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La decisión de la administración de Donald Trump de permitir la llegada de un petrolero ruso a Cuba no supone necesariamente una relajación de la presión sobre el régimen, sino que podría formar parte de una estrategia más amplia de control sobre el flujo energético hacia la isla.
El buque Anatoli Kolodkin, con unos 730,000 barriles de crudo, arribó a Cuba en medio de una crisis energética sin precedentes, marcada por apagones prolongados y una economía prácticamente paralizada.
Sin embargo, lejos de representar un cambio de política, el movimiento refuerza una idea clave: el suministro de combustible hacia la isla está, en gran medida, condicionado por Washington.
Según reveló Bloomberg, la actual estrategia estadounidense no consiste en cortar completamente el acceso al petróleo, sino en regularlo. En la práctica, esto implica permitir envíos puntuales —como el del petrolero ruso— mientras se mantiene la presión sobre el régimen, restringiendo su acceso estable a combustible y financiamiento.
“El único petróleo que llegará a Cuba es el que Estados Unidos permita”, resumió el periodista Eric Martin, especializado en el Departamento de Estado, al analizar la decisión. En esa línea, el plan apuntaría a reposicionar a Estados Unidos como actor central en el suministro energético hacia la isla, en sustitución de aliados tradicionales como Venezuela o Rusia.
El impacto del cargamento, además, es limitado. Cuba necesita alrededor de 100,000 barriles diarios para sostener su sistema eléctrico y su economía, por lo que el envío ruso apenas cubriría cerca de una semana de consumo. Esto confirma que se trata de un alivio temporal, no de una solución estructural.
Mientras tanto, Washington ya estaría aplicando un enfoque selectivo: permitir la venta de combustible al emergente sector privado cubano, pero no al Estado, lo que introduce una presión adicional sobre las estructuras del régimen.
En este contexto, la llegada del petróleo ruso no contradice la política de presión de Estados Unidos, sino que podría evidenciar un cambio táctico: pasar del aislamiento total a un modelo de control gradual, en el que cada suministro energético depende, directa o indirectamente, de la decisión de Washington.
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