
Hay quienes llegan a los ochenta para despedirse del mundo. La primera actriz Obelia Blanco, en cambio, llegó a Galicia para volver a empezar. En Allariz, un pueblo de piedra y memoria, descubrió que la edad podía cerrar puertas, pero jamás apagar la voz.
La voz que sigue hablando de Cuba nació en Santiago de Cuba, tierra de sones, leyendas y volcanes de emociones. Actriz inolvidable, locutora de voz inconfundible, la eterna india Yara, llevó durante décadas la esencia de la cubanía a través de la radio y la televisión. Junto a Alden Knight hizo del programa radial “Hablando de Cuba” un refugio diario para la memoria y el alma de un país.
Obelia, quien durante más de seis décadas habitó escenarios, estudios de radio y la memoria afectiva de varias generaciones, cambió los aplausos por nuevos aprendizajes, los grandes foros por una emisora local y el vértigo de la televisión por la serenidad de la poesía. A sus 84 años sigue demostrando que el arte no envejece: solo encuentra nuevas maneras de florecer.
Querida amiga, bienvenida… ¿Cómo te va la vida?
Julita, amiga de tantos años, te cuento que estoy cumpliendo cuatro años en Galicia, en un pueblo llamado Allariz que pertenece a la provincia de Ourense. Vivo con mi hija, mi yerno y mi nieta. Aquí llegué con 80 años cumplidos, con muchos deseos de seguir trabajando en lo que pudiera, pero cada vez que salía a buscar trabajo me miraban con incredulidad y me decían que ya con mi edad yo necesitaba descansar.
¡Imagínate, yo que he trabajado toda la vida!
He tenido que reinventarme. Pude hacer teatro, impartí un curso de patchwork, estudié patronaje. Creé un pequeño programa de poesía y música para la emisora 107.2 Radio Allariz, llamado “Voces y versos”, que disfruto mucho.
Mientras, asisto a clases de gimnasia, memoria y manualidades que se realizan en el Fogar dos Maiores y, con ellos, coopero en otro programa de radio que se hace para la comunidad.
Y para ir con los tiempos, comparto en mis páginas de Instagram y Facebook algo que también me gusta hacer: decir poesía.
Yendo atrás, a tu infancia, ¿qué recuerdos guardas de aquella niña santiaguera que soñaba con un lindo porvenir?
De niña soñaba con ser bailarina, pianista, pintora... Pero lo veía solo como un sueño, nunca pensé que pudiera hacerse realidad. En mi familia se burlaban de mí, no tenían la sensibilidad necesaria para entenderme.
Precisamente, ¿qué enseñanzas recibiste en tu infancia?
Yo fui una huerfanita que creció entre extraños; sin una madre a quien contarle sus sueños. Fui creciendo llena de complejos, introvertida. No tenía amigos con quienes jugar, mis muñecas eran los pequeños de la casa, a quienes tenía que cuidar.
De esos extraños aprendí todo lo que no sería cuando fuera mayor. Las burlas y las críticas me sirvieron de impulso cuando a los 16 años me enfrenté a la vida sola, sin conocimiento alguno, siendo yo misma mi consejera.
Sabía que debía luchar y estudiar para alcanzar mis metas y siempre por el camino recto, aunque fuera el más difícil.
¿Cuándo descubriste que el arte, la palabra y la interpretación serían el camino de su vida?
Ya era tarde para estudiar piano o ballet, pero se me presentó la oportunidad de unirme a un grupo de teatro aficionado. Yo no sabía muy bien qué era el teatro, pero era arte, y para mí era suficiente con eso.
Cuando lo descubrí, comprendí que el teatro me haría vivir, viajar, ser muchas Obelias a la vez, y me fascinó. Más tarde, cuando logré entrar en la Escuela Provincial de Arte Dramático de Santiago de Cuba, tuve la dicha de contar con el profesor argentino Adolfo Gutkin, que me tomó de la mano y me ayudó a sentir confianza en el escenario y a vencer mi gran timidez.
¿Qué papel tuvieron tus estudios y tu formación profesional en la construcción de la artista que llegaste a ser?
Esta carrera a la que me he entregado por más de 60 años me ha enseñado a ser mejor ser humano. Quizás ya sea obsoleto decir esto, pero yo trabajé siempre buscando la excelencia —no siempre se logra—, y lo hice con total entrega. Sufrí con placer cada personaje.
Mi objetivo siempre fue dar una enseñanza, a veces llevar un consuelo a ese espectador que necesita olvidar sus problemas viendo u oyendo un programa. Creo que los artistas somos los sanadores del alma.
La actriz o la locutora, ¿cuál de las dos?
Desde muy pequeña me gustaba leer en voz alta a quien quisiera escucharme. Era locutora sin saberlo. Ya viviendo en La Habana, regreso a Santiago para la inauguración del canal Tele Rebelde. Como he dicho otras veces, fue un proyecto maravilloso del que me enamoré.
Un buen día, el desaparecido y querido Enrique Bonne, que tenía que ver con la programación, me fue a buscar porque la locutora que debía abrir la planta no llegó y era la televisión en vivo. Bonne vino a rogarme que lo hiciera.
Por mi cabeza nunca había pasado ser locutora, pero tenía la conciencia de que alguien tenía que hacerlo, así que con la voz temblorosa y corriéndome las lágrimas, puse mi voz para que saliera al aire el canal.
