Embajador cubano en Dominicana niega la represión y defiende el partido único como “voluntad del pueblo”



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Ángel Arzuaga Reyes Foto © Captura de video YouTube / El Dia RD

El embajador del régimen cubano en República Dominicana, Ángel Arzuaga Reyes, apareció en escena esta semana con un repertorio ya conocido de la llamada “diplomacia revolucionaria”. 

En una entrevista televisiva realizada en Santo Domingo para el espacio informativo El Día, el diplomático negó la evidencia de represión en la isla, defendió la existencia de un partido único (el comunista) y una reinterpretó la historia a su conveniencia para justificar la ausencia de pluralismo político en la isla. 

Haciendo gala del cinismo típico de la cancillería que dirige Bruno Rodríguez Parrilla, el funcionario aseguró que en Cuba “a nadie se le mete preso por pensar” y que el país celebra elecciones cada cinco años, aunque —aclaró— sin partidos que “diriman el poder”, porque el poder, según su formulación, “es del pueblo”.  

Además, sostuvo que el multipartidismo “no dio resultado” en Cuba y que el modelo actual cuenta con respaldo mayoritario. 

La puesta en escena no resultó nueva, pero sí reveladora del momento. República Dominicana ha tomado distancia de La Habana en los últimos años y se ha alineado con la política estadounidense hacia el Caribe.  

En ese contexto, el embajador intentó proyectar una imagen de normalidad institucional que contrastó con la realidad documentada por organismos internacionales y organizaciones independientes. 

La afirmación de que en Cuba nadie es encarcelado por sus ideas tropieza con un hecho difícil de maquillar: decenas de opositores, activistas y periodistas independientes han sido procesados en los últimos años bajo figuras penales como “desacato”, “desórdenes públicos”, “propaganda enemiga” o “atentado”.  

El argumento oficial suele ser el mismo que repitió el diplomático al ser preguntado por la represión contra los integrantes del proyecto El4tico: no se castiga el pensamiento, sino los delitos. El problema es que en el marco legal cubano, expresar disenso político puede convertirse, con notable elasticidad interpretativa, en delito. 

Al afirmar que en Cuba hay elecciones, el embajador omitió un detalle esencial: no existe competencia política real. El Partido Comunista de Cuba es la única fuerza legal reconocida y la Constitución de 2019 lo define como “fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado”.  

En ese diseño institucional, la alternancia no es una posibilidad, sino una herejía. Presentar ese esquema como equivalente a una democracia plural resulta, cuando menos, un ejercicio retórico mendaz. 

El funcionario defendió además la idea de que el multipartidismo fracasó históricamente en la isla y que, por tanto, el partido único es una solución probada.  

La explicación, simplificada hasta el extremo, redujo la compleja historia republicana a una narrativa binaria en la que todo lo anterior a 1959 quedó descalificado sin matices. Que más de seis décadas después el sistema político siga sin permitir la formación de partidos alternativos no parece, en su lógica, una carencia democrática, sino una virtud preventiva. 

Invocar la validación popular de la Constitución de 2019 como prueba concluyente de pluralismo democrático exige un acto de fe considerable, fue otro de los delirantes momentos que dejó su intervención. 

El tono del embajador osciló entre la consigna repetida y la afirmación categórica, pero evitó profundizar en casos concretos de detenciones por motivos políticos. Más que convencer, el discurso pareció anclado en fórmulas de otra época.  

En un escenario regional donde varios gobiernos han endurecido su postura frente a La Habana, insistir en que el partido único es la máxima expresión de la voluntad popular y que la libertad de expresión no enfrenta límites sustantivos suena menos a argumento sólido que a manual diplomático sin actualizar. 

La paradoja es evidente: mientras el embajador habla de un sistema donde el pueblo ejerce el poder sin intermediarios partidistas, ese mismo pueblo no puede organizarse políticamente fuera de la estructura oficial.  

La narrativa puede repetirse con obtusa disciplina, pero la realidad —cada vez más visible dentro y fuera de la isla— resulta más difícil de encuadrar en consignas. 

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