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Me he dado cuenta de que hablar de remesas en Cuba es tocar una herida abierta, a raíz de la publicación anterior que hice sobre este tema y de leer los comentarios de uno y otro lado. No por el tema en sí, sino por todo lo que arrastra detrás: dolor, carencias, culpas, resentimientos, impotencia...
No es un tema económico, es un tema existencial. Es la radiografía de un país donde vivir se volvió un acto de resistencia cotidiana.
En cualquier país normal, las remesas serían un complemento. En Cuba son una condición de supervivencia. No porque la gente sea floja o dependiente, sino porque un modelo de gobierno destruyó la relación básica entre trabajo y vida. Hoy en Cuba trabajar no garantiza comer, ni curarse, ni moverse, ni siquiera soñar.
Quien recibe remesas no es un privilegiado: es alguien que tiene un salvavidas en medio del naufragio. Y quien no las recibe no es menos digno: es quien está nadando sin flotador en un mar cada vez más oscuro.
Pero ambos están en el mismo barco roto.
Muchas veces se sale en defensa de los que no reciben remesas como si fueran víctimas de los que sí las reciben, pero en esa mirada también hay algo más profundo y más triste: una mentalidad sembrada durante décadas por el propio régimen cubano, y típica de los sistemas comunistas, que consiste en proyectar el resentimiento hacia quien logra tener un poco más. En lugar de cuestionar por qué casi nadie tiene lo mínimo, se aprende a mirar con desconfianza al que prospera, al que recibe ayuda, al que logra resolver, como si fuera culpable de una injusticia que en realidad es estructural.
Porque incluso quienes no reciben dinero directo del exterior se benefician indirectamente de ese flujo: en las mipymes, a través de los revendedores, de quien trae medicinas, de quien vende comida, de quien alquila, de quien presta servicios que sólo existen porque entra dinero desde fuera.
Hoy en Cuba gran parte de lo que se puede comprar, conseguir o “resolver” fuera del Estado existe gracias a las remesas. Sin ellas, no habría “más justicia”: habría escasez absoluta. No habría mercado informal, ni medicamentos alternativos, ni pequeños negocios, ni redes de ayuda. Sólo quedaría el vacío.
El que envía desde otro país muchas veces tampoco vive en abundancia. Envía desde el sacrificio, desde la culpa, desde el desarraigo. Envía porque se fue, pero nunca se fue del todo. Porque Cuba y los tuyos se te quedan pegados a la piel.
Las remesas no son lujo, son transferencia de dolor. Son dinero convertido en ausencia, en separación familiar, en años que no vuelven.
Ahora bien, también existe otro debate igual de doloroso: los que defienden prohibir las remesas como forma de castigo al régimen, y los que se oponen porque saben que ese castigo no lo recibe el poder, sino la gente común.
Quienes piden que se corten las remesas muchas veces lo hacen desde la desesperación, desde la rabia legítima, desde la idea de que hay que romper el ciclo de dependencia creado por el propio sistema. No son monstruos: están buscando una salida radical a un problema radical.
Y quienes se oponen no lo hacen por comodidad, sino porque saben que hoy las remesas no sostienen al Estado, sostienen a las familias. Que cortar ese flujo no debilita a la estructura de poder, sino al enfermo, al anciano, al niño, al que no tiene otra fuente. Y también al que no recibe nada, pero depende de ese ecosistema informal para sobrevivir.
Ambos bandos, en el fondo, comparten la misma impotencia: nadie quiere seguir manteniendo un país desde el exilio, pero nadie quiere condenar a los suyos al hambre para provocar un cambio incierto.
Y todo esto ocurre entre cubanos. Entre los que están dentro y los que están fuera, pero que siguen siendo el mismo país, la misma historia, la misma herida. No es una guerra entre enemigos, es una conversación dolorosa dentro de una nación fracturada por décadas de malas decisiones políticas.
El problema es que este dilema no debería existir. Ninguna nación sana depende de la emigración para sobrevivir. Ningún modelo legítimo convierte a sus ciudadanos en su principal exportación.
Las remesas no deberían ser ni arma política ni salvavidas permanente. Deberían ser lo que son en cualquier lugar del mundo: un gesto de amor, no una estructura económica impuesta por el fracaso institucional.
Y mientras el trabajo dentro de Cuba no alcance para vivir con dignidad, cualquier debate sobre remesas será siempre una discusión entre víctimas, nunca sobre los responsables reales.
Porque al final, tanto los que quieren cortarlas como quienes las defienden están atrapados en la misma tragedia: discutir cómo sobrevivir dentro de un sistema que nunca debió obligar a sobrevivir a su gente, y además cómo permitir que sobrevivan también los que están fuera, sosteniendo desde lejos a su familia que quedó dentro, y muchas veces incluso a amigos, conocidos, personas a las que se ayuda en momentos críticos de necesidad económica o de salud.
Ahí está lo más cruel del drama: no sólo un país que no puede sostener a los suyos, sino un exilio que tampoco puede soltarlos sin sentir que los deja caer.
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