conexión —una confesión involuntaria del estado real del país—, pero elogió las medidas “interesantes” anunciadas por Díaz-Canel.
Entre ellas, destacó la autorización para asociaciones entre actores estatales y privados, la apertura a la inversión de cubanos residentes en el exterior y la promoción de paneles solares para particulares.
Más allá de los confetis de Palacio, el músico se centró en defender el silencio gubernamental. “Es legítimo que no se anuncie todo lo que se hace con países u organismos internacionales”, escribió, justificando el secretismo en nombre de la seguridad nacional.
Su argumento coincidió con esa línea de propaganda que intenta transformar la falta de transparencia en una virtud patriótica. Al hablar de “policrisis”, Rojas reconoció que la situación del país es grave, pero diluyó las responsabilidades del poder en una retórica colectiva: todos sufren, todos deben resistir, todos deben confiar... y en silencio.
Esa confianza, sin embargo, pareció más un llamado a la fe que una respuesta a la realidad. Cuando el trovador pidió “fomentar la confianza en nosotros mismos”, lo hizo desde un contexto en que reconoce implícitamente que el régimen ya no puede ofrecer certezas ni soluciones, solo relatos y consignas.
De la épica al resentimiento
Pero mientras el músico intentó mostrarse sereno y constructivo en su análisis, la cobertura de CiberCuba sobre su episodio del “venerable anciano y su familia” le hizo perder los estribos nuevamente, provocando un nuevo estallido en redes.
“Dice Cibermierda que me hablaron por el ‘pinganillo’. Eso mismo, pero el superlativo, ellos lo tienen en el ‘7’”, escribió, acompañando el texto con risas y emojis, en lo que resultó un mensaje burdo y machista que dejó en evidencia su verdadero estado de ánimo.
El juego de palabras —“pinganillo” (auricular) convertido en “pinga” (pene) y “7” (ano, en la charada cubana)— reveló un nivel de agresividad y vulgaridad que contrastó con su prédica de respeto y unidad.
El trovador que pide amor, confianza y serenidad respondió con alusiones sexuales y desprecio, confirmando su incomodidad con las críticas y su incapacidad para sostener un debate de ideas.
El trovador del desencanto
La contradicción es evidente: mientras Díaz-Canel intenta sostener el relato de “unidad y resistencia” y Rojas lo acompaña con retórica patriótica, la ansiedad del poder se cuela por las rendijas del lenguaje.
El uso de términos como “policrisis” y el llamado a la “confianza” son síntomas de un gobierno que ha perdido autoridad moral y se refugia en el léxico de la fe.
Rojas, en lugar de reforzar la credibilidad del discurso, lo hace aún más frágil: su tono paternalista, su docilidad ante el poder y sus ataques de ira lo muestran como lo que hoy es —un trovador desbordado, atrapado entre el culto al líder y su propia frustración.
El cantante que quiso parecer la voz del pueblo ha terminado siendo la voz del desánimo, defendiendo el silencio y respondiendo con groserías a quien se lo recuerde.
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