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En la Cuba actual, donde la crisis económica, los apagones, la corrupción, la represión y la desesperanza marcan la vida cotidiana, el caso de Javier Ernesto Martín Gutiérrez —el “Spiderman de Cuba”— ha trascendido la anécdota individual.
Su protesta desde un balcón en La Habana, gritando contra el hambre y la miseria, y la posterior respuesta de la maquinaria represiva estatal, permiten leer la realidad cubana a través de tres lentes clásicas del pensamiento occidental: Elogio de la locura, de Erasmo de Rotterdam; El miedo a la libertad, de Erich Fromm; y Vigilar y castigar, de Michel Foucault.
La reacción del régimen ha seguido un patrón reconocible: transformar al disidente en un “caso”.
No se responde al contenido de sus denuncias, sino que se redefine al individuo. De ciudadano que protesta pasa a ser presentado como alguien inestable, potencialmente enfermo.
Esta maniobra, lejos de ser improvisada, responde a una lógica de poder profundamente arraigada.
Erasmo ya advertía, con ironía, que las sociedades tienden a considerar “locura” aquello que desafía sus convenciones, incluso cuando esas convenciones son absurdas o injustas.
En ese sentido, el gesto de Martín Gutiérrez —gritar lo que muchos callan— puede interpretarse como una forma de ruptura con una normalidad construida sobre la resignación. La pregunta que subyace es incómoda: ¿qué es más irracional, denunciar la miseria o acostumbrarse a ella?
Pero el caso no solo habla del poder, sino también de la sociedad. Fromm, en El miedo a la libertad, explicó cómo los individuos pueden temer la libertad porque implica responsabilidad, riesgo y ruptura con la seguridad del conformismo.
En contextos autoritarios, esta dinámica se acentúa: quien alza la voz no solo incomoda al poder, sino también a quienes han aprendido a sobrevivir en silencio. De ahí que parte de la reacción social oscile entre la admiración y el rechazo. El “loco” no solo desafía al Estado; también expone el miedo colectivo.
Sin embargo, es en Foucault donde el caso encuentra su marco más preciso. En Vigilar y castigar, el filósofo francés describe un tipo de poder que no se limita a reprimir, sino que produce verdades, clasifica conductas y define lo normal y lo anormal.
El traslado de Martín Gutiérrez a Villa Marista —cuartel general de interrogatorios y torturas de la Seguridad del Estado— no es solo una detención: es un acto de inscripción en un sistema de control que mezcla lo político con lo clínico.
No basta con silenciar al individuo; hay que construir un relato sobre él. Las referencias a supuestos trastornos, a conductas “desordenadas”, a la necesidad de evaluación, forman parte de ese proceso.
Se trata de desactivar el contenido político de la protesta transformándolo en un problema individual. Así, el poder no solo castiga, sino que redefine la realidad.
Este mecanismo tiene un efecto que va más allá del caso concreto. Funciona como advertencia. Si protestas, no solo puedes ser detenido; también puedes ser etiquetado, desacreditado, convertido en ejemplo de desviación.
Es una forma de disciplinamiento que busca reforzar los límites de lo decible en una sociedad donde la libertad de expresión sigue siendo la manifestación de una voluntad peligrosa.
Pero el contexto actual introduce una variable nueva. Tras 67 años de régimen, Cuba atraviesa uno de los momentos de mayor desgaste estructural y cuestionamiento social.
La narrativa oficial, que durante décadas logró imponer marcos interpretativos, muestra signos evidentes de agotamiento. Cada vez más ciudadanos identifican las estrategias de descrédito y reaccionan con escepticismo.
En ese escenario, el “Spiderman de Cuba” deja de ser solo un individuo y se convierte en símbolo. No necesariamente de una oposición organizada, sino de algo más básico y más difícil de contener: el límite psicológico de una sociedad que ha vivido demasiado tiempo entre la necesidad y el silencio.
Erasmo, Fromm y Foucault, desde contextos y siglos distintos, coinciden en una idea fundamental: el poder no solo se impone por la fuerza, sino también por la definición de la realidad.
En la Cuba de hoy, esa disputa por el significado —quién está cuerdo, quién está loco, quién tiene derecho a hablar— se vuelve cada vez más visible.
Y en esa disputa, cada vez resulta más difícil convencer a una sociedad entera de que el problema no está en lo que se dice, sino en quien se atreve a decirlo.
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