El dilema de la diplomacia del régimen cubano

Escultura en el Cementerio de La Habana © CiberCuba
Escultura en el Cementerio de La Habana Foto © CiberCuba

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Durante semanas, la diplomacia cubana negó lo que hoy el propio régimen reconoce: que existen conversaciones con Estados Unidos en medio de la mayor crisis que ha vivido la isla en décadas.  

El vicecanciller Carlos Fernández de Cossío fue el rostro más visible de esa negativa. Sin embargo, con el paso de los días, La Habana ha terminado admitiendo lo que antes desmentía. 

No es un detalle menor. Es, en realidad, una radiografía bastante precisa del papel que ha desempeñado durante décadas el aparato diplomático del castrismo y del dilema histórico al que ahora se enfrenta

Porque el régimen cubano no solo se ha sostenido mediante el control interno y la represión política. También lo ha hecho gracias a una diplomacia extraordinariamente eficaz en la construcción de un relato internacional favorable.  

La llamada “diplomacia revolucionaria” —término utilizado por el propio sistema— ha sido uno de los instrumentos más sofisticados de su supervivencia. 

Esa diplomacia no ha sido, en sentido estricto, una diplomacia de Estado. Ha sido una diplomacia de régimen

Durante años, su función principal no ha consistido en representar los intereses de todos los cubanos, sino en proyectar hacia el exterior una imagen cuidadosamente elaborada: la de un país bloqueado, asediado por Estados Unidos, celoso de su soberanía, orgulloso de su revolución y víctima de una injusticia histórica. 

Ese relato ha tenido un éxito notable

Ha permitido al régimen mantener relaciones diplomáticas normales con la mayor parte del mundo, evitar un aislamiento internacional completo, sumar apoyos en organismos multilaterales y canalizar la solidaridad de gobiernos, partidos y movimientos afines.  

Ha contribuido, en definitiva, a construir una legitimidad exterior que ha compensado, en parte, la ausencia de legitimidad democrática interna

Y ahí reside una de las contradicciones fundamentales del sistema cubano. 

Porque esa legitimidad internacional no se sostiene sobre una legitimidad política real. El régimen lleva más de seis décadas en el poder sin elecciones libres, sin pluralismo político, sin alternancia democrática y con un sistema de control que limita derechos fundamentales como la libertad de expresión, de asociación o de participación política. 

La diplomacia cubana ha sido eficaz construyendo una narrativa que ha permitido normalizar esa anomalía

Pero ese equilibrio empieza a resquebrajarse. 

Las conversaciones abiertas con Estados Unidos en medio de una crisis económica y energética sin precedentes, la liberación parcial de presos políticos, los tímidos gestos de apertura económica y el propio reconocimiento de contactos que antes se negaban apuntan a un momento de transición, o al menos de redefinición del sistema. 

En ese contexto, el relato tradicional de la “diplomacia revolucionaria” pierde consistencia

Y es precisamente ahí donde aparece el dilema

La diplomacia cubana se enfrenta hoy a una disyuntiva muy similar a la que afrontan otros aparatos del Estado: seguir defendiendo un relato que ya no se corresponde con la realidad del país o comenzar a transformarse en una diplomacia profesional al servicio de una nueva etapa histórica

Ese dilema no es únicamente institucional. Es también político y, en cierta medida, personal. 

Los diplomáticos cubanos han sido durante décadas transmisores de una narrativa que justificaba el sistema político vigente. Han defendido en foros internacionales posiciones que negaban o minimizaban la falta de libertades en la isla. Han contribuido a construir una imagen de legitimidad que hoy resulta cada vez más difícil de sostener frente a la evidencia acumulada. 

En otros procesos históricos, situaciones similares han dado lugar a fracturas dentro de los propios servicios diplomáticos. 

Cuando los regímenes entran en su fase final o en procesos de transformación, no es extraño que algunos de sus representantes en el exterior opten por desvincularse de estructuras que ya no consideran sostenibles. Ocurrió en Europa del Este, en la Unión Soviética y en otros sistemas autoritarios que enfrentaron procesos de transición.  

Los diplomáticos, por su posición fuera del país, por su acceso a información y por su contacto con otras realidades políticas, suelen ser de los primeros en percibir esos cambios. 

El caso cubano podría no ser diferente. 

Pero más allá de posibles fracturas individuales, lo relevante es la transformación estructural que exigiría una transición. 

Una diplomacia de la República no puede funcionar como una diplomacia de propaganda. No puede estar dedicada a justificar un sistema político, sino a representar los intereses de una nación diversa. No puede vigilar a su diáspora ni actuar como instrumento de control ideológico, sino facilitar la relación entre el Estado y todos sus ciudadanos, dentro y fuera del país. 

Eso implicaría abandonar muchas de las funciones que han definido durante décadas la actuación exterior del régimen. 

Significaría también reorientar la política exterior de Cuba hacia una inserción plena en la comunidad internacional basada en la cooperación, el respeto a las normas democráticas y la defensa de intereses nacionales legítimos, no en la reproducción de un relato ideológico opresor y empobrecedor. 

Pero, sobre todo, implicaría un cambio de legitimidad

La diplomacia cubana dejaría de representar a un sistema político cerrado para representar a una sociedad abierta. Dejaría de justificar la excepción para integrarse en la normalidad. 

Nada de esto será automático. 

Como ocurre con otros aparatos del Estado -léase cuerpos y fuerzas de seguridad-, la transformación de la diplomacia cubana dependerá en gran medida de las decisiones que tomen quienes hoy la integran. De su capacidad para adaptarse a un nuevo contexto o de su voluntad de seguir defendiendo un modelo que muestra signos evidentes de agotamiento. 

En última instancia, la cuestión es sencilla. 

Durante décadas, la diplomacia cubana ha logrado que el mundo mire a la isla a través del prisma del relato construido por el régimen. Ha sido uno de los pilares más eficaces de su supervivencia. 

La pregunta ahora es si seguirá intentando desempeñar ese papel o si comenzará a transformarse en el instrumento exterior de una nueva república

Porque, igual que ocurre con las Fuerzas Armadas, la diplomacia cubana también tendrá que decidir de qué lado de la historia quiere situarse

Puede permanecer como el último soporte de un sistema totalitario que se agota o puede convertirse en uno de los primeros pilares de su transformación. 

Y en esa decisión, silenciosa pero decisiva, también se juega el futuro de Cuba

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Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.

Iván León

Licenciado en periodismo. Máster en Diplomacia y RR.II. por la Escuela Diplomática de Madrid. Máster en RR.II. e Integración Europea por la UAB.






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Este artículo ha sido generado o editado con la ayuda de inteligencia artificial. Ha sido revisado por un editor antes de su publicación.




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