
Cuando recuerdo las noches en que no sabía si saldría vivo de una celda, comprendo con claridad lo que ha vivido durante más de cinco años Luis Manuel Otero Alcántara. Las neuronas de un prisionero político nunca tienen descanso. Cada paso del carcelero y de los delincuentes comunes que te rodean pueden esconder una provocación, una agresión, un ataque. Cada gesto amable, una trampa; cada traslado, una golpiza o una maniobra destinada a destruir la salud, la voluntad, la honra y la imagen pública. Es un duelo permanente contra profesionales de la maldad.
El 18 de noviembre de 2024, sobre las siete y media de la mañana, seis integrantes del Pelotón de “Conduce” llegaron a mi celda y ordenaron que me vistiera. Dijeron que me trasladarían al llamado hospital de la prisión de Boniato. Me negué. Durante casi tres años había recibido noticias sobre aquel lugar: presos con tuberculosis, desnutrición, escabiosis y otras enfermedades infecciosas; hombres que entraban enfermos y salían muertos. Sospeché que podían intentar contagiarme.
Mi negativa desató la violencia. Me golpearon, me torcieron los brazos a la espalda y me aplicaron una tortura conocida como “la bicicleta”, obligándome a avanzar en puntas de pie. Me arrojaron dentro de vehículo jaula de traslado. Ya en Boniato, al negarme a bajar, me lanzaron sobre un suelo lleno de piedras y me arrastraron a golpes hasta el hospital. Tenía el brazo derecho herido y el pantalón corto y parte del cuerpo, cubiertos de sangre.
Entonces apareció un mayor de la policía política que se hace llamar Julio Fonseca. Llegó conciliador, fingiendo sorpresa ante el estado en que me habían dejado. Su mensaje era sencillo: la única solución para mí y para mi familia era abandonar Cuba. Así opera la tiranía: primero golpea, tortura, aísla y sepulta en vida; después envía al oficial “amable” para ofrecer el destierro como salvación. Rechacé la oferta.
El 16 de enero de 2025 fui excarcelado junto con Félix Navarro y otros presos, en el contexto de las gestiones del Vaticano y de medidas anunciadas por la administración de Joe Biden respecto a Cuba. La Habana presentó las excarcelaciones como un gesto, aunque nunca renunció a exigir silencio e inactividad política. Al negarnos, volvimos a ser encarcelados. Regresamos a prisión el 29 de abril.
Esta vez había tomado una decisión: si el régimen volvía a encarcelarme, saldría del país para impedir que la Unión Patriótica de Cuba continuara atrapada en ese ciclo: al salir, reconstruíamos el activismo; al volver a prisión, la represión paralizaba casi todo. La policía política, dirigida contra mí por un coronel que se hace llamar Ramsés, quiso imponer sus condiciones: enviarme a Guyana o Nicaragua sin mi familia, arrancarme declaraciones favorables a un diálogo con EE.UU diseñado por la dictadura y obtener imágenes o audios manipulables. Me negué. Saldría únicamente con mi dignidad en alto.
Por eso, al conocer que Luis Manuel había sido sacado de Guanajay y llevado a un lugar desconocido, pensé en ese método. Tras cumplir su condena el 9 de julio, quedó bajo secuestro del régimen; Anamely Ramos recibió una breve llamada en la que él no pudo revelar dónde se encontraba. Ahora se informó que Estados Unidos aprobó su parole humanitario y que su viaje se prepara, aunque sigue bajo control de las autoridades cubanas mientras espera la salida.
Me imagino las presiones psicológicas, las cámaras ocultas, la falsa cortesía, la comida mejorada y los esfuerzos por hacerlo aparecer lo mejor posible. La dictadura necesita fabricar una escenografía. Quiere expulsarlo y, al mismo tiempo, producir materiales que luego pueda manipular para atentar contra su firmeza y credibilidad.
Si Luis Manuel Otero se hubiese doblegado, habría sido expulsado hace años hacia cualquier destino conveniente para el régimen. Ha resistido cinco años en condiciones infernales porque defendió su derecho a decidir dónde reconstruir su vida y continuar su lucha. No abandona Cuba por falta de amor a la patria. Es desterrado porque la dictadura no tolera su arte, su rebeldía ni su capacidad para inspirar a los jóvenes.
Lo mismo intenta hacer con otros presos políticos. Hemos recibido denuncias de que, si alguien paga el pasaje y otro país los recibe, pueden salir directamente de la cárcel hacia el aeropuerto. Entre los casos mencionados está Daniel Moreno de la Peña, encarcelado en Santiago de Cuba.
El propósito no es humanitario. Busca deshacerse de los más firmes, reducir la presión internacional y representar una tragicomedia de supuesta apertura, mientras conserva intactos los tribunales subordinados, las tenebrosas prisiones y la criminal policía política que sostiene al régimen despótico.
Luis Manuel llegará al exilio para iniciar otra etapa. El régimen teme que continúe alentando a los artistas, a los jóvenes y a los barrios que dentro de Cuba protestan contra los apagones, el hambre, la miseria y la opresión. Teme que su ejemplo ayude a levantar una Cuba libre, democrática, justa y próspera; una nación con derechos, salarios dignos, alimentos, medicinas y oportunidades; una Cuba con todos y para el bien de todos, como soñó Martí.
Démosle la bienvenida a Luis Manuel Otero Alcántara. Alegrémonos de que otro buen cubano salga con vida de las prisiones infernales del castrocomunismo. Acompañémoslo para que su voz siga llegando a quienes permanecen en la primera línea, donde luchar resulta más peligroso.
Como escribió el poeta Henry Longfellow, "las vidas grandes nos recuerdan que podemos ennoblecer las nuestras y dejar, al partir, huellas en las arenas del tiempo".
Luis Manuel ya ha dejado las suyas y continuará haciéndolo, como seguirán demostrándolo en las cárceles de la tiranía Félix Navarro, su hija Saily y otros muchos presos políticos que no podemos olvidar ni un solo instante.
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