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La crisis del Caribe da un giro global. En plena escalada militar entre Estados Unidos y Venezuela, documentos filtrados por The Washington Post revelan que el presidente Nicolás Maduro solicitó ayuda militar urgente a sus principales aliados —Rusia, China e Irán— para reforzar su defensa ante un eventual ataque estadounidense.
De acuerdo con la información, Maduro redactó una carta dirigida a Vladimir Putin en la que pidió misiles, radares y la reparación de los cazas rusos Sukhoi Su-30 que componen el núcleo de la aviación militar venezolana. La misiva fue entregada por su ministro de Transporte, Ramón Celestino Velásquez, durante una visita a Moscú el mes pasado.
En la carta, el mandatario chavista solicitó también un “plan de financiación a tres años” con la corporación estatal rusa Rostec, y describió la presencia naval estadounidense en el Caribe como “una amenaza directa contra la soberanía venezolana y contra los intereses de Rusia y China”.
Maduro envió cartas similares a Xi Jinping y Ebrahim Raisi, pidiendo radares de detección, equipos de guerra electrónica y drones con alcance de hasta mil kilómetros. Según el diario estadounidense, Velásquez coordinó además envíos de material militar iraní, incluyendo sistemas de interferencia GPS y drones de largo alcance.
El apoyo ruso: Diplomático y simbólico
Aunque el Kremlin no ha confirmado públicamente las solicitudes, el portavoz Dmitri Peskov reconoció este sábado que “Rusia mantiene contactos con sus amigos venezolanos” y recordó que ambos países están “unidos por obligaciones contractuales”.
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El ministerio de Exteriores ruso fue más explícito: “Apoyamos el liderazgo de Venezuela en la defensa de su soberanía nacional y estamos preparados para responder adecuadamente a las solicitudes de nuestros socios ante las amenazas emergentes”, publicó en redes sociales, antes de borrar un mapa en el que omitió el Esequibo, territorio en disputa con Guyana.
Horas después, la Cancillería de Caracas agradeció el “inquebrantable apoyo” de Moscú y celebró la “consolidación de una alianza estratégica” entre ambos países.
El respaldo llega en un momento crítico para el régimen chavista. Con más de 10,000 efectivos estadounidenses, siete buques de guerra, un submarino nuclear y el portaviones USS Gerald Ford de camino al Caribe, Washington ha intensificado la presión militar, mientras el exembajador James Story aseguró esta semana que “Maduro tiene los días contados”.
El deterioro del arsenal venezolano
Expertos en defensa citados por El Mundo señalaron que solo cuatro o cinco de los 25 cazas Sukhoi venezolanos están en condiciones de vuelo, debido a la falta de mantenimiento y de personal técnico ruso.
“El régimen ha gastado miles de millones de dólares en armamento que hoy no funciona. Chávez compró chatarra soviética”, dijo un exoficial del ejército venezolano al Post.
Pese a las carencias, Maduro asegura haber desplegado 5,000 misiles portátiles Igla-S de fabricación rusa, aunque fuentes occidentales dudan de su operatividad.
En este escenario, un avión de carga ruso Ilyushin Il-76, sancionado por Washington en 2023 por su papel en el tráfico de armas, llegó a Caracas esta semana tras una ruta sobre África para evitar el espacio aéreo europeo.
Analistas creen que podría haber transportado repuestos, equipos antiaéreos portátiles o sistemas de guerra electrónica, aunque descartan que haya traído armamento pesado.
Entre la guerra y la propaganda
Maduro, visiblemente demacrado en su última aparición pública, pidió a sus seguidores “nervios de acero” ante los rumores de un ataque inminente.
“Sea la que sea la amenaza, hay que mantener la calma y la unidad revolucionaria”, dijo el viernes en el Palacio de Miraflores, acusando a Washington de “perversidad imperial”.
Mientras tanto, las tensiones crecen también en el Caribe oriental. En Trinidad y Tobago, país aliado de EE. UU., las autoridades han acuartelado a sus tropas tras la llegada del destructor USS Gravely, a solo 11 kilómetros de la costa venezolana.
Con la región militarizada y el reloj corriendo contra Maduro, el Kremlin parece haber desembarcado —al menos diplomáticamente— en la crisis del Caribe.
Pero los expertos son escépticos: Rusia, enfrascada en la guerra de Ucrania y las sanciones, no dispone de medios reales para salvar a Maduro si Washington decide actuar.
“Maduro se agarra a Moscú como a un clavo ardiendo”, resumió para El Mundo el historiador cubano Armando Chaguaceda. “Pero su suerte se decidirá en el Caribe, no en el Kremlin”, concluyó.
La apuesta de Maduro por el respaldo ruso recuerda al destino de Bashar al-Assad, quien, tras más de una década de guerra civil en Siria, acabó huyendo a Moscú el 8 de diciembre de 2024, cuando las fuerzas rebeldes islamistas tomaron Damasco.
Putin había prometido “apoyo incondicional” al régimen sirio, pero su intervención militar en 2015 terminó dejando al país devastado y al dictador convertido en un protegido del Kremlin, sin legitimidad ni soberanía.
Hoy, Maduro busca el mismo amparo que Al-Assad, confiando en un aliado que utiliza sus crisis como moneda de cambio geopolítica. Pero, igual que sucedió en Siria, Rusia continúa inmersa en su invasión de Ucrania y no parece dispuesta —ni en condiciones— de salvar a un régimen que ya se tambalea.
La incógnita Trump
La gran pregunta ahora es cómo reaccionará Donald Trump ante el renovado acercamiento entre Caracas y Moscú.
El presidente estadounidense ha combinado, desde su regreso al poder, un discurso de mano dura frente al chavismo -y los cárteles de la droga manejados desde Caracas- con una admiración declarada hacia Putin, a quien considera “un hombre fuerte” y “un negociador eficaz”.
Ahora, ante la evidencia de que Moscú vuelve a usar a un aliado autoritario —esta vez en el Caribe— como pieza de presión geopolítica, Trump enfrenta un dilema: ¿mantener la narrativa de afinidad personal con Putin o asumir que el líder ruso le ha vuelto a tender una trampa estratégica?
Si reacciona con cautela, podría perder la ocasión de restaurar la tradicional influencia de Washington en la región, incluyendo la oportunidad de barrer a una narcodictadura aliada de La Habana y Managua, y facilitar una transición en sintonía con los intereses estadounidenses.
Si, en cambio, opta por la confrontación directa, el riesgo de una crisis militar hemisférica se podría disparar.
En ambos escenarios, Putin ya ha logrado algo: obligar a Estados Unidos a dividir su atención entre Europa y América Latina, justo cuando necesita concentrar sus fuerzas en Ucrania.
Y mientras Maduro se aferra al Kremlin como última tabla de salvación, la Casa Blanca se enfrenta a su propio espejo: un presidente que oscila entre la impulsividad y la fascinación hacia el hombre que, una y otra vez, le ha demostrado que la lealtad no forma parte de su léxico político.
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