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Un nuevo reporte de prensa en Estados Unidos asegura que agencias de inteligencia habrían concluido internamente que Rusia estaría detrás de los ataques asociados al llamado “síndrome de La Habana”, mientras crece la presión para desclasificar hallazgos que durante años fueron minimizados.
El caso, que comenzó en Cuba en 2016, vuelve a golpear un punto sensible para la Isla: la estrecha relación del régimen con Moscú, hoy debilitado por la guerra en Ucrania y con menos margen para sostener a sus aliados.
El caso entra en una nueva fase
El misterio del “síndrome de La Habana” suma otro capítulo explosivo. Un artículo publicado en Estados Unidos sostiene que dentro de la comunidad de inteligencia existe una fuerte pugna por la difusión de evidencias que apuntarían a Rusia como responsable de los ataques sufridos por diplomáticos, espías, militares y otros funcionarios estadounidenses desde 2016.
La novedad no surge en el vacío. CiberCuba ha seguido desde el principio la evolución del caso y ya había reportado varios hitos clave: desde nuevas evidencias periodísticas que apuntaban a la inteligencia militar rusa, hasta denuncias de encubrimiento dentro de la CIA y la aparición de un dispositivo portátil que podría ayudar a explicar el origen de los incidentes de salud anómalos.
Lo que ahora cambia es el nivel de gravedad política. Ya no se trata solo de sospechas, testimonios de víctimas o hipótesis científicas sobre microondas pulsadas.
El nuevo reporte sostiene que agencias estadounidenses habrían llegado internamente a la conclusión de que Moscú estuvo detrás de los ataques, pero que esa determinación no se hizo pública.
De La Habana al resto del mundo
El fenómeno recibió su nombre por los primeros casos detectados entre diplomáticos estadounidenses en La Habana en 2016. Aquellos episodios provocaron un deterioro brusco en las relaciones entre Washington y el régimen cubano, con reducción de personal diplomático y años de tensión bilateral.
Sin embargo, incluso cuando el caso explotó en Cuba, la sospecha dentro de ciertos círculos de inteligencia no apuntaba necesariamente al aparato cubano como autor material de los hechos.
Como recogió CiberCuba en abril de 2024, una extensa investigación de The Insider, 60 Minutes y Der Spiegel situó en el centro de la trama a la Unidad 29155 del GRU, el escuadrón de sabotaje de la inteligencia militar rusa vinculado a operaciones encubiertas, asesinatos y desestabilización en varios países.
Ese reportaje afirmó que miembros de esa unidad fueron localizados cerca de lugares donde se produjeron presuntos ataques contra personal estadounidense y sus familiares.
También documentó que altos mandos relacionados con esa estructura habían sido premiados por trabajos vinculados a “armas acústicas no letales”, un término usado en literatura militar rusa para referirse a tecnologías de energía dirigida como radiofrecuencia o microondas.
La Habana siempre negó los ataques
Desde que se reportaron los primeros casos, el régimen cubano ha mantenido una postura constante: negar la existencia del fenómeno o su origen en ataques deliberados, rechazar cualquier responsabilidad y presentar las denuncias como una campaña política de Washington.
La primera reacción oficial llegó en 2017, cuando el canciller Bruno Rodríguez Parrilla aseguró que Cuba “jamás ha perpetrado ni perpetrará acciones de esa naturaleza” y sostuvo que no existían pruebas de ataques contra diplomáticos.
En los años siguientes, funcionarios cubanos insistieron en que no existía evidencia que demostrara la existencia de ataques, cuestionando el uso del término “ataque” y sugiriendo que los síntomas podían deberse a estrés, enfermedades preexistentes o factores ambientales.
En los últimos años el discurso oficial ha incorporado incluso la ridiculización del fenómeno. Tras nuevas investigaciones periodísticas internacionales, voceros del ministerio de Relaciones Exteriores (MINREX) volvieron a negar el síndrome y calificaron las acusaciones como una “operación política”.
Algunos funcionarios, como la diplomática Johana Tablada de la Torre, llegaron a rebautizar el caso como “síndrome de Washington”, insinuando que se trataba de propaganda estadounidense. El gobernante Miguel Díaz-Canel también lo ha descrito como un “falso pretexto” utilizado por Washington para justificar sanciones contra la isla.
La pieza que faltaba: un dispositivo bajo investigación
En enero de este año, CiberCuba informó sobre otro elemento clave: Estados Unidos habría obtenido a finales de 2024 un dispositivo portátil con componentes de origen ruso que podría estar relacionado con el síndrome.
Según ese reporte, el aparato cabría en una mochila y emitiría energía pulsada de radiofrecuencia. El Pentágono lo habría estado probando durante más de un año para comprobar si puede reproducir los efectos descritos por las víctimas.
Ese dato coincide con la revelación reciente de 60 Minutes, que aseguró que agentes estadounidenses compraron a una red criminal rusa un arma miniaturizada de microondas en una operación respaldada por el Pentágono.
Las pruebas en animales, incluidas ratas y ovejas, habrían producido lesiones neurológicas similares a las observadas en algunos afectados.
De confirmarse, el hallazgo derrumbaría una de las principales líneas sostenidas durante años por sectores de la comunidad de inteligencia: que una tecnología de este tipo no existía o no podía utilizarse de forma portátil.
Víctimas y denuncias de encubrimiento
CiberCuba también reportó en enero de 2025 el testimonio de una exoficial de la CIA identificada como “Alice”, quien denunció un encubrimiento dentro de la agencia y señaló a Rusia como posible responsable.
Según su relato, sufrió en África un ataque con un arma energética portátil que le dejó secuelas debilitantes. La exagente aseguró que las autoridades estadounidenses habían minimizado los incidentes y ocultado información relevante.
Un informe posterior reflejó además divisiones dentro de la comunidad de inteligencia estadounidense. Mientras algunas agencias consideraban plausible que adversarios extranjeros hayan desarrollado tecnología capaz de causar estos síntomas, otras mantenían que la hipótesis seguía siendo poco probable.
Qué significa esto para Cuba
Para los cubanos, el asunto tiene un significado especial. Si la pista rusa se confirma, el caso vuelve a poner bajo foco la estrecha relación entre el régimen de La Habana y uno de sus aliados estratégicos más importantes.
Durante décadas, Moscú ha sido un socio clave para el régimen cubano en materia política, militar y económica. Sin embargo, la Rusia actual enfrenta fuertes presiones internacionales por la guerra en Ucrania y dispone de menos recursos para apoyar a sus aliados.
En ese contexto, cualquier evidencia que vincule operaciones de inteligencia rusas con incidentes ocurridos originalmente en La Habana refuerza el peso geopolítico de la isla en la rivalidad entre Washington y Moscú.
Un enigma menos difuso, pero todavía sin cierre
Después de años de versiones contradictorias, evaluaciones ambiguas y denuncias de las víctimas, el “síndrome de La Habana” parece hoy menos misterioso que antes.
La secuencia que emerge es cada vez más consistente: primeros casos en Cuba, expansión global, indicios que apuntan al GRU ruso, hipótesis de armas de energía dirigida y nuevas acusaciones de encubrimiento dentro del propio gobierno estadounidense.
Sin embargo, aún falta el paso decisivo: una determinación oficial pública que identifique responsables.
Hasta que eso ocurra, el caso seguirá siendo uno de los episodios más controvertidos de la seguridad nacional estadounidense en los últimos años y un recordatorio de que la confrontación geopolítica entre grandes potencias también puede desarrollarse en formas invisibles.
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