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A 25 metros bajo tierra, en pleno corazón de Manhattan, en Nueva York, una gigantesca cámara acorazada guarda uno de los tesoros más estratégicos del mundo: el oro de decenas de países.
Durante décadas, este lugar fue símbolo de confianza en el liderazgo financiero de Estados Unidos.
Hoy, sin embargo, se ha convertido también en el centro de un creciente debate en Europa sobre si ese oro debería volver a casa.
El mayor depósito de oro del mundo
En la Liberty Street de Nueva York, en el sótano de la Reserva Federal, se encuentra la conocida como Bóveda del Oro.
Allí reposan más de medio millón de lingotes pertenecientes a bancos centrales, gobiernos e instituciones internacionales.
Según detalla la BBC, este depósito alberga unas 6.300 toneladas de oro, con un valor que supera el billón de dólares, lo que equivale aproximadamente al 4% del Producto Interno Bruto de Estados Unidos.
La seguridad es extrema: la cámara está protegida por un cilindro de acero de 90 toneladas cuya cerradura, una vez activada, no puede abrirse hasta el día siguiente.
Más que un almacén, esta bóveda ha sido durante décadas una pieza clave del sistema financiero global.
El oro sigue siendo considerado el activo refugio por excelencia en momentos de crisis, inflación o tensiones geopolíticas.
El economista Barry Eichengreen, experto en sistema monetario internacional, lo explica con claridad: “Es uno de sus activos más importantes porque, ante acontecimientos geopolíticos adversos, les permite actuar como prestamistas de último recurso para bancos y compañías e intervenir en los mercados de cambio”.
Cómo llegó el oro europeo a Nueva York
La presencia masiva de oro europeo en Estados Unidos no es casual. Se remonta a la posguerra y al orden económico surgido tras la Segunda Guerra Mundial.
A partir de los años 50, economías como la alemana comenzaron a acumular grandes reservas gracias a sus exportaciones.
“Alemania y otros países europeos cuyas economías se estaban recuperando exportaban cada vez más a Estados Unidos y recibían los pagos en una combinación de oro y dólares”, explica Eichengreen.
Transportar ese oro a Europa implicaba altos costos y riesgos. Por eso, muchos países optaron por dejarlo en Nueva York.
“Cuesta dinero poner el oro en un barco o en un avión y contratar seguros para proteger el envío, así que les pareció buena idea almacenarlo en la bóveda de la Reserva Federal, que además no cobra por la custodia”, añade el experto.
A este factor económico se sumaba uno geopolítico clave: la Guerra Fría.
Con la Unión Soviética como amenaza, mantener el oro en territorio estadounidense ofrecía una garantía adicional de seguridad.
De la confianza al recelo
Durante décadas, esa decisión no fue cuestionada. Sin embargo, el contexto ha cambiado.
El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca ha reactivado tensiones con aliados europeos en temas comerciales, militares y territoriales.
Estas fricciones han generado inquietud sobre la seguridad y el acceso a las reservas de oro depositadas en EE.UU.
En Alemania, uno de los países más expuestos, el debate es cada vez más visible.
El economista Emanuel Mönch ha advertido: “Dada la actual situación geopolítica, parece arriesgado guardar tanto oro en Estados Unidos”; ello en referencia a las cerca de 1.200 toneladas que el Bundesbank mantiene en Nueva York.
Más contundente fue Michael Jäger, presidente de la Asociación Alemana de Contribuyentes: “Trump es impredecible y es capaz de todo para generar ingresos. Por eso nuestro oro ya no está a salvo en la bóveda de la Fed”.
Incluso ha planteado escenarios de tensión diplomática: “¿Qué sucedería si la provocación sobre Groenlandia continúa?... Aumenta el riesgo de que el Bundesbank no pueda acceder a su oro”.
Francia da un paso decisivo
El debate no es solo teórico. Francia ha ido más allá.
En días recientes, el Banco de Francia completó la retirada total de sus reservas almacenadas en Nueva York, mediante una estrategia financiera que evitó el traslado físico masivo de lingotes.
En lugar de eso, vendió el oro en el mercado estadounidense y adquirió lingotes nuevos en Europa.
El resultado fue doble: por un lado, concentró sus 2.437 toneladas en París; por otro, obtuvo beneficios millonarios en un contexto de precios elevados del metal.
Aunque el gobernador del banco central, François Villeroy de Galhau, aseguró que la decisión no estaba "políticamente motivada”, el propio organismo reconoció que el proceso se aceleró con el regreso de Trump.
Este movimiento ha sido interpretado por analistas como un posible punto de inflexión.
El precedente francés se suma a decisiones anteriores como la de Países Bajos en 2014, o la repatriación parcial de Alemania en la misma década.
El precedente histórico que inquieta a Europa
Las dudas actuales tienen también raíces históricas.
En los años 60, el presidente francés Charles de Gaulle decidió repatriar el oro de su país por temor a una devaluación del dólar.
Su decisión resultó acertada: en 1971, Richard Nixon puso fin a la convertibilidad del dólar en oro, desmantelando el sistema de Bretton Woods.
Francia, que ya había recuperado sus reservas, logró evitar parte del impacto que sí afectó a otros países con oro almacenado en Estados Unidos.
Ese episodio sigue resonando hoy en Europa como advertencia de que los equilibrios financieros internacionales pueden cambiar de forma abrupta.
¿Es viable repatriar el oro?
A pesar de las crecientes dudas, la repatriación no es una decisión sencilla.
Mover miles de toneladas de oro implica enormes desafíos logísticos, altos costos y riesgos de seguridad.
Además, algunos expertos advierten que una retirada masiva podría interpretarse como una señal de desconfianza y generar tensiones innecesarias.
El economista Clemens Fuest considera que repatriar el oro “solo añadiría gasolina al fuego de la situación actual”.
Otros subrayan que la independencia de la Reserva Federal actúa como garantía frente a posibles decisiones políticas del gobierno estadounidense.
Sin embargo, esa confianza no es unánime.
Eichengreen reconoce la falta de señales claras desde Washington: “No he escuchado ninguna palabra tranquilizadora y creo que sería oportuna”.
Un símbolo de un orden en transformación
Más allá de la logística o la política, el debate sobre el oro refleja un cambio más profundo.
Durante décadas, Estados Unidos ofreció gratuitamente servicios clave al sistema internacional, desde la custodia de reservas hasta el papel del dólar como moneda global. Pero ese modelo parece estar bajo presión.
Eichengreen lo resume así: la custodia del oro ha sido “un bien global que Estados Unidos ha aportado gratis (…) a cambio de hacer amigos y socios comerciales”.
Sin embargo, advierte que “todo lo que alimente las dudas de los aliados sobre la seguridad de sus depósitos en Estados Unidos erosiona más su buena voluntad hacia el país”.
Por ahora, ningún gran país europeo -más allá del caso francés- ha anunciado una retirada masiva de su oro.
No obstante, el debate crece en paralelo a la incertidumbre global.
En ese contexto, cobran fuerza las palabras de la presidenta del Banco Central Europeo, Christine Lagarde: “En la historia del sistema monetario internacional, hay momentos en que los cimientos que parecían inamovibles comienzan a tambalearse”.
La bóveda de Nueva York sigue cerrada, protegida por toneladas de acero. Sin embargo, fuera de ella la confianza que la convirtió en el mayor depósito de oro del mundo ya no parece tan sólida como antes.
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