Memento mori: “Felicitación” a Miguel y Arleen en el ocaso del poder



Arleen Rodríguez Derivet y Miguel Díaz-Canel, amigos del alma © X / @DiazCanelB
Arleen Rodríguez Derivet y Miguel Díaz-Canel, amigos del alma Foto © X / @DiazCanelB

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En medio de la oscuridad que no cesa, con 1,250 presos políticos —o más—, con el 87% de los cubanos viviendo en la pobreza extrema, con niños encarcelados, ancianos sin medicamentos, madres sin alimentos para sus hijos, y el rosario de desgracias con que la dictadura castrista oprime y maltrata a la nación, coinciden los cumpleaños de Miguel Díaz-Canel y Arleen Rodríguez Derivet.

Ya habrán recibido las felicitaciones de quienes les quieren, reciban ahora los "parabienes" de quienes no les quieren, que para ello son "figuras públicas" y supuestamente reciben un salario como funcionarios al servicio de todos los ciudadanos. La realidad impone el tono de este mensaje, el abismo ya nos traga y las puertas del infierno se han abierto de par en par.

Ahora que la llamada “revolución” ha quedado desnuda como el proyecto político que siempre fue: una añagaza para perpetuar en el poder a una dinastía, un pretexto para apropiarse de la riqueza de la nación, un artefacto que sembró el odio y la división, que cultivó la mezquindad, la mediocridad y la violencia entre sus seguidores; ahora que se revela no como gesta, sino como mecanismo de control y degradación, sostenido por represores amaestrados y comisarios dóciles —con la altura moral que destilan los egresados de la Ñico López—, conviene llamar a las cosas por su nombre y desmontar, sin contemplaciones, la farsa que durante décadas se pretendió épica.

Porque no se trata solo de dos figuras que han acompañado el Desastre: se trata de dos engranajes conscientes de una maquinaria que ha convertido la vida de millones en una experiencia de carencia, miedo y desgaste. Uno, como administrador obediente de una ruina que no le pertenece pero que ha ejecutado sin reparos; la otra, como voz aplicada de la coartada, siempre dispuesta a revestir la miseria de virtud y el abuso de heroísmo. Para el cabeza de turco de la finca y la jinete sin cabeza que la recorre en su aquelarre, van estas "felicitaciones".

Ahora que es evidente que Miguel no es más que el hombre de paja de un poder que nunca ha dejado de tener dueño; ahora que Arleen ha dejado huella en la historia universal del periodismo servil, insultando la inteligencia de propios y extraños, creando una realidad paralela donde cada virtud que evoca remite a un vicio y sufrimiento cotidiano; ahora que él deambula zombificado y ella, como una Circe circense se afana en convertir cerdos en hombres; ahora que los Castro, propietarios del país, van con látigo en la mano, escupiendo y descuerando a su propia corte de fieles; ahora que la traición ha operado el milagro de la consubstanciación entre discurso y mentira, entre poder y simulacro, conviene decir las cosas por su nombre.

La misión de Miguel y Arleen no ha resultado gratis. El servicio ha tenido recompensa. Los víveres y licores finos fluyeron por Palacio, las muñecas de la Machi se adornaron de Cartier, sus pies de Christian Louboutin, sus escotes de joyas. Cada lacayo recibió su regalito, proporcional al peso de su infamia. Hubo privilegios, acceso, visibilidad. Todo, mientras el país se hundía, mientras los cubanos hacían colas para nada, para perpetuar el sistema. Mientras la verdad se volvía insoportable, alguien tenía la tarea —y el beneficio— de domesticarla. Miguel y Arleen, abrazados, protagonizaron el horror y el crimen de la "continuidad".

Y sin embargo, memento mori. Recuerden que son mortales. Recuerden que todo poder fue efímero, que toda biografía, por blindada que parezca, terminará expuesta al juicio implacable del tiempo. Pulvis es et in pulverem reverteris. Polvo son —y en polvo se convertirán—, como todos a quienes despreciaron, amenazaron y juzgaron desde la altura prestada del cargo y la tribuna, esos atributos del poder que, como jugueticos, les dejaron un ratico El Tuerto y El Cangrejo.

No hay aparato, ni consigna, ni coro de aduladores que pueda interponerse entre ustedes y esa certeza antigua que ya los romanos susurraban a los oídos de los triunfadores: respice post te, hominem te esse memento. Miren atrás, recuerden que son hombres. Nada más que hombres.

Este debería ser, si aún queda en ustedes algún resto de lucidez, el momento de la reflexión. De la pausa. Incluso —si la palabra no les resulta completamente ajena— de la penitencia. Porque no basta con haber servido: hay que responder por lo servido. No basta con haber sido "continuidad": hay que cargar con las consecuencias de haberlo sido.

Aún están a tiempo —aunque el margen se estrecha con cada día que pasa— de intentar un gesto distinto. De abandonar la comodidad de la obediencia, de romper con la liturgia de la mentira, de renunciar a ese papel que han interpretado con disciplina de funcionarios y fervor de creyentes. Parece misión imposible, pero toca "resistencia creativa" con tumbadora y contoneo final.

Tal vez —y solo tal vez— en ese último gesto, en ese apartarse del coro y del guion, puedan aspirar a algo que hoy les resulta ajeno: recuperar una sombra de dignidad. No la que otorgan los cargos, ni la que fabrican los discursos, sino la única que sobrevive al poder: la que se construye cuando se deja de participar en el daño.

Felicidades, si aún cabe la palabra. No por la obra... sino por la oportunidad —cada vez más remota— de no persistir en ella.

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Iván León

Licenciado en periodismo. Máster en Diplomacia y RR.II. por la Escuela Diplomática de Madrid. Máster en RR.II. e Integración Europea por la UAB.





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