El chachachá de Europa con Cuba

El origen de cierta complicidad de la izquierda democrática europea con el castrismo radica en dos factores, muchos veteranos socialdemócratas vivieron la agitación del movimiento antisistema de mayo de 1968, que encumbró a Che Guevara como ícono de libertad; y a que los jóvenes socialistas españoles, empezando por el revisionista Pedro Sánchez, pretenden ganar la Guerra Civil, que perdieron sus abuelos y que España cerró con la Transición de 1977-1978, a golpe de decretos y actos simbólicos, para gozo de sus aliados gubernamentales de Unidas Podemos.

José Borrell en una visita a Cuba, como canciller de España Foto © Presidencia de Cuba

La vieja Europa simula que baila chachachá con Cuba, mientras gana tiempo para que la Casa Blanca marque las nuevas pautas hacia La Habana, y Bruselas -una vez más- reacomode su estrategia de diálogo crítico con la dictadura más antigua de Occidente, siguiendo pautas de Madrid y con honrosas excepciones del centro y la derecha europeos.

Europa y Estados Unidos son aliados políticos, militares y económicos y Cuba es un pequeño espacio donde los europeos pueden simular discrepancia pactada con Washington, en temas como el embargo económico norteamericano, la Ley Helms Burton y poco más.

El problema real está en el tardocastrismo, incapaz de propiciar una transición a la democracia y reacio a cualquier relajamiento de la represión, pese a las súplicas en privado de europeos y norteamericanos a favor de una normalización, deseosos de un guiño de La Habana para aliviar sus conciencias y poder argüir que Cuba está cambiando, provocando a su vez el rechazo de la mayoría de los cubanos y de la machacada oposición anticastrista, incluidos aquellos partidos que cuentan con Europa en el diseño de sus estrategias.

Tal escollo provoca altibajos en la política europea, que un lunes asegura que Cuba es una democracia de un solo partido; un miércoles anuncia que está dispuesta a financiar a cuentapropistas y que cambia a su embajador en La Habana por haber participado en la camancola de La Joven Cuba Joe Biden, un viernes avisa a la compañera Heidy Villuendas Ortega que la derecha presentará una propuesta de condena al gobierno de Díaz-Canel por violar derechos humanos y tres días después aparece conmovida con la mala suerte de Luis Manuel Otero Alcántara.

La Habana, conocedora de la pluralidad del Viejo Continente, aprovecha cualquier resquicio para aparecer como la manzana de la discordia entre izquierda y derecha, intentando desconocer las reglas de juego de la Unión Europea, que establecen el predominio del interés general, y mueve a sus agentes de influencia, desde Portugal hasta Estonia, para que agiten el fantasma del embargo, mientras simula enfado porque el parlamento europeo escuche a Tania Bruguera y saca a relucir la condena a prisión del rapero español Pablo Hansel.

El simulacro ideológico del gobierno cubano no conoce límites y es capaz de pretender justificar el encarcelamiento del rapero Denis Solís, arguyendo que hace lo mismo que un estado neoliberal como el español, según su maquinaria propagandística que busca presentar a eurodiputados críticos con sus manejos, con el consabido vituperio de agentes del imperialismo.

El origen de cierta complicidad de la izquierda democrática europea con el castrismo radica en dos factores, muchos veteranos socialdemócratas vivieron la agitación del movimiento antisistema de mayo de 1968, que encumbró a Che Guevara como ícono de libertad; y a que los jóvenes socialistas españoles, empezando por el revisionista Pedro Sánchez, pretenden ganar la Guerra Civil, que perdieron sus abuelos y que España cerró con la Transición de 1977-1978, a golpe de decretos y actos simbólicos, para gozo de sus aliados gubernamentales de Unidas Podemos.

Una postura que también sirve al actual gobierno español y la izquierda sectaria europea para justificar sus relaciones con el régimen genocida de Nicolás Maduro, negocietes de amigos incluidos.

