Humberto López no le da miedo a nadie, pero a Cuba le da asco

Allí donde un cubano cuestione la legitimidad de quienes le gobiernan, o vea la libertad pisoteada donde otros ven revolución, allí intervendrá el Estado con todo el peso de su maquinaria de terror.

Humberto López y M. H. Lagarde Foto © Captura de video / Noticiero Estelar de la TV cubana - Facebook / M. H. Lagarde

Humberto López está en el mentidero. Unas imágenes suyas se han hecho virales tras la difusión de un video donde una activista lo aborda y le hace una pregunta incómoda. El curtido inquisidor de los tiempos de continuidad perdió los papeles y agredió a la mujer, presuntamente provocándole lesiones. Quedó claro que la idea de servicio público del recién elegido miembro del Comité Central del Partido Comunista de Cuba es aplastar a los “gusanos”.

El siniestro personaje anda con el culo al aire. Si antes le habían distinguido con un diploma de proeza laboral, ahora debe llevarlo encima para taparse las vergüenzas. El presentador que se desenvuelve como una vedette ante las cámaras, entró en pánico cuando le apuntaron con la de un móvil.

¿Qué pensaran las 49 compañeras suyas del Comité Central después de verlo forcejear con una mujer? ¿Aplaudirán su hombría, su firmeza, su integridad? No sé las compañeras, pero el director de Cubasí, M.H. Lagarde, no perdió un minuto en salir a batir palmas, como es su especialidad. Para este otro vocinglero del régimen, Humberto es el hombre del momento y la activista que lo interpela una prostituta.

“¿Quién le tiene miedo a Humberto López?”, titula Lagarde su artículo en defensa del todopoderoso Humbertico. Pobrecito, está siendo víctima de una feroz campaña de descrédito, le han tirado chapapote en la casa y ahora, para colmo, una contrarrevolucionaria ha invadido su intimidad.

Humberto López no da miedo, provoca repulsión. Pero la maquinaria que hay detrás del títere sí es temible. Es un Estado totalitario en manos de personas dispuestas a defender sus intereses y su ideología de forma violenta. Hay una familia, rodeada de otras familias, que se creen que son Cuba, creyendo que Cuba es de ellos.

Y esa gente ejerce el monopolio de la violencia, no como recurso para mantener la paz, o garantizar los derechos y proteger el espacio de convivencia de los ciudadanos, sino como práctica sistemática para perpetuarse en el poder. Allí donde un cubano cuestione la legitimidad de quienes le gobiernan, o vea la libertad pisoteada donde otros ven revolución, allí intervendrá el Estado con todo el peso de su maquinaria de terror.

El cubano que exprese libremente sus ideas, tarde o temprano tendrá su “guarapito” en la esquina, su teléfono intervenido, sus problemas laborales, su “entrevista”, su amenaza de denuncia por desacato, su patrulla, su escuadrón de chivatones, su acto de repudio y su minuto del odio en la pantalla chica… con su presentador estrella.

Esto es solo parte del menú en tiempos de redes sociales. En otros, el monopolio de la violencia era un trapiche diferente. Todavía hay quienes recuerdan la UMAP, una solución de campos de trabajo forzado y tortura que algún trasnochado quedará con ganas de aplicar sobre esa “escoria” de jóvenes contestatarios y su libertinaje artístico. Ahora es menos sanguinario pero más retorcido, es el resultado de una “represión de baja intensidad” que responde a un supuesto “golpe blando”.

El régimen cubano está expuesto como nunca antes. El mundo -o esa parte de él que conforma la opinión pública mundial- está viendo el ocaso de los ídolos totalitaristas y el ascenso de unos gañanes, abusones y depravados oligarcas que dicen ser la continuidad de una doctrina que aprendieron de carrerilla en la “Ñico López”, a la vez que trapicheaban un poco de gasolina, unos acuerdos de cooperación, unos kilos de cocaína o un sillón en un consejo de Ginebra.

Las recargas del exilio están siendo la perdición del régimen. Esos dólares terminan en sus bolsillos pero también se transforman en datos móviles que registran su naturaleza represora, critican su narrativa y construyen la actitud cívica primaria para convivir en libertad y democracia. El mundo lo está viendo y, salvo los regímenes aliados y tres o cuatro tontos útiles, nadie está para ver el espectáculo grotesco de una represión con banda sonora de nueva trova remezclada por grupitos de merengue.

Humberto López es el inquisidor de estos tiempos de mediocridad, el cuco que sale noche tras noche a vomitar odio sobre los cubanos, a reactivar el miedo al enemigo, a declarar la guerra a los “mercenarios” de la sociedad civil independiente en la televisión pública. Humberto sale a liquidar reputaciones, a revelar conversaciones, a difamar, a invadir la privacidad y a mentir: cucu… cucu… A Humberto le da cuerda la contrainteligencia, evidentemente, con total impunidad.

Me da igual si Humberto es periodista o jurista, me da igual lo que haga con su vida privada, a pesar de su notoriedad pública. Lo relevante del personaje es su radical falta de escrúpulos a la hora de echar mierda sobre los demás y la impunidad con que lo hace para servir a la cúpula del régimen. Su sección en el noticiero es la expresión de la absoluta falta de luces y de ética en la narrativa de quienes lo ascendieron como premio a su bajeza.

Humberto ha expuesto en la televisión a menores como terroristas, obviando la presunción de inocencia y las leyes de protección de menores. Humberto se burla de la huelga de hambre de los activistas de la UNPACU y presenta evidencias fabricadas por la Seguridad del Estado para desacreditarlos. Humberto tiene archivos de llamadas, interrogatorios, e imágenes de activistas que le pasan los represores, sin orden de juez alguno.

Humberto anuncia que los miembros del Movimiento San Isidro y del 27N serán procesados penalmente por la ley. Humberto les llama delincuentes, anexionistas, les achaca delitos de mercenarismo y desacato. Humberto fomenta el odio a sus integrantes desde posiciones machistas, homofóbicas, racistas e intolerantes. Humberto es una claria de las cloacas del estado totalitario. No da miedo, da asco.

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Ivan Leon

Licenciado en periodismo. Máster en Diplomacia y Relaciones Internacionales por la Escuela Diplomática de Madrid. Máster en Relaciones Internacionales E Integración Europea por la UAB.

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