¿Transición o reciclaje del régimen en Cuba?

Jóvenes cubanas en el Malecón de La Habana (imagen de referencia) © CiberCuba
Jóvenes cubanas en el Malecón de La Habana (imagen de referencia) Foto © CiberCuba

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Cuba atraviesa uno de esos momentos históricos en los que parece que algo se está moviendo bajo la superficie, pero nadie sabe con certeza hacia dónde conducen esos movimientos. 

En las últimas semanas se han multiplicado las evidencias de que Estados Unidos está ejerciendo una presión inédita sobre el régimen cubano.  

Funcionarios de la administración estadounidense han dejado caer en declaraciones públicas la existencia de contactos entre ambas partes, y diversos medios han informado de posibles conversaciones con figuras cercanas al poder en La Habana.  

El propio presidente de Estados Unidos ha amplificado esa narrativa, sugiriendo que existen negociaciones en curso. 

El régimen cubano, por su parte, niega que exista ningún proceso de negociación formal. Pero al mismo tiempo matiza sus negativas recordando que entre ambos países siempre han existido contactos diplomáticos de diverso tipo.  

En medio de estas afirmaciones y desmentidos, lo único verdaderamente seguro es que algo se está moviendo. Lo que nadie sabe con claridad es qué se está negociando, con qué objetivos ni hacia dónde puede conducir ese proceso

La gran incertidumbre para los cubanos es precisamente esa: desconocen cuál es la estrategia real de Washington respecto a Cuba.  

No se conoce la hoja de ruta, no se conocen las condiciones que Estados Unidos estaría planteando al régimen, ni tampoco cuál sería el objetivo final de esa presión política, económica y estratégica que hoy se ejerce sobre La Habana. 

Sin embargo, si se observa el contexto más amplio de la política exterior estadounidense, algunas hipótesis empiezan a parecer menos improbables de lo que hace apenas unos años. 

La actual administración ha adoptado una doctrina de seguridad hemisférica mucho más activa frente a los regímenes considerados hostiles a los intereses de Washington. 

El principio de “paz a través de la fuerza”, la reinterpretación contemporánea de la doctrina Monroe y las recientes intervenciones para debilitar a gobiernos aliados de potencias adversarias indican que Estados Unidos está dispuesto a redefinir su relación con ciertos actores políticos del continente. 

En ese contexto, la posibilidad de que Washington contemple un cambio de régimen en Cuba ya no parece una especulación descabellada

Pero si esa es realmente la dirección hacia la que se mueve la estrategia estadounidense, surge inmediatamente una pregunta que hoy recorre la opinión pública cubana: ¿Qué tipo de cambio se está preparando? 

Porque la preocupación de muchos cubanos no se centra tanto en si existen o no negociaciones entre Washington y La Habana, sino en el contenido real de esas conversaciones. 

¿Se está preparando una transición hacia la democracia o simplemente un acuerdo político y económico con el poder realmente existente en Cuba?  

¿Podría producirse un arreglo que garantice cierta estabilidad, algunas reformas económicas y la apertura a inversiones internacionales, pero sin cambios sustanciales en el sistema político?  

¿Podría la familia Castro conservar su influencia dentro de una nueva arquitectura de poder, de forma similar a lo que ha ocurrido con otras dinastías políticas en regímenes autoritarios? 

Algunos analistas han empezado incluso a hablar de una posible “Cubastroika”: una transición controlada desde el propio sistema, en la que antiguos cuadros del aparato político, militar y de seguridad reorganizarían el poder y la economía sin renunciar al monopolio político fundamental.  

Un escenario en el que el país se abriría parcialmente al capital internacional mientras el control real seguiría en manos de quienes han gobernado durante décadas. 

Una especie de versión tropical de los modelos poscomunistas autoritarios que surgieron en otras partes del mundo tras el colapso de los sistemas socialistas clásicos. 

Es precisamente ese escenario el que genera mayor inquietud entre muchos cubanos. Porque cambiar de gobernante no significa necesariamente cambiar de régimen. La historia política reciente está llena de ejemplos en los que sistemas autoritarios se transforman superficialmente sin alterar las estructuras reales del poder. 

Si realmente se está negociando el futuro político de Cuba, hay algunas condiciones mínimas que deberían formar parte de cualquier proceso que aspire a ser una transición democrática y no simplemente una reorganización del sistema existente. 

