Escritor Carlos Manuel Álvarez apuesta por Luis Manuel Otero, en huelga de hambre y sed contra la “decrepitud totalitaria” del régimen cubano

Álvarez tiene una certeza: “Es demasiado cobarde el régimen cubano como para dejar morir a nuestro amigo”. Y un vaticinio: “Son pencos, son realmente pencos, y ya vamos a ver en estos días cómo los militares se disfrazan de enfermeros”.

Luis Manuel Otero y Carlos Manuel Álvarez / Acuartelados en San Isidro, noviembre de 2020 Foto © Facebook / Carlos Manuel Álvarez

El escritor y periodista Carlos Manuel Álvarez denunció este lunes la “decrepitud totalitaria” del régimen cubano y apostó a que “es demasiado cobarde” para dejar morir al artista Luis Manuel Otero, quien comenzó una huelga de hambre y sed tras la reciente escalada represiva contra su obra y su persona.

“Hablé bastante con Luis hoy, pasada la medianoche. «Llámalo, Carlos», me dijeron varios amigos, «que él te escucha». La verdad es que no le dije nada. Solo lo escuché yo a él”, escribió Álvarez en Facebook, y a continuación reprodujo una deplorable escena carcelaria ocurrida en La Habana este fin de semana.

“El sábado, en la unidad policial del Cotorro”, prosiguió el director de la revista El Estornudo, “lo metieron en una celda muy pequeña con otros dos tipos, al parecer presos comunes, que no se cansaron de ofenderlo, provocarlo, de decirle que era maricón, que su madre estaba muerta, que él era un perro singao, un penco, rana, yegua”.

Mientras el artista del performance y líder del Movimiento San Isidro (MSI) vivía ese trance, “un policía, sentado en su buró, escuchaba a menos de dos metros de distancia”.

“Así estuvo Luis desde aproximadamente las seis de la tarde hasta las tres de la madrugada”, apuntó el joven narrador, quien parece hablar de sí mismo cuando habla de Otero: “Es un artista y le importa el relato”.

“No quiere entrar en la rueda dentada de la decrepitud totalitaria, un dispositivo siniestro que repite ad nauseam el mismo cuentos días tras día, sin desgastarse. Un tono impersonal que no necesita, como lo necesitan los individuos, la imaginación, y que desconoce el ejercicio más fascinante de la resistencia y la libertad: planificar tu propia muerte como una figura o un trazo de un dibujo más amplio”, se lee en la publicación.

Desde este domingo Luis Manuel Otero inicio una huelga de hambre y sed que repite una modalidad de protesta y resistencia pacífica empleada por él mismo, varios miembros del MSI y otros activistas durante un acuartelamiento en la sede de la organización en noviembre pasado.

En aquellos días, el MSI se manifestaba contra la detención y encarcelamiento tras juicio express de uno de sus integrantes, el rapero Denis Solís, quien aún continúa en prisión.

Fue entonces cuando Álvarez, quien se encontraba en Estados Unidos, llegó de incógnito hasta la casa de Damas 955, barrio de San Isidro, en La Habana Vieja, para sumarse y narrar una protesta sin precedentes en la historia reciente de Cuba.

La fotografía que acompaña el post de este lunes parece corresponder a esos días de confinamiento, mientras efectivos de la policía y la seguridad sitiaban la vivienda de Damas.

Se ve a ambos sentados en el suelo: cada quien mira de frente a la cámara, los brazos sobre el regazo; en la pared cruda, cuelga una hoja de papel bond totalmente coloreada: una botella amarilla sobre fondo azul y superficie rosa; en el suelo, junto a unos tenis blancos, los Diarios de José Lezama Lima, una selección de sonetos amorosos de Quevedo y la edición norteamericana de la primera novela de Álvarez, Los caídosThe Fallen— (Sexto Piso, 2018).

“La vergüenza que la dictadura no siente ante la repetición de la farsa, la siente al cabo el individuo, que carga consigo la responsabilidad de establecer una parábola con el conjunto de hechos inservibles que son por sí solos la injusticia y la opresión. Entiendo a Luis, sinceramente”, asegura Álvarez en su texto: “La idea de la muerte gana presencia”.

Cuando acaba de salir en España su segunda novela, Falsa guerra (Sexto Piso, 2021), Carlos Manuel Álvarez, de 31 años, a todas luces prefiere concentrarse en la denuncia del acontecer isleño: “Debemos pedir que las obras de Luis sean devueltas. Lo otro, que la dictadura cubana concluya de una vez, algunos de nosotros ya no queremos siquiera pedirlo, sino que vamos a actuar para ello”.

Entiende el escritor que la apuesta mortal de alguien como Luis Manuel Otero —una apuesta que no está en lo dicho sino en “el tono” de lo dicho— es consecuencia no solo de la represión y la censura, sino ante todo de la lucidez.

“Digo, no es una carga, es un regocijo haber entendido por qué despreciamos y por qué es moralmente correcto despreciar al castrismo y comprobar cómo esa maquinaria hidrocefálica nos vigila porque nos teme”, dice Álvarez sobre el final. El relato es colectivo, la palabra es justicia, la justicia es belleza”.

Por supuesto, una porción de esa lucidez se encuentra también en la buena literatura, y es por eso que el autor de las crónicas sobre Cuba reunidas en La tribu (Sexto Piso, 2016) cita al peruano José María Arguedas.

“He luchado contra la muerte”, escribía Arguedas, “o creo haber luchado contra la muerte, muy de frente, escribiendo este entrecortado y quejoso relato. Yo tenía pocos y débiles aliados, inseguros; los de ella han vencido. Son fuertes y estaban bien resguardados por mi propia carne".

Y escribe por su parte Álvarez: “El barrio, la voz, los amigos, la casa, el arte de Luis. Cada una de estas cosas ha sido ultrajada, estrujada, muchas veces destruida en un sentido material. La muerte, sin embargo, es una semilla que viene sembrada en la maceta del cuerpo y que uno riega con vida”.

“Habiendo de todo en ella”, prosigue la reflexión, “también hay en la muerte un gesto moral. Creo que Luis está avergonzando de que se lo lleven cada día, su barrio siga en pánico y los gestos de molestia se vacíen de sentido. Nada que digamos va a rebajar esa vergüenza, que viene de la realidad, se respira y es más fuerte que cualquier palabra”.

Es en tal punto cuando vuelve a emerger en el post de este lunes la experiencia del 26 de noviembre de 2020.

Aquella noche agentes de la Seguridad del Estado cubano penetraron por la fuerza —ataviados como personal sanitario, y tras cortar los servicios de Internet— en Damas 955 y aprehendieron violentamente a los acuartelados, algunos de ellos muy débiles tras varios días sin alimentos y, en algún caso, sin agua.

Luis Manuel Otero aún no había abandonado su doble huelga, y por eso fue internado en un hospital contra su voluntad.

Álvarez tiene ahora una certeza: “Es demasiado cobarde el régimen cubano como para dejar morir a nuestro amigo”. Y un vaticinio: “Son pencos, son realmente pencos, y ya vamos a ver en estos días cómo los militares se disfrazan de enfermeros”.

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