A 250 años de la proclamación de Independencia de Estados Unidos, dentro y fuera acecha el comunismo

El discurso pronunciado por el presidente Donald Trump en la noche de este 3 de julio, ante el Monte Rushmore, en Dakota del Sur advirtió sobre lo que llamó el resurgimiento de la amenaza comunista y sostuvo que esa ideología es incompatible con la libertad, la Constitución y la esencia del 4 de julio de 1776. El presidente hizo mención a la “derrota de Venezuela” y a la “paliza dada al régimen fundamentalista iraní", pero no mencionó a Cuba



Preside te Trump, en una imagen del vídeo promocional del 4 de julio difundido por la Casa Blanca. © White House
Preside te Trump, en una imagen del vídeo promocional del 4 de julio difundido por la Casa Blanca. Foto © White House

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Este 4 de julio de 2026, los Estados Unidos de América celebran dos siglos y medio de una de las proclamaciones más trascendentales de la historia humana. La Declaración de Independencia no fue un simple texto político ni un gesto retórico de trece colonias inconformes. Fue  ruptura con el viejo orden y con la idea de que los hombres nacen para obedecer a reyes o a castas privilegiadas. En sus líneas esenciales afirmó que los seres humanos poseen derechos inherentes, que el poder legítimo procede del consentimiento de los gobernados y que un pueblo tiene derecho a cambiar o abolir un gobierno que viole sus libertades.

Thomas Jefferson redactó el borrador principal, pero también fue obra de John Adams, Benjamin Franklin, Roger Sherman, Robert Livingston y de los hombres que, en el Congreso Continental, asumieron el riesgo de separar a sus colonias del mayor imperio de su tiempo. Aquellos fundadores no disponían de garantías de triunfo. No sabían si serían derrotados, encarcelados, ejecutados o reducidos a la ruina. Pero comprendieron que hay causas que valen más que la comodidad, el patrimonio y aun la propia vida: la libertad, la dignidad humana y el derecho de cada nación a gobernarse a sí misma. 

La Declaración abrió el camino y George Washington hizo posible que no terminara en derrota. Al frente de un ejército mal vestido, mal alimentado, con recursos escasos, soldados enfermos, deserciones y enormes dificultades, sostuvo la lucha  contra el poderío británico. Valley Forge sigue siendo el símbolo de aquella resistencia: en diciembre de 1777, el Ejército Continental entró allí agotado e insuficientemente abastecido, pero salió meses después más disciplinado, más unido y mejor preparado para continuar la guerra. La independencia estadounidense no nació de la facilidad; fue resultado de la perseverancia bajo el frío, el hambre, la incertidumbre y el sacrificio. 

También fue una victoria de aliados y de pueblos que comprendieron la dimensión de aquella epopeya. Francia aportó fuerzas decisivas; España abrió otro frente contra Gran Bretaña; y Cuba, entonces todavía colonia española, hizo una contribución que merece ser recordada con orgullo. En 1781, Francisco de Saavedra recurrió a los habitantes de La Habana para conseguir fondos urgentes destinados a la flota francesa que apoyaría la campaña de Yorktown. Según el Servicio de Parques Nacionales de Estados Unidos, se recaudaron más de 500.000 pesos en apenas seis horas. Esa ayuda llegó a la escuadra del almirante De Grasse antes de su partida hacia la bahía de Chesapeake, donde la cooperación franco-estadounidense cerró el cerco sobre el general británico Charles Cornwallis.

La tradición popular recuerda especialmente a las damas habaneras que entregaron joyas y recursos para aquella causa. La historia documentada aconseja matizar esa imagen: el financiamiento probablemente combinó fondos de la tesorería colonial y aportes privados. Pero lo esencial es indiscutible: el dinero procedente de La Habana fue crucial para la operación que desembocó en Yorktown. Cuba, aun sometida entonces a la corona española, estuvo vinculada a una victoria que ayudó a nacer a la gran república norteamericana. 

Doscientos cincuenta años después, la grandeza estadounidense no consiste solamente en su poder militar, su riqueza, ciencia, universidades, empresas, sus inventos o su capacidad de influir en el mundo. Su mayor patrimonio es haber mantenido, perfeccionado y defendido una idea: que ningún poder debe estar por encima de la ley, que el ciudadano tiene derechos que el Estado no puede conceder ni retirar arbitrariamente y que la libertad individual, la iniciativa privada, la fe, la familia, el trabajo y la responsabilidad personal son los pilares  fundamentales de una sociedad sana.

