Hay algo que me preocupa profundamente, porque dice mucho de nosotros como cubanos sometidos a una dictadura de más de seis décadas y, sobre todo, de la oposición al castrismo.
Desde que Luis Manuel Otero Alcántara salió de prisión y comenzó a conceder entrevistas, han aparecido decenas de «expertos» analizando cada una de sus respuestas. Hay quien dice que habló demasiado, quien afirma que respondió mal, quien interpreta cada palabra como una prueba de algo oscuro y, cómo no, los de siempre: los que, sin una sola evidencia, vuelven con la vieja cantaleta de que «es del G2».
Y uno no puede evitar hacerse una pregunta: ¿En qué momento una entrevista pasó a tener más valor que cinco años de prisión política? Porque una entrevista dura minutos. Cinco años en una cárcel de una dictadura duran una vida.
Cinco años separado de la libertad, de los tuyos, sometido a vigilancia, presión psicológica, aislamiento y al desgaste físico y emocional que supone estar preso por pensar diferente, no son un detalle menor. Amnistía Internacional lo reconoció como preso de conciencia y ha sostenido que jamás debió pasar un solo día en prisión por ejercer pacíficamente sus derechos.
Sin embargo, hay quienes parecen olvidar todo eso porque una respuesta no les gustó.
Otros, que jamás han sentido cerrarse tras ellos la puerta de una celda, se permiten juzgar desde la comodidad de un sofá, desde el teclado de un teléfono, de un ordenador, o monetizando en las redes, cómo debería hablar, cómo debería pensar o cómo debería comportarse alguien que acaba de recuperar la libertad después de casi cinco años de cautiverio.
Es muy fácil ser valiente cuando el riesgo lo asume otro. Es muy fácil repartir certificados de patriotismo cuando nunca has tenido que pagar el precio de ejercerlo. Y es muy fácil exigir perfección a quien ya ha sacrificado mucho más de lo que la inmensa mayoría estaría dispuesta a sacrificar.
Lo más preocupante no son los enviados del régimen. De ellos no espero otra cosa. Su misión siempre ha sido desacreditar, sembrar dudas, dividir, infiltrar la desconfianza y destruir moralmente a cualquier voz incómoda.
Lo verdaderamente triste es ver a quienes dicen luchar por una Cuba libre utilizando exactamente la misma estrategia.
Porque cuando alguien, sin una sola prueba, acusa de ser agente del G2 a un hombre que pasó cinco años preso por enfrentarse al régimen, no está haciendo un análisis serio... Está difamando, y sirviendo de portavoz y cómplice a aquello contra lo que «dicen» luchar.
Y cuando esa difamación sustituye a los argumentos, deja de ser un ejercicio de pensamiento crítico para convertirse en un servicio gratuito a la propaganda del poder.
Luis Manuel Otero Alcántara nunca se ha presentado como el «salvador de Cuba». Nunca ha dicho que él vaya a liberar al país ni ha construido un culto a su personalidad. Su papel siempre ha sido el de un artista contestatario que decidió convertir el arte en una forma de resistencia frente a la censura y al autoritarismo, convirtiéndose en una de las figuras más visibles del Movimiento San Isidro.
¿Eso significa que haya que estar de acuerdo con todo lo que dice? Por supuesto que no.
En una sociedad libre se discrepa, se debate, se argumenta, se cuestionan ideas. Lo que no se hace es borrar una trayectoria de sacrificio porque una entrevista no encajó con nuestras expectativas. Lo que no se hace es destruir a quien ha pagado un precio enorme simplemente porque no respondió exactamente como nosotros habríamos respondido... desde la comodidad de nuestra casa.
La oposición cubana necesita menos inquisidores y más personas capaces de reconocer el mérito ajeno sin renunciar a su espíritu crítico. Necesita menos egos. Menos protagonismos. Menos luchas por ver quién es el opositor «más puro».
Porque mientras unos compiten por demostrar quién tiene la verdad absoluta, el régimen sigue haciendo lo que mejor sabe hacer: dividir a quienes se le enfrentan.
No tengo por costumbre idealizar a nadie. Los seres humanos nos equivocamos. Luis Manuel también se equivocará, como me equivoco yo y como se equivoca cualquiera.
Pero hay algo que sí tengo claro. Antes de juzgar a un hombre por una entrevista, pregúntate si tú habrías soportado cinco años en una prisión política sin renunciar a tus principios.
Y si la respuesta es que no lo sabes... quizá lo más prudente sea hablar con un poco más de humildad.
Porque los verdaderos libertadores no siempre son los que más hablan. Muchas veces son los que más han sufrido... mientras otros solo comentaban desde las redes sociales.
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