La “guerra cognitiva” según Granma: Propaganda, negación y miedo a la realidad cubana



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IMagen de refer4encia creada con Inteligencia Artificial Foto © CiberCuba / ChatGPT

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El más reciente artículo de Granma, firmado por Raúl Antonio Capote, intenta presentar a Cuba como víctima de una sofisticada operación internacional de manipulación mediática.

Sin embargo, al examinar sus argumentos y silencios, emerge una contradicción profunda: el mismo aparato que denuncia la “guerra cognitiva” es, desde hace décadas, uno de sus principales ejecutores dentro de la isla.

El texto de Capote se apoya en conceptos legítimos de la teoría de la comunicación —framing, agenda setting, gaslighting— para construir una narrativa en la que Cuba aparece como objeto de una ofensiva simbólica externa.

En abstracto, nada de esto es falso: los medios influyen, seleccionan temas y enmarcan la realidad. El problema es otro. El problema es quién habla, desde dónde habla y, sobre todo, qué decide no contar.

Porque si hay un sistema que ha aplicado con rigor estas técnicas durante más de seis décadas, ese es precisamente el modelo mediático cubano.

En la isla no existe prensa libre ni pluralidad informativa. Todos los medios nacionales responden al Partido Comunista, que define qué se publica, qué se omite y cómo se interpreta cada hecho.

Eso es, en esencia, agenda setting: decidir de qué se habla y de qué no. Y en Cuba, por ejemplo, se habla poco —o nada— de protestas espontáneas, del malestar social creciente o de la desesperación cotidiana provocada por apagones, escasez y deterioro económico.

El artículo de Granma afirma que las campañas digitales “no lograron movilización real”. Pero omite un dato incómodo: las protestas no han desaparecido, se han transformado.

Son más fragmentadas, más locales, menos visibles en el relato oficial, pero constantes. Vecinos que salen a la calle por horas sin electricidad, cacerolazos, reclamos públicos. No encajan en la narrativa del “caos inducido desde el exterior”, y por eso se invisibilizan.

Eso también es framing: no negar frontalmente la realidad, sino encuadrarla de forma que pierda significado político.

Más aún, el texto acusa a actores externos de intentar “sembrar dudas” en la población. Pero cabe preguntarse: ¿quién ha cultivado históricamente la desconfianza en Cuba? ¿Quién ha construido durante décadas un discurso que contradice la experiencia diaria de los ciudadanos?

Cuando una persona vive escasez, inflación y deterioro, y al mismo tiempo escucha que hay “resistencia creativa” y “avances”, la disonancia no la provoca una campaña extranjera, sino la distancia entre discurso oficial y realidad.

Ese es el verdadero terreno del gaslighting: hacer que el ciudadano dude de su propia experiencia. Y en ese campo, el aparato propagandístico cubano tiene una larga trayectoria.

A esto se suma un elemento que no puede ignorarse: la figura del propio autor. Raúl Capote no es un analista independiente, sino un exagente de la Seguridad del Estado vinculado a operaciones contra periodistas y opositores.

Su voz no es la de un observador neutral, sino la de alguien formado dentro de una estructura diseñada precisamente para controlar narrativas y neutralizar disidencias. Esto no invalida automáticamente sus argumentos, pero sí obliga a leerlos como lo que son: piezas de un discurso político, no un análisis académico imparcial.

El artículo recalca que existe una brecha entre la “agenda mediática” y la “realidad material”, y presenta esa brecha como prueba del fracaso de las supuestas campañas externas.

Sin embargo, esa misma brecha puede interpretarse de forma inversa: como evidencia de que el relato oficial ya no logra contener ni explicar lo que vive la gente.

Hoy, el régimen cubano no controla la narrativa como antes. Las redes sociales, la conectividad —aunque limitada— y la diáspora han roto el monopolio informativo.

La realidad circula por canales alternativos, y el discurso oficial compite, cada vez con menos eficacia, con testimonios directos y experiencias compartidas.

En este contexto, el argumento de Capote revela algo más profundo: una redefinición interesada de lo que cuenta como “evidencia”.

Si no hay un levantamiento masivo, coordinado y nacional, entonces —según esta lógica— no hay descontento relevante. Todo lo demás se minimiza, se fragmenta o se ignora.

Pero esa vara es engañosa. Porque fija un umbral casi imposible: solo un estallido social total sería prueba válida de rechazo. Todo lo demás queda descalificado de antemano.

Y aquí surge la pregunta incómoda.

Si las protestas locales no cuentan, si el malestar cotidiano se desestima y si la crisis se atribuye exclusivamente a factores externos, ¿qué tipo de respuesta espera el régimen para reconocer que ha perdido la confianza de una parte significativa de la población? ¿Un estallido social?

Y si ese estallido ocurre, la historia reciente ofrece pocas dudas sobre la respuesta. No sería diálogo ni apertura, sino represión, criminalización y control. Ya ocurrió antes.

Por eso, más que describir una supuesta “guerra cognitiva” externa, el artículo de Granma parece revelar otra cosa: el temor a una realidad que ya no puede ser completamente moldeada desde arriba.

En un momento en que Estados Unidos expresa abiertamente su voluntad de impulsar un cambio político en la isla, la insistencia en negar el descontento interno resulta aún más problemática. Porque ignora un factor esencial: ninguna transformación sostenible puede construirse sobre la negación de la realidad social.

La cuestión final no es si existe o no influencia externa en la narrativa sobre Cuba. La cuestión es más básica y más urgente:

¿Está el régimen dispuesto a escuchar señales graduales de descontento, o solo reconocerá el problema cuando adopte la forma de un estallido social? ¿Y es ese, precisamente, el escenario que está contribuyendo a provocar?

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Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.

Iván León

Licenciado en periodismo. Máster en Diplomacia y RR.II. por la Escuela Diplomática de Madrid. Máster en RR.II. e Integración Europea por la UAB.






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Este artículo ha sido generado o editado con la ayuda de inteligencia artificial. Ha sido revisado por un editor antes de su publicación.




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