Mientras generalato tardocastrista no olfatee peligro, habrá emigración cubana contra Estados Unidos

La amoralidad de La Habana incluye culpar a la Casa Blanca de la avalancha migratoria, mientras instiga -sotto voce- la emigración masiva por aire, mar y tierra.

Radio cubana
Alegoría conversaciones migratorias Cuba-Estados Unidos Foto © Radio cubana

Los diálogos migratorios entre La Habana y Washington acaban casi siempre favoreciendo a la dictadura más antigua de Occidente y perjudicando a la más añeja democracia de la región porque parten del oportunista y erróneo criterio que Estados Unidos está obligado, "moralmente", a asimilar a los cubanos que huyen del desastre comunista.

Mientras el generalato tardocastrista no sienta sobre sus cuellos el poderío democrático de Estados Unidos, seguirá jugando al ratón Jerry con el gato Tom, como hará el vicecanciller Carlos Fernández de Cossío en Washington, donde fingirá espíritu constructivo en búsqueda de concesiones; y; cuando la Inteligencia castrista ha intentado con escaso éxito promover un clima de opinión favorable a La Habana, muy desacreditada desde el portazo a Obama, la represión indiscriminada contra el 11J y el alineamiento con Rusia en su invasión a Ucrania. 

La instigación gubernamental cubana de una avalancha migratoria contra Estados Unidos, con la complicidad de los gobiernos de Nicaragua y Perú y la tolerancia de México y Guatemala, constituye un acto de guerra, que debe ser respondido adecuada y contundentemente por la Casa Blanca, advirtiendo a los militares tardocastristas sobre las consecuencias de sus criminales actos.

El castrismo ha aprovechado cada episodio migratorio masivo para sembrar espías en Estados Unidos y exportar delincuentes y enfermos mentales, como hizo durante el éxodo de Mariel, cuando Castro, en una reunión del Buró Político, proclamó: "Le vamos a llenar de mierda el corazón al manisero", en respuesta a las palabras del entonces presidente norteamericano James Carter, asegurando que acogerían a los cubanos con el corazón; Joe Biden y sus asesores debían tener presente la amargura de su antecesor y compañero en el Partido Demócrata.

Las sanciones norteamericanas contra jefes militares -excepto en el caso del general de división Luis Alberto Rodríguez López-Calleja- son meros gestos simbólicos porque la promoción raulista de cadetes y camilitos prosirios a la cadena de mando castrense no incluye su acceso al bussines, solo buenas casas, comelatas, carros chinos y tolerancia con debilidades humanas, hasta que convenga.

En fechas recientes, el presidente Miguel Díaz-Canel fantaseó con un plan dirigido por la Academia de Ciencias para frenar el éxodo juvenil, y volvió a culpar a Estados Unidos de la emigración cubana, sin poder evitar -como Timba- caer en la trampa, al recordar que las leyes migratorias son más flexibles, es decir, que la mayoría de los cubanos tienen puerta libre para entrar y salir, siempre que se porten bien; los majaderos son desterrados, regulados y encarcelados.

Díaz-Canel, que confunde patria y nación con dictadura comunista, soltó la siguiente bobería solemne: "Hay personas que quieren probarse en otro mundo, que quieren demostrar que no están rompiendo con su patria, que su aspiración es también mejorar un poco y después regresar"; ¡Delirante Peter Pan!, pretendiendo desconocer que el 11J fue un aldabonazo popular contra la cárcel hambrienta que administra, por mandato militar.

Los cubanos emigran de manera constante y bajo la pulsión castrista de abre-cierra-abre la llave de paso, desde hace 57 años, con notables picos como Camarioca (1965), Mariel (1980), Balseros (1994) y 11J (2021-22), la principal diferencia entre el actual éxodo con los anteriores es que ha sido silenciado, pese a producirse en un mundo que pondera la libertad y los derechos humanos, mientras que aquellos fueron sendas órdenes de Fidel Castro, en escenarios de Guerra Fría.

Más de medio siglo de cubanos emigrando confirman el rotundo fracaso comunista, en todos los ámbitos, excepto en retener el poder; y la amoralidad del tardocastrismo que, en voz baja, instiga la emigración irregular hacia Estados Unidos y, al mismo tiempo, grita contra la Casa Blanca porque devuelve emigrantes y no abre el grifo de las jugosas remesas de la solidaria diáspora cubana.

La incoherente política tardocastrista recuerda al mítico filme "Casablanca", donde el jodedor Capitán Renault (Claude Rains) cobra una coima diaria de la timba clandestina montada por Rick (Humphrey Bogart) en su  café y, una noche, irrumpe en el bar, disparando al aire y exclamando ¡pero en este antro se juega! y lo clausura, temporalmente.

Cuando Fidel Castro conoció la advertencia de George W. Bush sobre el carácter bélico de una estampida de emigrantes cubanos hacia Estados Unidos, cortó de cuajo sus planes de éxodo como aliviadero de tensiones internas, fusilando injustamente a los jóvenes Lorenzo Copello, Bárbaro Sevilla y Jorge Martínez, en la primavera negra de 2003, cuando apresó a 75 opositores cubanos, luego desterrados a España.

Cuando Fidel Castro supo que Estados Unidos tenía casi completo el expediente sobre la participación de funcionarios cubanos en el narcotráfico, desató el verano saturniano de 1989 para salvar su pellejo, fusilando a Arnaldo Ochoa Sánchez, Antonio de la Guardia Font, Amado Padrón Trujillo y Jorge Martínez Valdés y encarcelando a oficiales de las FAR y el MININT, incluido su ministro José Abrantes Fernández, que murió en la cárcel de Guanajay.

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Carlos Cabrera Perez

Periodista de CiberCuba. Ha trabajado en Granma Internacional, Prensa Latina, Corresponsalías agencias IPS y EFE en La Habana. Director Tierras del Duero y Sierra Madrileña en España.

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