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En un país donde conseguir alimentos se ha convertido en una odisea diaria, miembros de la Iglesia Metodista en Felton, Holguín, realizaron una nueva jornada de apoyo al hogar de ancianos de la localidad.
La iniciativa fue compartida en Facebook por Loraine Vázquez Batista, quien citó un versículos del Libro de los Salmos y expresó gratitud por la posibilidad de servir a los adultos mayores.
El mensaje bíblico -que alude a la provisión y la misericordia divina- acompañó el agradecimiento por poder llevar asistencia a los abuelos del centro.
Más allá de las palabras religiosas, el gesto revela una realidad que ya no puede ocultarse: son comunidades de fe y ciudadanos comunes quienes están supliendo carencias básicas en un entorno donde la alimentación y el cuidado de los más vulnerables dependen cada vez menos de estructuras estatales.
La escena no es aislada. En distintos puntos del país, las iglesias han asumido tareas que deberían estar garantizadas por políticas públicas efectivas.
El que un hogar de ancianos necesite apoyo externo para cubrir necesidades elementales habla de un deterioro profundo en la red de protección social.
Solidaridad ante una crisis que no cede
El domingo anterior, en Santiago de Cuba, jóvenes de la Iglesia Metodista San Juan recorrieron barrios de la ciudad para distribuir alimentos y abrigos a personas en situación de vulnerabilidad.
Según informó el pastor Darlon Bermúdez, los voluntarios se dividieron en grupos y lograron asistir a más de un centenar de personas con comida, además de entregar ropa de abrigo y acompañar a enfermos con oración y apoyo espiritual.
Las imágenes difundidas mostraban a muchachos cargando recipientes de comida y prendas de vestir, sonrientes pese al entorno adverso.
Sin embargo, detrás de esa energía juvenil se esconde un panorama cada vez más áspero: familias que no pueden garantizar una comida diaria, ancianos que dependen de donaciones y ciudadanos que sobreviven entre apagones, escasez y precios que cambian constantemente al alza.
Cada domingo, en esa congregación santiaguera, más de 400 personas -entre ancianos, madres y familias completas- reciben desayuno y almuerzo sin condicionamientos.
El proyecto se sostiene con el esfuerzo de voluntarios que cocinan y organizan con lo poco que logran conseguir en un mercado desabastecido y marcado por costos que se disparan semana tras semana.
El aumento sostenido de los precios, la pérdida de valor del peso y la insuficiencia de salarios y jubilaciones han reducido el poder adquisitivo de la población a niveles críticos.
Lo que antes era una compra básica hoy representa un gasto inalcanzable para muchos. En ese contexto, la ayuda de iglesias y organizaciones religiosas se convierte en un salvavidas temporal.
A finales de diciembre, también en Santiago de Cuba, la comunidad católica de Sant' Egidio organizó un almuerzo navideño para más de 700 personas sin recursos en la Iglesia de San Francisco.
La demanda superó las previsiones iniciales y obligó a habilitar espacios adicionales dentro del templo para poder servir varias rondas de comida.
Estos episodios no solo reflejan solidaridad; evidencian el avance de la pobreza extrema en la Isla.
El aumento de personas sin hogar y la imposibilidad de costear una comida especial en fechas tradicionales son síntomas de un modelo económico que no ha logrado garantizar estabilidad ni bienestar.
Mientras el costo de la vida continúa escalando y la moneda nacional pierde valor, son iglesias, pequeños negocios privados y ciudadanos quienes asumen responsabilidades que deberían corresponder a las autoridades.
Las acciones solidarias conmueven, pero también dejan en evidencia la falta de soluciones estructurales y la ausencia de un sistema que proteja eficazmente a quienes más lo necesitan.
En ese escenario, cada plato servido en un hogar de ancianos o en un templo no solo alimenta: expone una crisis prolongada que ha erosionado la capacidad de miles de cubanos para sostenerse por sí mismos.
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