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La actividad de Genry Almenarez, conocido en redes sociales como “El Titán de Cuba”, expone sin matices el tipo de voceros que el régimen cubano promueve dentro y fuera de la isla: figuras que combinan propaganda política con un lenguaje agresivo, excluyente y abiertamente violento.
Radicado en Estados Unidos desde hace más de dos décadas, Almenarez se ha convertido en un activo amplificador del discurso oficial del castrismo, al tiempo que utiliza las libertades que le ofrece ese país para hacer proselitismo político a favor de un sistema que reprime esas mismas libertades en Cuba.
En días recientes, el influencer se sumó a la campaña “Mi Firma por la Patria”, impulsada por el Partido Comunista de Cuba (PCC), llamando a cubanos dentro y fuera de la isla a respaldar una iniciativa que ha sido señalada por testimonios de coerción en centros laborales y comunidades. Sin embargo, su activismo no se limita a la propaganda.
Durante una transmisión en vivo, Almenarez fue más allá al celebrar públicamente la golpiza propinada por la Seguridad del Estado al luchador cubano Javier Ernesto Martín Gutiérrez, conocido como “Spiderman”.
Lejos de condenar la violencia, se burló del hecho y lo justificó, en una muestra explícita de respaldo a la represión del Estado totalitario cubano, que a lo largo de 67 años ha derramado sangre, cegado vidas y aplastado a miles de cubanos y sus familiares con cárcel, destierro y ostracismo.
El tono empleado no es casual. Su discurso está plagado de insultos, descalificaciones y expresiones homófobas dirigidas contra activistas, opositores y cubanos de la diáspora crítica.
Se trata de una retórica que no solo degrada el debate público, sino que reproduce patrones propios de la cultura política del régimen: deshumanizar al adversario para legitimar su ataque.
Lejos de ser una figura marginal, Almenarez ha sido visibilizado y promovido en espacios afines al oficialismo.
Fue presentado en el programa propagandístico “Chapeando Bajito” -que conduce la periodista oficialista Arleen Rodríguez Derivet- como “un youtuber muy original” que denunciaba a supuestos “incitadores a la violencia”. También ha participado en iniciativas como el Coloquio Internacional Patria, uno de los principales eventos del aparato comunicacional del régimen.
Además, su cercanía con la cúpula del poder queda evidenciada en imágenes donde aparece junto a Miguel Díaz-Canel, Manuel Marrero Cruz, Roberto Morales Ojeda y Lis Cuesta Peraza, en encuentros que distan de ser casuales.
Según reportes de plataformas independientes, el creador ha viajado en varias ocasiones a Cuba y se ha reunido con funcionarios del Partido Comunista, reforzando su papel como actor alineado con la narrativa oficial.
En paralelo, medios afines a la dictadura como Cubainformación lo presentan como “voz de la emigración cubana” y parte de una “trinchera contra la guerra mediática”, validando su rol dentro de la estrategia digital del régimen.
Todo esto ocurre mientras Almenarez reside en Estados Unidos, una circunstancia que añade una dimensión especialmente delicada. Desde territorio estadounidense, no solo defiende abiertamente a un gobierno autoritario, sino que además justifica la violencia contra ciudadanos que ejercen su derecho a disentir en Cuba.
En este contexto, vale recordar que en la administración del presidente Donald Trump ha tomado medidas contra individuos vinculados a regímenes considerados adversarios o que participan activamente en la promoción de sus intereses. Casos relacionados con actores asociados a gobiernos como los de Venezuela, Nicaragua o Irán han derivado en sanciones, restricciones migratorias o revisiones de estatus.
Sin establecer equivalencias automáticas, la actividad de Almenarez plantea una interrogante legítima: ¿hasta qué punto es aceptable que una persona residente en Estados Unidos utilice ese espacio para promover y justificar prácticas represivas de un régimen extranjero?
La pregunta cobra aún más peso cuando se observa la contradicción entre el discurso oficial del régimen cubano y los líderes de la llamada "continuidad" —que insisten en conceptos como “amor” y “paz”— y la promoción de figuras que, como “El Titán de Cuba”, hacen de la agresión verbal, la homofobia y la burla de la violencia su principal herramienta comunicativa.
Más que un simple influencer polémico, Almenarez representa un síntoma de una estrategia más amplia: la utilización de voceros en la diáspora para amplificar el mensaje del régimen, incluso cuando ese mensaje implica normalizar la represión.
Y eso, inevitablemente, trasciende el terreno de las redes sociales.
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