De la expansión a la contención: La embajadora Johana Tablada llega a un México menos cómodo para La Habana



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Eugenio Martínez Enríquez y Johana Tablada de la Torre, embajadores en México © Facebook / Johana Tablada
Eugenio Martínez Enríquez y Johana Tablada de la Torre, embajadores en México Foto © Facebook / Johana Tablada

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El nombramiento de Johana Tablada de la Torre como embajadora y segunda jefa de misión en México —junto a su esposo, Eugenio Martínez Enríquez, designado embajador y jefe de misión— no es un movimiento burocrático más dentro del ministerio de Relaciones Exteriores (MINREX). Es una señal política. 

México se ha convertido en una de las plazas diplomáticas más estratégicas para La Habana en los últimos años, especialmente tras el debilitamiento del eje energético Caracas–La Habana.  

Con Venezuela incapaz de sostener los volúmenes de crudo que durante más de una década apuntalaron la economía cubana, el régimen buscó diversificar apoyos.  

En ese mapa, México emergió como un socio con potencial: cercanía geográfica, afinidad política bajo el gobierno de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) y capacidad petrolera suficiente para aliviar, al menos parcialmente, la crisis energética de la isla. 

Durante el ciclo 2022–2024, la relación bilateral vivió su momento más visible en décadas. Se firmaron acuerdos sanitarios, se desplegaron cientos de médicos cubanos en territorio mexicano, se autorizó el uso de la vacuna Abdala y se consolidaron envíos de crudo y derivados a través de esquemas comerciales defendidos por el gobierno mexicano como contratos regulares.  

A nivel simbólico, el vínculo se reforzó con visitas presidenciales –incluyendo la de AMLO cuando la explosión del Hotel Saratoga, que levantó mucha polémica-, condecoraciones y una narrativa compartida de soberanía frente a las sanciones estadounidenses. 

En ese contexto de expansión, el envío de dos diplomáticos de alto perfil a la embajada en México podría interpretarse como una apuesta para consolidar una alianza estratégica. Sin embargo, el escenario ha cambiado. 

Desde 2025, la presión de Washington sobre los países que mantienen cooperación energética o contratan misiones médicas cubanas se ha intensificado.  

Las advertencias y restricciones asociadas al programa de “exportación de servicios” del régimen han elevado el costo político y reputacional de esos acuerdos. Paralelamente, el debate interno en México sobre transparencia y condiciones contractuales ha ganado espacio y puesto bajo la lupa la gestión de la presidenta Claudia Sheinbaum

El resultado no es una ruptura formal de la relación, pero sí un cambio de tono y de margen. México continúa defendiendo públicamente su vínculo con La Habana, y ha reiterado el envío de ayuda humanitaria en momentos críticos.  

No obstante, el impulso material de la etapa anterior enfrenta ahora límites más visibles. Las gestiones para sostener flujos energéticos se producen en un entorno más sensible, donde cada decisión tiene implicaciones diplomáticas con Estados Unidos. 

Es en este contexto donde aterriza Tablada de la Torre y su esposo, un diplomático experto en las relaciones del régimen cubano con países latinoamericanos. Por su parte, la trayectoria dentro del MINREX de la actual segunda jefa de la misión en México ha estado marcada por un perfil combativo.

Como subdirectora general para Estados Unidos, Tablada de la Torre se convirtió en una de las voces más activas del régimen frente a Washington, cuestionando declaraciones de diplomáticos estadounidenses, defendiendo la narrativa oficial sobre la crisis interna y denunciando el embargo como causa central de las dificultades económicas del país.  

Su carrera incluye además experiencia en Washington y en Europa, y una constante alineación con el discurso ideológico de La Habana que le ha llevado a sostener los argumentos más cínicos y manipuladores del régimen con una soltura rayana en la desfachatez. 

Justamente, ese perfil encaja con una diplomacia que, en los últimos años, ha priorizado la defensa narrativa en escenarios de confrontación. 

El doble nombramiento en la embajada mexicana —una práctica poco habitual en términos formales, dado que solo puede existir un jefe de misión acreditado— subraya la importancia estratégica que el régimen atribuye a esa sede. México no es una plaza más: es un nodo clave en asuntos migratorios, energéticos, sanitarios y financieros

Pero la misión que enfrentan Tablada de la Torre y Martínez Enríquez no parece ser la de expandir una relación en auge, sino la de evitar su desgaste

Si durante el pico del acercamiento bilateral la cooperación avanzaba en términos concretos —médicos desplegados, acuerdos firmados, flujos comerciales en aumento— hoy el desafío es sostener lo ya alcanzado en un entorno menos favorable.  

La llamada "diplomacia revolucionaria" vuelve a moverse en un terreno conocido: insistir en el discurso de la solidaridad (especialidad del cuerpo mendicante de diplomáticos del régimen), denunciar las sanciones (la faceta lacrimosa de todo representante de la dictadura) y apelar al principio de no intervención como escudo político de una "soberanía" cuestionable desde los desarrollos contemporáneos del Derecho Internacional. 

Sin embargo, el contexto regional y hemisférico limita la capacidad de convertir esa narrativa en ampliaciones sustanciales de cooperación material. México enfrenta sus propios equilibrios internos y externos, y la presión de Estados Unidos introduce variables que no estaban presentes con la misma intensidad en los años anteriores. 

La designación de Tablada de la Torre, lejos de simbolizar una ofensiva diplomática, puede leerse como una operación de contención. La Habana envía a cuadros de máxima confianza a una plaza donde los márgenes se estrechan. La prioridad ya no parece ser abrir nuevas compuertas, sino mantener abiertas las existentes. 

En definitiva, la embajada cubana en México se convierte en un termómetro de la nueva etapa de la relación bilateral: menos expansiva, más defensiva. Y en ese escenario, la tarea de sus principales representantes no será blindar una alianza en crecimiento, sino administrar una relación sometida a presiones externas y a límites estructurales que escapan al control de la retórica. 

La diplomacia puede ganar tiempo. Pero, como demuestra la experiencia reciente del régimen tras la pérdida del sostén venezolano, el discurso no sustituye los barriles

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