La arquitecta cubana Ileana Pérez Drago, experta en restauración colonial con seis o siete años de trabajo en obras vinculadas a la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana, plantea una tesis que invierte la lógica del deterioro: los propietarios de ruinas en Habana Vieja y Centro Habana tienen en sus manos un activo estratégico de cara a la transición cubana, precisamente porque sus inmuebles ocupan localizaciones que serán muy codiciadas por los inversores en el futuro.
«Todas estas personas que viven en Centro Habana y Habana Vieja, que muchos de ellos lo que tienen son casas que en sí mismas no valen nada. Ojo, tienen un valor de localización y eso es muy atractivo para los inversores», afirma Pérez Drago, quien ha residido en Madrid, Panamá y Miami y conoce el parque edificado habanero desde adentro.
La arquitecta describe con detalle el mecanismo de negociación que, a su juicio, se producirá. Según explicó, en una entrevista con CiberCuba, los inversores deberán llegar a acuerdos con los residentes actuales, ofreciéndoles alquiler temporal, vivienda en otro barrio o la restitución de una unidad en un nuevo edificio que se construya. «Su barbacoa cayéndose, su baño que no tiene suelo. Toda esa miseria se va a poder negociar con los inversores», señala.
Esa posibilidad de negociación, subraya, existe porque la ubicación manda. «Esos vecinos tienen la ventaja de que tienen una ruina en una posición privilegiada vista futuro. Habana Vieja y Centro Habana van a ser unas localizaciones estupendas.»
El escenario que describe Pérez Drago no se limita a los grandes capitales. «Va a haber oportunidad para los grandes inversores y para las pequeñas y medianas empresas y para el autónomo también. O sea, va a ser un país de oportunidad», dice, aunque advierte que esa apertura traerá consigo la necesidad de regular flujos de dinero, migración e integración cultural.
Sobre el papel del Estado en ese proceso, la arquitecta es clara: «El futuro gobierno tendrá que negociar con los inversores para que estos no solo construyan lo que ellos quieren para sí mismos, sino que también haya porcentaje de vivienda social.»
Pérez Drago introduce además una distinción que contradice la imagen popular del barrio: más del 60% de las edificaciones de Habana Vieja son del siglo XX, no coloniales, debido a demoliciones históricas. Los edificios coloniales, con sus muros muy anchos, son estructuralmente estables; lo que se pierde principalmente son los entresuelos de madera. Varios ya fueron restaurados en décadas anteriores, aunque casi siempre para hoteles e instituciones, no para vivienda.
La razón, explica, es económica: «Es mucho más fácil hacer una instalación museable o una cosa cultural que lleva mucho menos recursos, que hacer viviendas y apartamentos que son necesarias para la gente.»
El telón de fondo de estas reflexiones es una crisis habitacional que se agrava sin pausa. Cuba registra un déficit oficial de más de 805,000 viviendas, con estimaciones independientes que lo elevan a 929,000 para 2026. En La Habana se producen alrededor de 1,000 derrumbes anuales, con víctimas mortales recurrentes.
Dos personas murieron en Habana Vieja en noviembre de 2025, y una joven fue hallada sin vida en febrero de 2026 en un edificio en colapso en la calle Sol. En enero de este año, dos derrumbes en menos de 24 horas sacudieron el mismo barrio. En 2025 solo se completó el 22% del plan anual de construcción de viviendas: 2,382 de las 10,795 planificadas.
Para la reconstrucción, Pérez Drago confía en las instituciones existentes: «Cuba es un país con muchas instituciones. Está Planificación Física, está el Plan Maestro de La Habana Vieja que lleva años funcionando y tienen toda la data y las personas están preparadas y conocen el lugar.»
Habana Vieja, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1982, tendrá, a su juicio, un valor especialmente alto en el escenario post-transición, lo que convierte cada ruina en una ficha de negociación para quienes hoy la habitan.
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