Las FAR ante su decisión histórica: ¿defender a Cuba o a la familia Castro?

El Cangrejo junto a Díaz-Canel y generales de alto rango en Cuba. © Presidencia Cuba
El Cangrejo junto a Díaz-Canel y generales de alto rango en Cuba. Foto © Presidencia Cuba

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En los últimos días, los cubanos han visto una imagen que ya no deja espacio para las dudas. En reuniones oficiales encabezadas por Miguel Díaz-Canel, quien aparece anunciando “medidas” no es solo el gobernante designado, sino también una figura sin responsabilidad pública clara ante la nación: Raúl Guillermo Rodríguez Castro, “El Cangrejo”.

Su presencia repetida en la televisión oficial no parece casual. Refuerza la idea de que el poder real en Cuba no se mueve dentro de las instituciones que el régimen exhibe, sino dentro de un núcleo familiar que durante años ha condicionado el control de las FAR, de GAESA y, en consecuencia, de lo que queda del país.

Ese poder tiene nombre y apellidos. Y no responde al pueblo cubano.

La pregunta que hoy deben hacerse los oficiales, coroneles y generales de las FAR es tan simple como incómoda: ¿Van a arriesgar la vida de sus hombres y llevar un enfrentamiento armado a nuestra nación, a nuestro propio pueblo, para defender a una familia?

No para defender a Cuba.

No para defender al pueblo.

No para defender la soberanía nacional.

Para defender a una estructura de poder que ha tratado el país como si fuera una propiedad heredada.

Ese es el punto central. Porque, frente a cualquier escenario de escalada militar, las FAR no estarían entrando en una guerra entre iguales. Estarían siendo empujadas a una confrontación contra el ejército más poderoso del mundo, muy superior en número, tecnología, logística, presupuesto y capacidad operativa. No sería una defensa realista de la patria. Sería un sacrificio inútil para proteger a una élite.

Y todavía peor: para proteger a una élite cuyo rostro más visible en esta hora es un nieto del poder, elevado por apellido y sangre, no por una trayectoria militar conocida que justifique tal nivel de influencia. Mientras miles de oficiales han entregado su vida entera a la carrera militar, soportando el deterioro de sus salarios, de sus condiciones de vida y del futuro de sus familias, ese círculo privilegiado ha vivido entre lujos, excesos y opacidad.

No hay justificación moral ni patriótica posible para pedirle a un oficial cubano que sacrifique a sus hombres por eso.

La verdadera lealtad de las FAR no debe ser con una familia. Debe ser con la nación.

Por eso, la salida no tiene que ser una guerra absurda ni una obediencia ciega. La salida puede ser un acto de responsabilidad histórica: la desobediencia pacífica, coordinada y nacional a cualquier orden que coloque a las FAR contra el pueblo cubano o al servicio exclusivo de la supervivencia de la familia Castro.

Ese paso podría abrir, sin disparar un solo tiro, el camino hacia una transición ordenada, una intervención humanitaria urgente y un reinicio nacional.

Cuba necesita un cambio. Y ese cambio no empieza con una orden, sino con una decisión.

La decisión de no usar las armas contra el pueblo y de no sacrificar al país por una familia.

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Luis Manuel Mazorra

(La Habana, 1988) Director y cofundador de CiberCuba.






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