
A sus 26 años y en medio de un país donde todos quieren emigrar, Carmen Miriam Jiménez Echavarría ha hecho del ferrocarril su vida, tras dejar atrás su pasión por la danza para convertirse en ferromoza en los trenes de larga distancia en Cuba.
Su historia fue compartida en Facebook por el ministro de Transporte de Cuba, Eduardo Rodríguez Dávila, quien destacó su entrega y profesionalismo como parte del homenaje a trabajadores del sector ferroviario.
Nacida en Santiago de Cuba, Carmen creció frente a la línea del tren, y desde niña sintió fascinación por los vagones que cruzaban su barrio, hasta que a los 21 años se decidió a formarse como ferromoza en un curso intensivo de tres meses.
“Nos enseñaron de todo: geografía, atención a los pasajeros, manejo de conflictos…”, contó.
Aunque su familia ya tenía tradición ferroviaria —un tío suyo fue maquinista—, Carmen llegó al sector con motivaciones propias.
Actualmente es jefa de tripulación en trenes de largo recorrido, como el Santiago-La Habana, donde lidera al equipo que recibe y atiende a los pasajeros durante el trayecto.
Antes del ferrocarril Carmen fue bailarina, practicó danza folclórica y otras expresiones artísticas, pero el llamado del tren fue más fuerte.
“Me siento mal cuando no estoy trabajando. Esto ya es parte de mí”, confesó.
Su día a día incluye largas jornadas, lidiar con viajeros estresados y resolver imprevistos a bordo, en un medio de transporte caracterizado por los retrasos y demoras.
Aun así, afirma que lo más difícil no son las horas, sino la diversidad de personas: “Hay que saber llegar a cada uno. Hay que tener paciencia y respeto”.
Carmen asegura que encontró su lugar entre rieles, estaciones y pasajeros: “Mi sueño es seguir aquí. Esta es mi vida”, señaló la joven, un caso al parecer atípico en un país donde todos los bisoños tratan de escapar.
En un país donde el transporte público atraviesa una de sus peores crisis, emergen figuras que encarnan una ética de trabajo y vocación de servicio profundamente humanas.
Norberto, un taxista de Viñales, ha dedicado más de medio siglo a conducir por las carreteras cubanas, convirtiendo su automóvil en refugio y guía para viajeros perdidos y residentes sin opciones.
A sus más de 70 años, su compromiso no responde a salario ni reconocimiento, sino a la convicción de que ayudar es también una forma de resistencia cotidiana.
Ricardo Palmero, en La Habana, lleva casi 40 años transportando personas entre barrios, hospitales y terminales, aun cuando el combustible escasea y los precios son una ruleta diaria.
Lo mueve —según sus palabras— la necesidad de que “alguien haga el trabajo que el Estado dejó de hacer”. Su taxi no es solo un medio de transporte, sino un espacio de escucha, apoyo emocional e incluso solidaridad concreta cuando algún pasajero no puede pagar.
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