Un tren antiguo y deteriorado volvió a circular este lunes en la provincia de Ciego de Ávila tras permanecer inactivo durante siete años. El recorrido cubre la ruta Morón-Perea-Venegas, con paradas intermedias en Chambas y Florencia, zonas de difícil acceso ubicadas en el lomerío del Plan Turquino Bamburanao.
Lejos de tratarse de una renovación ferroviaria, el restablecimiento del servicio se logró con la recuperación parcial de tres coches de pasajeros y una locomotora antigua, según reportes de Invasor.

Ninguno de los vagones ha sido renovado ni reacondicionado visiblemente; solo han sido remendados para volver a funcionar, una muestra clara del grado de deterioro que enfrenta el sistema de transporte público en la isla.
En un contexto de extrema precariedad, el simple funcionamiento de un tren viejo es presentado como símbolo de “progreso” en la prensa oficialista.
El régimen cubano intenta capitalizar políticamente esta reactivación como parte de las celebraciones por el aniversario 72 del asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, y de la decisión de otorgar a Ciego de Ávila la sede nacional del 26 de Julio.
“El tren es motivo de alegría para los vecinos”, apuntan los medios oficiales, obviando que el acceso a un transporte público digno no debería ser motivo de festejo, sino un derecho garantizado por el Estado.
La noticia contrasta con la realidad diaria de millones de cubanos, para quienes trasladarse dentro del país es una odisea por la falta de opciones, la escasez de combustible y el estado ruinoso de la infraestructura ferroviaria, de autobuses y otros vehículos.
Además del tren Morón-Perea-Venegas, las autoridades mencionan la reactivación de otras rutas como Morón-Esmeralda y el trayecto Morón-Ciego de Ávila con frecuencia los lunes y viernes, que continúa hasta Camagüey. No obstante, las condiciones de estos servicios distan mucho de ser óptimas.
La puesta en marcha de este viejo tren no representa un avance real ni una política de transporte sostenible, sino una operación cosmética que pretende ocultar la desinversión crónica y el abandono de un sistema ferroviario que alguna vez fue orgullo nacional.
En lugar de modernizar la red de ferrocarriles o invertir en coches nuevos, el gobierno se limita a maquillar el pasado y venderlo como promesa de futuro.
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