
Comenzó la entrega de la ayuda humanitaria enviada por Estados Unidos a personas muy vulnerables en Cuba y ya se reportan abundantes y variadas reacciones. Unos agradecen, otros dicen que es muy poco y no alcanza para tantas personas en situaciones extremas. Los hay que afirman que la Iglesia Católica va a priorizar a sus fieles y que no faltarán el robo y los desvíos.
Cáritas Cuba lo resume de la siguiente manera: "Gratitud, transparencia y reconocimiento de que la ayuda es insuficiente".
La reacción más significativa apareció este jueves, cuando Cáritas calificó el programa como “una gota en el mar” y reconoció públicamente: “Somos plenamente conscientes de que no podemos llegar a todos”. Explicó que la selección se realiza mediante visitas domiciliarias y criterios previamente establecidos, priorizando a adultos mayores que viven solos; embarazadas y madres lactantes; personas discapacitadas o encamadas; familias con niños menores de cinco años en situación de riesgo.
Cáritas pidió comprensión a quienes no sean seleccionados y aseguró que las entregas se guían por la honestidad, la dignidad humana y el acompañamiento personal. Es una admisión clara de la enorme dimensión de la crisis humanitaria cubana.
Todos sabemos quién es el responsable de la grave crisis humanitaria que vive Cuba: el régimen castrocomunista. En esta ocasión, ante el temor a la reacción de un pueblo cada vez más descontento e indignado, la dictadura aceptó que la ayuda llegara a los más necesitados a través de la Iglesia Católica. Pero veamos la historia de ofrecimientos de ayuda de la nación más generosa del planeta y los reiterados rechazos de los acomodados, soberbios e indolentes dirigentes comunistas.
Desde que el castrismo tomó el poder el 1 de enero de 1959, el régimen cubano avanzó hacia la confiscación de propiedades estadounidenses, la ruptura con Washington y el alineamiento político, económico y militar con la Unión Soviética. A pesar de esa hostilidad, Estados Unidos ha mantenido durante más de seis décadas una distinción esencial entre la dictadura y el pueblo: ha confrontado al régimen, lo sanciona y presiona para que respete los derechos humanos, pero ha ofrecido asistencia a los cubanos cuando huracanes, crisis alimentarias y emergencias sanitarias han agravado su sufrimiento.
La historia mostraba un patrón constante. Washington ofrecía equipos para evaluar los daños, alimentos, medicamentos o recursos financieros; La Habana los rechazaba, condicionaba su entrada o exigía controlar su distribución. Cuando la asistencia lograba llegar, solía hacerlo mediante iglesias, organizaciones internacionales, entidades caritativas o familiares exiliados.
Entre los primeros antecedentes tenemos lo ocurrido después del huracán Flora, que devastó el oriente cubano en octubre de 1963. La Cruz Roja Americana ofreció asistencia, pero la Cruz Roja Cubana la rechazó calificándola de “hipócrita”. Finalmente, una pequeña delegación de cuáqueros estadounidenses pudo entregar alimentos y suministros médicos. El episodio anticipó una conducta que se repetiría durante décadas: subordinar las necesidades de la población al enfrentamiento ideológico del régimen comunista contra EEUU.
Después del huracán Lili, en 1996, la Cruz Roja Americana participó en el llamamiento humanitario internacional, mientras iglesias y miembros de la comunidad cubanoamericana movilizaban alimentos, ropa y artículos de higiene. La operación confirmó la utilidad de los canales religiosos y humanitarios para auxiliar a la población sin convertir los recursos en instrumentos de propaganda estatal.
En noviembre de 2001, el huracán Michelle ocasionó graves daños en viviendas, cultivos, redes eléctricas e infraestructura. Estados Unidos ofreció asistencia humanitaria, pero La Habana respondió que prefería comprar alimentos y medicinas. Washington facilitó la operación y Cuba adquirió aproximadamente 30 millones de dólares en trigo, arroz, carnes y otros productos agrícolas estadounidenses. No fue una donación, sino una compra en efectivo, pero demostró que Estados Unidos estaba dispuesto a facilitar bienes esenciales durante la emergencia.
En julio de 2005, después del huracán Dennis, Washington ofreció mantas, recipientes para agua, botiquines de primeros auxilios, cubiertas plásticas y un equipo especializado en evaluación de desastres. El régimen rechazó las propuestas. Estados Unidos autorizó entonces hasta 100.000 dólares para organizaciones no gubernamentales, una de las cuales envió alimentos, medicamentos, tabletas para purificar agua y linternas. Fidel Castro declaró que no aceptaría la asistencia aunque Washington ofreciera mil millones de dólares.
Pocos meses después, el huracán Wilma provocó grandes inundaciones en La Habana y otras zonas occidentales. Estados Unidos destinó otros 100.000 dólares a entidades independientes y propuso enviar tres especialistas. Aunque La Habana pareció aceptar inicialmente la misión, posteriormente intentó transformarla en un diálogo político regional y limitó la capacidad de los expertos para evaluar las necesidades reales de los damnificados. La operación no se concretó como había sido concebida.