A partir de ahí, sucedió a menudo. Otra vez, en una revista musical también me lancé al ruedo. Poco a poco le fui cogiendo gusto, tanto que insistí para que me dejaran hacer noticieros.
Cuando regresé a La Habana a reanudar mi carrera, pedí que me evaluaran como locutora. Gracias a eso pude hacer muchas cosas: llegué a narrar novelas (trabajo para el que se consideraban voces masculinas); fui la voz del programa “Andar La Habana” por 20 años, del Proyecto Palomas, del programa infantil “Tren de Maravillas”, que me ha dado el cariño de muchos niños que crecieron viéndolo; de “Hablando de Cuba” en la emisora Radio Taíno, junto a mi querido Alden Knight, por 37 años.
También guardo un hermoso recuerdo de “Elogio de la memoria”, que me dio un Premio Caracol a los 70 y tantos años. Después de esto y respondiendo a tu pregunta: la actriz y la locutora son una misma cosa. Un locutor necesita tener algunas herramientas de la actuación para poder dominar mejor la profesión.
La india Yara sigue viva en la memoria de varias generaciones. ¿Qué significó interpretar ese personaje tan entrañable?
Imposible olvidar a la india Yara, el público no me lo permite. Soy una actriz que venía del teatro con protagónicos importantes. En la televisión ya había hecho una Cecilia Valdés, personajes complejos en diferentes espacios. Sin embargo, Yara borró todo lo demás. No podemos negar que “El Corsario Negro” fue un fenómeno social, no sé si ha habido otro caso en Cuba en que se cambie el final de una serie, porque los niños no querían que Yara muriera. Es el personaje por el que he recibido más cariño, siempre me consideraré bendecida.
¿Qué diferencia encuentras entre actuar para la televisión y comunicar desde la intimidad de un micrófono en la radio?
Cuando entré por primera vez en un estudio de radio fue amor a primera vista.
Primero combiné mi trabajo en el teatro con la radio. Después fue la televisión y la radio. Aunque cada medio tiene sus diferencias, si tú eres actor/actriz, solo tienes que adecuarte al medio donde estás. Amo la radio y la defiendo. En ella tuve la oportunidad de hacer todo lo que no pude en el teatro, la televisión o el cine por motivos de edad, color, etc.
Durante más de tres décadas, tú y Alden Knight acompañaron a los oyentes en “Hablando de Cuba”. ¿Cuál crees que fue el secreto de esa conexión tan profunda con el público?
Desde mi llegada a la televisión estuve vinculada a Alden. Al darnos este programa, fue muy fácil acoplarnos. No hubo protagonismo ni liderazgo, sí respeto y admiración de ambas partes. Llegamos a tener una identificación muy grande, no necesitábamos hablar entre nosotros, solo con un gesto y ya el otro sabía lo que había que hacer. Tan natural salía, que el público creía que el programa era en vivo.
Más allá del arte, ¿quién es Obelia Blanco cuando comparte con su familia?
Julita, como no tengo abuelitas y a los 84 años nadie va a hablar por mí. Utilizando el maltratado dicho “modestia aparte”, digo que soy una buena persona. Que aunque muchas veces han querido apagarme, he logrado salvarme del odio.
Quise formar una familia grande, pero después de muchos años difíciles, logré a mi “Irina deseada”, como la bautizara la querida Fela Jar, que vivió mis ilusiones y mis pérdidas por años, hasta que se logró el milagro. Llegó la mitad que me faltaba para convertirme en el ser humano que he llegado a ser. El arte y mi hija se complementan en un todo. El oxígeno y la ilusión. Hemos creado una linda historia de amor, comprensión, amistad, apoyo y defensa contra toda desidia.
¿Qué te han enseñado los hijos, los nietos y las nuevas generaciones sobre el paso del tiempo?
Cuando ya pensaba que no iba a ser abuela, llegó Sofía con un aire fresco a alumbrarnos la vida. Sofía es la nueva generación que viene a enseñarnos, a educarnos, a unirnos partiendo del amor. Con una vitalidad y unas ganas de aprender.
Somos nosotros los que tenemos que apurar el paso para ir unidos a ella, guiándola y aprendiendo a la vez. Disfrutando de este regalo que nos dio la vida.
Hoy dedicas parte de tu tiempo a las manualidades y a la creación artesanal.
Las manualidades han ido a la par de mi carrera como actriz. Siempre me gustó coser, bordar, tejer, deshilar. Pertenecí a la ACAA (Asociación Cubana de Artesanos Artistas), participaba en exposiciones colectivas y vendía en ferias de artesanía. Aquí ha sido una gran compañía y me ha permitido mantenerme activa. La artesanía siempre será parte de mí.
Mientras cae la tarde sobre las calles de piedra de Allariz y el rumor del río acompaña el silencio, Obelia Blanco sigue sembrando belleza donde quiera que la vida la coloque. Entre versos, hilos de colores, voces en la radio y el abrazo de su familia, ha aprendido que nunca es tarde para volver a florecer.
Su historia nos recuerda que el talento no envejece, que los sueños pueden cambiar de forma sin perder su esencia y que hay almas capaces de convertir cada estación de la vida en un acto de creación y de amor.
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