Obviamente, los intereses de España -a la que Cuba vuelve adeudar dos mil millones de euros- del Club de París y Bruselas no pueden ser los mismos que la machacada oposición cubana; pero la discrepancia de enfoque no debe obviar la proyección de valores europeos de libertad, democracia y derechos humanos en las relaciones bilaterales y evitar la indecencia de que burócratas socialistas anden avisando -previamente- a diplomáticos de la isla de la agenda del Parlamento Europeo.

Quienes se oponen al gobierno cubano ya no son batistianos ni ricos empresarios expropiados, sino jóvenes nacidos mucho después de 1959 y de origen humilde, para los que supuestamente se hizo la revolución.

Los demócratas y el pueblo cubanos poco pueden esperar de anticuados tacticismos europeos frente a La Habana que -con algunas variaciones- son parecidos a los de Felipe González y François Miterrand, persuadidos que el fin del comunismo en Europa del Este, implicaría el fin del castrismo y buscaron salidas a Fidel Castro, que combinó la dolarización con la resistencia de Sagunto y Numancia hasta que apareció Hugo Chávez.

Los colegios cubanos pudieron abrir entre 1991 y 1995, gracias a la generosidad de Miterrand y González, persuadidos de que Cuba tenía un espacio en el mundo geopolítico post Muro de Berlín, siempre que Castro entrara en razones; no lo consiguieron.

José María Aznar fijó la Posición común frente a la dictadura castrista, pero fue generoso en los fondos de cooperación al desarrollo, quizá persuadido que los cambios económicos implicarán cambios políticos en Cuba, desconociendo los avatares de China y Viet Nam; como pretenden ahora José Borrell, anunciando la disposición a financiar pequeños y medianos negocios privados.

Ojalá y estos tropiezos persuadan a la oposición y a los cubanos que no comparten los postulados ideológicos del tardocastrismo de que la suerte de Cuba es una responsabilidad exclusiva de sus hijos, sin desdeñar  aliados estratégicos como el centro y la derecha europeos y tácticos, como los socialistas mirando siempre a la Casa Blanca para coger tamaño de bola y matizar posturas para parecer independientes.

Un reto complicado, pero apasionante; empezando por tejer una alianza pro Cuba entre los propios cubanos desperdigados en Europa, que recién comienzan a movilizarse frente a embajadas y consulados en número signficativo; mientras que los agentes de influencia de La Habana llevan años monitoreados, organizados y cabildeando para evitar condenas a sus jefes y contribuir a vender servicios médicos cubanos, opción que Pedro Sánchez cortó de cuajo.

La causa de la libertad de Cuba tiene en Europa un capital humano insoslayable que es el grueso de la emigración, deseosa de trabajar por el cambio, pero aún carente de liderazgo, por culpa del recelo que el castrismo inculcó -casi como mutación genética- en la mayoría de los emigrados e inxiliados.

No debemos pedir a Europa unidad y firmeza ante la dictadura, cuando hemos sido incapaces de generar entre nosotros un acuerdo de mínimos que anteponga la democratización de Cuba a temores, recelos y simulaciones; ¿cómo es posible que una emigración con peso específico en el mantenimiento económico del estatus quo tardocastrista sea tan precavida a la hora de exigir derechos políticos?

Cuando los políticos europeos vean que los cubanos nos movilizamos por lo que nos duele y extravía, se acabarán los guapos en Bruselas y si algunos se pusieran solemnes, bastaría con preguntarles, ¿cómo habrían reaccionado si Olof Palme hubiera dado la espalda al PSOE; y el camarada Brézhnev al Partido Comunista de España, durante el franquismo?

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Carlos Cabrera Perez

Periodista de CiberCuba. Ha trabajado en Granma Internacional, Prensa Latina, Corresponsalías agencias IPS y EFE en La Habana. Director Tierras del Duero y Sierra Madrileña en España.

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