El caso más elocuente ocurrió en 2008, después de los huracanes Gustav e Ike. Estados Unidos presentó cuatro ofrecimientos sucesivos: 100.000 dólares tras Gustav; otros 100.000 después de Ike; hasta cinco millones para auxiliar aproximadamente a 135.000 damnificados; y, finalmente, suministros valorados en unos 6,3 millones de dólares, incluidos refugios familiares y artículos domésticos. El régimen rechazó las ofertas gubernamentales, mientras Washington ampliaba su apoyo a organizaciones internacionales y no gubernamentales.
En 2022, después del huracán Ian, Estados Unidos concedió dos millones de dólares a la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja. Los recursos se destinaron a reparar techos y proporcionar herramientas, productos de higiene, utensilios de cocina y lámparas solares. El acuerdo estableció que los artículos debían entregarse directamente a los beneficiarios y no depositarse en almacenes gubernamentales. Se dio prioridad a madres solas, familias con niños pequeños, embarazadas, personas con discapacidad y hogares con ancianos dependientes. También se incluyeron mecanismos de control, conservación de registros y auditoría.
Tras el huracán Melissa de 2025, Washington destinó nueve millones de dólares a una operación desarrollada con Catholic Relief Services, Cáritas Cuba y la Iglesia católica. En 2026, esa experiencia sirvió de base para un compromiso mucho mayor: el de los actuales 100 millones de dólares en ayuda humanitaria directa al pueblo cubano.
El primer vuelo del nuevo programa salió de Miami el 21 de julio de 2026 con paquetes de alimentos y productos de higiene para unas 700 familias. La entrega se realiza mediante Catholic Relief Services, Cáritas, la Iglesia Católica y representantes de las parroquias cubanas, precisamente para impedir que los cargamentos sean desviados, confiscados o utilizados por el aparato estatal.
La solidaridad estadounidense con el pueblo cubano no se limita a los programas oficiales. Durante décadas, los cubanos establecidos en Estados Unidos han enviado remesas, alimentos, medicamentos, ropa, equipos eléctricos y otros productos de primera necesidad. Esa ayuda familiar, junto con la proporcionada por iglesias, organizaciones humanitarias y entidades de derechos humanos, ha sostenido a innumerables hogares. Son los mismos exiliados que el régimen ha insultado mucho con su propaganda quienes alimentan a sus familias, envían medicinas y ayudan a sobrevivir a quienes permanecen en la Isla.
Estados Unidos es también la principal potencia humanitaria del mundo. El Servicio de Seguimiento Financiero de la Oficina de Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios registró en 2024 aportes gubernamentales estadounidenses por 14.061 millones de dólares, equivalentes al 37,9 % de toda la financiación humanitaria mundial contabilizada ese año. Alemania, segundo donante, aportó aproximadamente 3.000 millones; la Comisión Europea, 2.819 millones; y el Reino Unido, 2.261 millones. EEUU aportó por sí solo más que esos tres grandes donantes juntos y casi cinco veces la contribución alemana.
¿Por qué el régimen cubano tolera ahora una ayuda que antes rechazaba? Porque la crisis alimentaria, energética y sanitaria ha alcanzado una profundidad que hace políticamente peligroso impedirla. Millones de personas padecen apagones, precios inalcanzables, escasez de medicamentos y deterioro hospitalario. Los ancianos con pensiones miserables, las personas enfermas y las familias con niños se encuentran entre los más vulnerables.
Rechazar abiertamente 100 millones de dólares en la era de las redes sociales permitiría que la población identificara con claridad quién está impidiendo la asistencia. El régimen prefiere, por tanto, tolerar la distribución mediante la Iglesia, aunque continúe culpando a Estados Unidos de todos los males nacionales.
Las democracias suelen aceptar la cooperación internacional después de una catástrofe porque sus gobernantes tienen el deber de salvar vidas y rendir cuentas. Los regímenes autoritarios, en cambio, temen a los observadores independientes, a la distribución sin control político y a cualquier mecanismo que demuestre que la sociedad puede organizarse fuera del Estado.
Por eso la ayuda destinada a Cuba debe ser directa, transparente y supervisada. Entregar recursos al aparato gubernamental supone el riesgo de que terminen en instituciones militares, redes clientelares, tiendas en divisas o manos de funcionarios privilegiados. El mecanismo basado en Catholic Relief Services, Cáritas, las parroquias y otras organizaciones independientes es el más adecuado en un caso como el cubano.
Cuando Jesucristo multiplicó los panes y los peces, no se los entregó a Herodes ni a Pilato para que decidieran quién podía comer: los puso al servicio de los hambrientos. Del mismo modo, la ayuda para Cuba debe llegar a los necesitados, no a la estructura política que los oprime.
La asistencia humanitaria puede aliviar el hambre, proporcionar medicamentos y salvar vidas, pero no resolverá definitivamente la tragedia nacional. Cuba necesita libertad, democracia, propiedad privada, instituciones independientes y el derecho de sus ciudadanos a trabajar, producir y prosperar.
Mientras ese día llega, la solidaridad de Estados Unidos, la Unión Europea y otras naciones debe continuar. Pero cada recurso debe ser fiscalizado y entregado directamente al pueblo, jamás utilizado para sostener a la tiranía que viola flagrantemente los derechos humanos y que ha condenado a la mayoría de los cubanos a la más extrema miseria.
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