La primera de esas condiciones es la liberación de todos los presos políticos. Ninguna transición puede comenzar mientras ciudadanos permanezcan encarcelados por ejercer derechos básicos como la libertad de expresión o de protesta. 

La segunda es el reconocimiento efectivo de la libertad de expresión. En una sociedad democrática nadie puede ser detenido ni perseguido por expresar sus opiniones políticas. 

La tercera es la libertad de asociación. Los cubanos deben poder organizar partidos, movimientos cívicos, sindicatos y organizaciones sociales sin interferencia del Estado. 

Y la cuarta es la convocatoria de un proceso electoral auténticamente libre, supervisado internacionalmente, que permita a los ciudadanos decidir el futuro político del país

Pero incluso esas condiciones políticas básicas no serían suficientes si las estructuras fundamentales del poder permanecen intactas

Las Fuerzas Armadas cubanas deberían dejar claro que su función es garantizar la seguridad del país y de sus ciudadanos, no servir a los intereses de una familia ni de una élite política concreta

Y el conglomerado empresarial militar conocido como GAESA debería ser objeto de una auditoría profunda que permita sacar a la luz el verdadero alcance de su patrimonio.  

Ese entramado económico, construido durante décadas bajo la opacidad del sistema, representa una parte sustancial de la riqueza nacional y no puede convertirse en patrimonio privado de quienes lo han administrado en nombre del Estado. 

Sin cambios reales en esas estructuras de poder económico y militar, cualquier transición correría el riesgo de convertirse en una simple mutación del régimen

Al mismo tiempo, sería ingenuo pensar que una democracia plena puede surgir de la noche a la mañana tras más de seis décadas de autoritarismo.  

Cuba no dispone hoy de una oposición política estructurada como la que existía en otros procesos de transición. Tampoco cuenta con una sociedad civil suficientemente desarrollada tras años de represión sistemática. 

Por esa razón, el cambio en Cuba, si llega, tendrá que ser necesariamente un proceso. Un proceso político complejo que requerirá tiempo, participación ciudadana, reconstrucción institucional y acompañamiento internacional

Estados Unidos, el exilio cubano y la comunidad internacional pueden desempeñar un papel importante creando las condiciones que permitan iniciar ese proceso.  

Pero la democracia cubana no puede ser fabricada desde fuera. Tendrá que ser construida por los propios cubanos a partir de la conquista progresiva de sus derechos civiles y políticos. 

En última instancia, el momento actual plantea tres mensajes fundamentales. 

Para Estados Unidos, la necesidad de mayor claridad estratégica. Si realmente existe una hoja de ruta hacia un cambio político en Cuba, Washington debería hacer más transparentes sus objetivos y recordar que la coherencia entre sus intereses de seguridad y sus principios políticos exige como resultado final una Cuba libre, democrática, próspera y aliada de las democracias occidentales. 

Para los cubanos, la conciencia de que el cambio, si llega, no será un acto instantáneo sino un proceso que exigirá participación, responsabilidad y capacidad de construir un nuevo marco de convivencia política. 

Y para el régimen cubano, un mensaje inevitable: el tiempo histórico del sistema que han dirigido durante más de seis décadas se está agotando. Sus dirigentes todavía pueden elegir entre facilitar una transición ordenada que evite más sufrimiento al país o intentar prolongar un poder que ya no responde a las aspiraciones de la nación. 

Lo que está en juego no es simplemente el futuro de un gobierno. Es la posibilidad de que Cuba deje atrás definitivamente el sistema totalitario comunista que la ha mantenido aislada, empobrecida y privada de libertades durante generaciones

La cuestión, en definitiva, no es si Washington está hablando con el régimen cubano. La verdadera pregunta es para qué se está hablando y qué Cuba saldrá de ese proceso. 

Porque el futuro de la isla no puede ser la administración poscastrista del mismo sistema que la ha llevado hasta aquí. 

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Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.

Iván León

Licenciado en periodismo. Máster en Diplomacia y RR.II. por la Escuela Diplomática de Madrid. Máster en RR.II. e Integración Europea por la UAB.






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Este artículo ha sido generado o editado con la ayuda de inteligencia artificial. Ha sido revisado por un editor antes de su publicación.




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