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“La opción de Cuba es resistencia y victoria”. Con esa frase cerró el embajador del régimen cubano en México, Eugenio Martínez Enríquez, su intervención durante la presentación en Ciudad de México del ensayo Caliban, de Roberto Fernández Retamar, en un acto organizado junto al Instituto Nacional de Formación Política de MORENA.
El evento, descrito por la propia embajada como un espacio para reflexionar sobre el “imperialismo”, la “barbarie y el fascismo” en la actual etapa internacional, sirvió también como plataforma para reiterar los ejes clásicos de la narrativa oficial de La Habana: denuncia del embargo estadounidense, acusaciones de expolio histórico contra las potencias occidentales y exaltación de la “unidad de Nuestra América” frente al colonizador.
En su discurso, Martínez Enríquez afirmó que la historia regional es una lucha permanente contra la dominación externa y criticó a quienes atribuyen el subdesarrollo del Sur a la “ineptitud y corrupción”, en lugar de a siglos de saqueo.
También, cómo no, denunció una “guerra económica recrudecida” por parte de Estados Unidos y habló de amenazas “groseras y crueles” contra Cuba.
El mensaje es coherente con la tradición discursiva del régimen. Lo que resulta más significativo es el contexto en que se pronuncia. En los últimos años, México se convirtió en un socio clave para La Habana tras el progresivo debilitamiento del sostén venezolano.
Durante el ciclo 2022–2024, la relación bilateral alcanzó un nivel de cooperación poco habitual: expansión del programa de médicos cubanos en territorio mexicano, acuerdos sanitarios, gestiones energéticas y un clima político favorable bajo el gobierno de Andrés Manuel López Obrador.
Sin embargo, el escenario de 2026 es distinto. La presión de Washington sobre los países que mantienen cooperación energética o contratan servicios médicos cubanos ha aumentado, elevando el costo diplomático de esos vínculos.
Aunque el gobierno continuista de Claudia Sheinbaum (MORENA) ha reiterado su defensa del principio de no intervención y ha mantenido gestos de solidaridad, el margen para profundizar la cooperación material es hoy más estrecho.
En ese contexto, el discurso del embajador del régimen cubano adquirió un carácter defensivo. La apelación a la “resistencia” y a la “victoria” funcionó como reafirmación ideológica hacia una audiencia afín, pero no alteró los condicionantes estructurales que enfrenta la relación bilateral.
El propio comunicado de la embajada admitió, aunque de manera indirecta, la gravedad de la situación interna cubana al mencionar que el pueblo ha visto “deteriorarse su nivel de vida, con largos cortes eléctricos que paralizan la economía”.
La explicación ofrecida es exclusivamente externa: el “bloqueo ilegal” de Estados Unidos. No hay referencia a problemas estructurales del modelo económico cubano, ni a la caída sostenida de la producción nacional, ni a la dependencia energética que dejó expuesta a la isla tras el declive venezolano.
El acto en Ciudad de México —centrado en un ensayo emblemático del llamado “pensamiento revolucionario” latinoamericano— refuerza una línea estratégica del régimen: trasladar el debate desde el terreno económico al simbólico.
La discusión sobre flujos de petróleo, contratos sanitarios o sostenibilidad financiera queda desplazada así por una narrativa épica de lucha contra el imperialismo.
Esa estrategia ha sido una constante en la diplomacia cubana: cuando los márgenes materiales se reducen, el énfasis se coloca en la cohesión ideológica y en la solidaridad política. El problema es que esta desgastada retórica ya no sustituye los recursos.
México continúa siendo una plaza fundamental para La Habana, tanto por su peso regional como por su papel en asuntos migratorios y energéticos. Pero el tono del discurso oficial contrasta con una relación que ya no atraviesa su momento de mayor expansión.
Las declaraciones sobre “barbarie y fascismo” en la escena internacional conviven con una realidad en la que los acuerdos bilaterales deben navegar presiones externas y debates internos cada vez más visibles.
La frase final del embajador —“resistencia y victoria”— resume el núcleo simbólico del régimen totalitario desde 1959. No obstante, en el México de 2026, esa consigna se proyecta sobre un escenario menos favorable que el de años recientes.
La "diplomacia revolucionaria" puede movilizar apoyos políticos y espacios de solidaridad, pero enfrenta límites concretos en un entorno hemisférico más tenso.
Entre la épica del ensayo presentado y las restricciones del presente, la distancia es notable. Y es en esa brecha donde la propaganda oficial encuentra su mayor desafío.
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