Cubanos responden a la Seguridad del Estado: “Si 'Spiderman' está loco, ¿por qué está en Villa Marista?”



Javier Ernesto Martín Gutiérrez, conocido como el “Spiderman de Cuba” © Instagram / javierspiderman2024
Javier Ernesto Martín Gutiérrez, conocido como el “Spiderman de Cuba” Foto © Instagram / javierspiderman2024

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La narrativa impulsada por el aparato propagandístico del régimen cubano tras la detención del deportista Javier Ernesto Martín Gutiérrez, conocido como el “Spiderman de Cuba”, no solo ha generado polémica: ha provocado una avalancha de reacciones que evidencian una profunda crisis de credibilidad institucional.

El post publicado por Razones de Cuba, plataforma vinculada a la Seguridad del Estado, intentó imponer un marco clásico: presentar al manifestante como una persona con posibles trastornos mentales, minimizar su protesta como “desorden público” y desacreditar a los medios independientes que amplificaron el caso.

Sin embargo, la respuesta de los usuarios en redes sociales muestra un rechazo masivo a ese relato.

Lejos de aceptar la versión oficial, cientos de comentarios cuestionan directamente la coherencia del discurso. La duda más repetida, casi como un estribillo colectivo, resumió el núcleo del rechazo: “Si está loco, ¿por qué lo llevaron a Villa Marista y no a un hospital psiquiátrico?”.

Esta pregunta, formulada de múltiples maneras, se convirtió en el principal argumento ciudadano contra la narrativa oficial.

¿Desde cuándo Villa Marista es un hospital?”, ironizó un comentario. Otro insistió: “Para evaluar a un enfermo mental se llama a una ambulancia, no a la Seguridad del Estado”.

La lógica se repitió una y otra vez, desmontando el intento de presentar la detención como un acto de “ayuda médica”.

Muchos usuarios también señalaron el doble rasero en la actuación de las autoridades. “En mi barrio hay escándalos todos los días y la policía no aparece, pero grita contra el gobierno y en horas lo recogen”, apuntó uno.

Otro cuestionó: “¿Por qué no recogen a los muchos enfermos mentales que hay en las calles? ¿Por qué solo a este?”.

El contraste entre la supuesta preocupación por el “ruido” del manifestante y la realidad cotidiana del país también fue ampliamente señalado. “¿Nueve días sin dormir? ¿Y los apagones de 20 horas?”, preguntó un usuario.

Los niños no duermen por los mosquitos y la falta de corriente, pero eso no les preocupa”, añadió otro.

Este tipo de comentarios desplazó el foco del individuo al contexto: la crisis estructural que vive Cuba. Para muchos, el comportamiento del “Spiderman” no es un hecho aislado, sino la expresión de un malestar generalizado.

Cualquiera se vuelve loco viviendo así”, resumió un comentario. Otro lo formuló de forma más directa: “Si está loco, es por vivir en Cuba”.

En paralelo, también se observó un rechazo frontal a la estrategia de patologizar la disidencia. “Siempre es lo mismo: si protestas estás loco, eres delincuente o estás pagado”, escribió un usuario. Otro añadió: “No pueden aceptar que alguien diga la verdad, tienen que inventarle algo”.

Este patrón, ampliamente reconocido por los comentaristas, reveló que la etiqueta de “enfermedad mental” ya no funciona como mecanismo efectivo de descrédito. Por el contrario, genera sospecha inmediata. “Ya sabemos el guion: ahora dirán que es esquizofrénico para justificar lo que le hagan”, advirtió un comentario.

Incluso algunos usuarios que no defendieron abiertamente al manifestante mostraron escepticismo ante la versión oficial. “Puede que tenga problemas, pero entonces ¿qué hace en manos de la Seguridad del Estado?”, cuestionó uno. Este tipo de reacción sugiere que la desconfianza trasciende las posiciones políticas más radicales.

Otro elemento recurrente en la conversación fue la denuncia del uso selectivo de la ley. “Si es desorden público, eso es multa, no Villa Marista”, señaló un usuario. “A nadie lo llevan ahí por gritar, eso es para opositores”, añadió otro. La percepción generalizada es que no se trata de un problema de orden público, sino de contenido político.

También abundaron los comentarios que apuntaron directamente a la manipulación informativa. “Esto es otra historia mal armada que nadie se cree”, escribió un usuario. Otro resumió: “No es que uno esté a favor de uno u otro, es que ya no les creemos nada”.

Frente a esta ola de críticas, los comentarios alineados con la narrativa oficial —muchos de ellos replicando argumentos similares sobre “desorden público”, “vecinos afectados” o “problemas mentales”— aparecieron como parte de un patrón reconocible para los propios usuarios. No pocos los identificaron como intervenciones coordinadas del llamado ejército de “ciberclarias”, términos utilizados popularmente para describir cuentas que defienden sistemáticamente al régimen.

Siempre aparecen los mismos a repetir el mismo cuento”, señaló un comentario. Otro ironizó: “Llegaron las ciberclarias a explicar lo inexplicable”. Esta percepción refuerza la idea de que el debate no es orgánico, sino parcialmente inducido.

El tono de la conversación, además, refleja un nivel de tensión social elevado. La frustración acumulada se traduce en un lenguaje duro, cargado de indignación. Más allá de los insultos, lo relevante es el trasfondo: una sociedad cada vez más dividida entre un menguante, pero ruidoso, grupo de partidarios del régimen y una creciente masa de cubanos saturados del poder totalitario.

En última instancia, la reacción al post de Razones de Cuba dejó al descubierto un fenómeno más amplio. El intento de deslegitimar la protesta mediante la patologización no solo pierde eficacia, sino que puede volverse en contra del propio discurso estatal. Cada vez más ciudadanos identifican ese recurso como una maniobra de manipulación.

El caso del “Spiderman de Cuba” ya no es solo la historia de un individuo que protestó desde un balcón. Es también un termómetro del estado de la opinión pública: una sociedad que, incluso en medio del miedo y la fragmentación, empieza a cuestionar abiertamente los relatos oficiales.

Y en ese contexto, una pregunta sigue resonando con fuerza, repetida una y otra vez en los comentarios: si realmente se trata de un problema de salud mental, ¿por qué terminó en el corazón del aparato represivo del Estado?

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