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El Kremlin confirmó este lunes que el envío de petróleo ruso a Cuba no fue una decisión unilateral, sino una operación discutida previamente con Estados Unidos, en medio de la crisis energética que golpea a la isla.
El portavoz presidencial ruso, Dmitri Peskov, aseguró que Moscú abordó con Washington la posibilidad de realizar suministros “humanitarios” de crudo antes de la llegada del petrolero Anatoli Kolodkin, que transportó unas 100,000 toneladas —equivalentes a cerca de 730,000 barriles— hacia Cuba.
“Este tema se planteó con antelación durante los contactos con nuestros homólogos estadounidenses”, afirmó Peskov en declaraciones recogidas por la agencia TASS, confirmando que la administración de Donald Trump no solo permitió el envío, sino que estaba al tanto de la operación.
El reconocimiento oficial refuerza la idea de que el flujo de petróleo hacia Cuba está actualmente condicionado por decisiones de Washington. Según el propio Kremlin, Estados Unidos no se opone a envíos periódicos con fines humanitarios por parte de Rusia u otros países.
Este giro ocurre en un momento de fuerte presión energética sobre el régimen cubano, que necesita alrededor de 100,000 barriles diarios para sostener su sistema eléctrico y su economía. El cargamento recibido apenas cubre cerca de una semana de consumo, en medio de apagones prolongados y un déficit eléctrico superior a los 2,000 megavatios.
Al mismo tiempo, Rusia enfrenta crecientes dificultades para exportar su petróleo. En los últimos días, Ucrania ha intensificado ataques contra puertos clave como Primorsk —desde donde partió el Anatoli Kolodkin— y Ust-Luga, afectando la infraestructura que sostiene sus ventas internacionales.
En este contexto, el envío a Cuba refleja un delicado equilibrio geopolítico: mientras Washington permite ciertos suministros para evitar un colapso total en la isla, también mantiene la presión sobre el régimen y sobre la propia capacidad exportadora rusa.
Más que un simple gesto humanitario, el acuerdo expone cómo la crisis energética cubana depende cada vez más de decisiones externas en un tablero global marcado por la guerra y la competencia estratégica.
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