Es cierto que Estados Unidos ha tenido contradicciones, errores y capítulos dolorosos. Ninguna nación humana es perfecta. Pero su fuerza ha estado en poseer principios y derechos capaces de corregir sus propias insuficiencias: la igualdad ante la ley, la libertad de expresión, la división de poderes, la alternancia política, el respeto a la conciencia religiosa y la posibilidad de que una persona humilde ascienda mediante esfuerzo, talento y disciplina. La Declaración no resolvió de una vez todas las injusticias, pero dejó un estándar moral al cual generaciones posteriores pudieron apelar para exigir más libertad y más derechos.

De ahí la importancia del discurso pronunciado por el presidente Donald Trump la noche del 3 de julio, ante el Monte Rushmore, en Dakota del Sur. Frente a las imágenes de Washington, Jefferson, Lincoln y Theodore Roosevelt, Trump presentó el aniversario como una ocasión para recordar que la libertad estadounidense no se conserva por inercia. Advirtió sobre lo que llamó el resurgimiento de la amenaza comunista y sostuvo que esa ideología es incompatible con la libertad, la Constitución y la esencia del 4 de julio de 1776. El presidente hizo mención a la “derrota de Venezuela” y a la “paliza dada al régimen fundamentalista iraní". Pero no mencionó a Cuba.

“El comunismo no es inocente diferencia de opinión sobre impuestos o regulaciones”. Allí donde ha conquistado poder absoluto ha destruido la propiedad privada, aplastado la libertad de prensa, perseguido a creyentes, castigado la disidencia, creado policía política y convertido la mentira en método de gobierno. Los comunistas prometen igualdad y terminan produciendo miseria; prometen justicia e imponen opresión; prometen liberación y fabrican esclavos.

El presidente Trump y su administración deben mantener la mayor firmeza frente a ese grave peligro, tanto en el plano interno como en el internacional. No se trata de perseguir el pensamiento legítimo, de criminalizar el desacuerdo democrático; ni tampoco de vulnerar la soberanía de otras naciones. Se trata de impedir que ideologías totalitarias utilicen las instituciones libres para acabar con la libertad y que dictadores criminales esclavicen a sus pueblos.

A unas noventa millas de Florida permanece una dictadura comunista que no ha renunciado a oprimir al pueblo cubano ni a servir de plataforma para intereses hostiles a los Estados Unidos. La orden ejecutiva firmada por Trump el 29 de enero de 2026 declaró que el régimen cubano constituyen una amenaza inusual y extraordinaria para la seguridad nacional y la política exterior estadounidense, citando sus vínculos con Rusia, China, Irán, Hamás y Hezbolá, además de su historial de represión contra opositores  y ciudadanos que disienten.

Mientras Cuba, Venezuela y Nicaragua no sean naciones democráticas, el continente seguirá enfrentando un foco de permanente inestabilidad y expansión autoritaria. El castrismo ha demostrado durante más de seis décadas que no es fiable: miente, engaña, para ganar tiempo y hace cuanto considera necesario para conservar el poder. La política de Estados Unidos debe combinar presión efectiva y acciones enérgicas sobre las élites represivas, solidaridad directa con los pueblos oprimidos  y apoyo claro a una verdadera transición democrática.

Washington, Jefferson, Adams, Franklin, Truman, Reagan y tantos otros entendieron, cada uno en su época, que la libertad necesita defensores firmes y audaces. Y me viene a la memoria aquel joven francés Gilbert du Motier, Marqués de Lafayette, quien voluntariamente, como otros, vino a luchar por la independencia de las Trece Colonias.

Dios bendiga a esta Gran Nación en el 250 de su independencia. Felicitaciones a todos los estadounidenses que luchan por la democracia, los derechos humanos, el progreso, la prosperidad y la fortaleza de su país. Estados Unidos debe seguir siendo, en América y en el mundo, guardián y defensor de la libertad frente a toda tiranía.

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José Daniel Ferrer García

José Daniel Ferrer García (Palma Soriano, 1970). Coordinador de UNPACU y presidente del Partido del Pueblo.






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