El gordo Rivero se fue a los 75, que es cine, corbata, flores y quiosco en la Charada cubana

Raúl supo que Nicolás era una ceiba, cuando leyó sus cartas con Miguel de Unamuno, interesado en que el cubano lo ayudara en su curiosidad por las lenguas muertas del Caribe.

Raúl Rivero Foto © El País

Raúl Rivero Castañeda (Morón, 1945), uno de los cubanos más jodedores del siglo XX, acaba de morirse en Miami, un sábado temprano; como corresponde a un tipo insoslayable que tuvo defectos y tres virtudes: Amigo leal, cubano valiente y un periodista con olfato de reportero de sucesos, narrador al estilo de Novás Calvo y disciplina de monje de la máquina de escribir.

La protección de Guillén, que no le alcanzó para todos sus arrebatos, consolidó en el gordo Rivero una cultura enciclopédica sin las picuencias de los metatranquianos y correveydiles que tanto dañan la cultura y el periodismo cubanos; Raúl supo que Nicolás era una ceiba, cuando leyó sus cartas con Miguel de Unamuno, interesado en que el cubano lo ayudara en su curiosidad por las lenguas muertas del Caribe.

Algunos editores de Prensa Latina aguardaban la llegada de Raulito Rivero a su turno para ponerlo a prueba y encargarle un texto contrarreloj; ni se inmutaba, dejaba el encargo encima de la máquina de escribir, bajaba hasta Las Cibeles, un bar pequeño en el costado de la calle N, en el edificio que compartían la agencia de noticias y el MINSAP, se bebía dos líneas de Coronilla o similar y subía con el tiempo justo para ajustar el folio y teclear hasta el punto final, levantarse y entregar su trabajo terminado en la mesa de Edición.

Ninguno de esos pocos mediocres, amargadores de vida ajenas, consiguió nunca llevar un texto suyo a la Comisión de Calidad, donde los sabios del cable Haroldo Wall, Mario Mainadé y Jesús Martí -entre otros- sabían que el Gordo tenía en la bola y, aun refritando un despacho de AFP o AP; dotaba al texto del enfoque que demandaba el Comité Central del partido comunista, con la pulcritud de un académico de la lengua.

Las mejores horas eran cuando coincidían Elmer Rodríguez (editor), al que Raulito bautizó como el carmelita descalzo, por la inveterada costumbre el mulato de ponerse mocasines de afuera sin medias y Rivero como redactor; compitiendo entre ellos por el chascarrillo más original con las cosas que iban ocurriendo durante el turno y la actualidad cubana.

Ya llega redactora con sombrerete, la que agarra el lápiz con la mano y se lo mete... Ha venido de aquí cerca, con colorín y plastilina, pone cara de tipo, pero se le sale la veta... Llaman del militar comité al recluta diplomado y, a la vuelta de la guerra, aparece tirando pan con bistec, haciéndose el extraviado...

La azotea de la casa del Gallego Posada, contigua a la Bodeguita de Enmedio, fue escenario de varios perfomance de Raulito Rivero, gritando: Yo me cago en la madre del viejo barbú singao, provocando la visita del Jefe de sector de la policía que -educadamente- sugería al anfitrión que persuadiera al invitado para que desmayara esa talla, hasta la fiesta siguiente.

Una tarde, ya a punto de subir a la azotea para lanzar su proclama defecatoria, vio llegar a Guillermo Rodríguez Rivera a, quien desde arriba, le dijo: Guillermo, ¿tu sabes que yo me cago en la madre del viejo barbú, singao? Y el aludido, respondió, coño Raulito y porqué no en la de Pedro Ross? Rivero dudó unos instantes y respondió; también, también me cago en la madre de Ross y se fue al tejado.

El cuartico está peorcito, diría Rivero sobre su Cuba dolida y doliendo; corresponde a otros glosar su poesía, su trayectoria política y sus amoríos, ámbitos en los que siempre vivió al filo del machete mambí, como correspondía a un tipo ocurrente, temerario y vacilador que, al encontrarnos en 23 y J, insistiendo en saludarlo porque salía hacia España, me dijo, de una acera a la otra: Te perjudico, estoy sucio y señaló hacia una pareja del KJ que lo seguía por aquella Habana víspera del Período Especial, que retrató como pocos.

Raulito, que escribía con sujeto, verbo y predicado y aparentaba desorden, eligió para irse el día de San Severo, obispo de Barcelona al que los romanos metieron un clavo en su cabeza, sin conseguir doblegarlo; y sabiendo que sus amigos lo aguardan en el Infierno con una tela efímera: La jama es solo para los revolucionarios; aparentando que no le importa dejarnos huérfanos de risa y amor, aunque avisó, Ésta es la realidad/Juzgadme con mesura/ profundizando bien sobre estas cosas/ y vamos todos a firmar este poema en La Habana...

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Carlos Cabrera Perez

Periodista de CiberCuba. Ha trabajado en Granma Internacional, Prensa Latina, Corresponsalías agencias IPS y EFE en La Habana. Director Tierras del Duero y Sierra Madrileña en España.

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